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El cuento por su autor

Lo conocía porque administraba unas canchas de tenis entre las vías del ferrocarril. Concesión que había obtenido por sus contactos con los militares. O porque había sido uno de ellos. Jugamos ahí hasta que un día lo escuchamos decir que estaba bien que los desaparecidos estuvieran bien desaparecidos. Años después empezó a caer algunas mañanas por el bar adonde voy a leer los diarios. Nos ignoramos hasta que un día, después de haber faltado casi un año, reapareció rengueando y con un hombro encogido y se plantó junto a mi mesa. Mientras me contaba lo que le había ocurrido, yo simulaba leer el diario. De tanto en tanto levantaba la vista. Era un milagro que estuviera vivo. En ningún momento comentó si la patota que lo había reventado en la calle se la tenía jurada por alguna cosa o se debía a un incidente que surgió en el momento. Detalló minuciosamente los nombres de los 35 huesos que le habían quebrado. Uno de los riñones tuvieron que sacárselo, también mencionó algo del bazo. El ojo derecho se le iba para cualquier lado. Si esperaba que lo invitara a sentarse en mi mesa iba muerto. Cuando vio que no lo lograría y lo más que sacaba de mí era la repetición de dos palabras (Qué y cosa; qué cosa, qué cosa, repetía yo, cada vez más espaciado y más bajo), siguió para su mesa. De todos modos, la duda ya me la había clavado: ¿debía sentir cierta compasión por él? Mi razón se negaba a hacerlo. Pese a entender que la violencia y la venganza no conducen a ningún lado, pensaba que el gusano se merecía la paliza recibida. Aunque fuera por carácter transitivo.

Esos mismos días leí en el diario que habían asesinado a un coreano equivocado y que, antes de que los apresaran, los sicarios fueron a la casa de la familia del muerto y se excusaron. Como si sirviera para algo, pensé al enterarme. No creo que los padres y hermanos de la víctima los hayan perdonado. Con todo, el hecho de verles la cara y escucharles la confesión algo puede haberlos ayudado para cerrar la historia del que no verían más. Una parte no sensata de mí, que no sabe por qué cree algunas cosas pese a que no tiene maneras de explicárselo a mi parte sensata, no podía dejar de ver cierto rulo de contrición en el agachar la cabeza de los sicarios.

Tuve que escribir y dar vueltas varias veces el mix de ambas historias para entender lo que el tipo del bar me dijo antes de irse para el fondo del salón: No los perdoné para librarlos a ellos. Después de las que había pasado, si no lo hacía, el odio se me volvería en contra. Era eso o ir hasta la esquina y pegarles un tiro a cada uno.

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