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Marzo de 1998: se aprueba el Código de Convivencia

Buenos Aires no duerme

Fueron tres meses de agitación porteña: todos los interesados salieron a la calle a decir lo suyo mientras la Legislatura debatía el nuevo Código de Convivencia. Un debate sexual-moral se instaló en la ciudad, mientras la Policía Federal se aferraba con uñas y dientes a sus edictos.

Por Alan Pauls

La fiesta duró tres meses: desde la noche del 9 de marzo (cuando se aprobó por unanimidad el Código de Convivencia que ponía fin a los edictos policiales en Buenos Aires) hasta el 2 de julio (cuando los mismos legisladores que lo habían aprobado dieron marcha atrás y reintrodujeron las variables represivas que el Código –se suponía– venía a abolir). El otoño porteño, tradicionalmente lluvioso, mezquino y recatado, se convirtió de golpe en una primavera desenfrenada. Palermo Viejo, Flores y Constitución fueron los epicentros álgidos del fenómeno, pero la efervescencia se apoderó de toda la ciudad e involucró en su vértigo a todas sus instituciones. Era época escolar, pero ya en pleno marzo, mientras las blancas palomitas arrastraban hacia las aulas sus pequeños pies corrompidos por las vacaciones, los precios de los útiles y manuales, los nombres y los peinados de las maestras, la catástrofe general de la educación pública y todos los tópicos afines que suelen monopolizar esos días, fueron bruscamente desalojados por una agenda que parecía diseñada por Satanás: putas, travestis, sexo en la vía pública, zonas rojas. Buenos Aires ya no era una ciudad apta para todo público –el escenario, digamos, de “Jacinta Pichimahuida”– sino una ciudad condicionada, triple equis, entregada con inusitado fervor a debatir a qué distancia de la puerta de calle de una casa de familia podía un travesti satisfacer a sus clientes más urgidos sin transgredir la ley y otros detalles especialmente picantes de la vida sexual y moral de los ciudadanos porteños. Y lo más notable de todo era que ese estado de pornodeliberación general no era efecto de una película desbocada (estrenada tiempo después, Romance, de Catherine Breillat, que incluía un par de irreprochables erecciones del gran Rocco Siffredi, pasó sin pena ni gloria), ni de un evento cultural con veleidades provocativas (como los festivales de arte erótico que solía celebrar Babilonia), ni siquiera de una iniciativa sectorial controvertida (como esos megacongresos de putas que figuran en las guías turísticas de Amsterdam). No: si Buenos Aires era un foro masivo de polémicas sexuales y morales, la culpa la tenía una instancia del poder público –la Legislatura de la Ciudad– por la que nadie interesado en expandir su cabeza, animarse un poco la vida y revisar su disco duro de moral y buenas costumbres hubiera dado diez centavos.
Como todas las fiestas, la que acompañó la aventura cívico-sexual del Código de Convivencia terminó demasiado pronto, envuelta en una nube de sospechas, traiciones y desilusión, y con un perfil bochornosamente depresivo. Comparado con el régimen de los edictos, que avalaban una media de arbitrariedad policial de más de 400 arrestos diarios, el Código definitivo, sancionado en diciembre del ‘98, sigue siendo un avance, una de esas “mejorías” típicas de la política argentina, que sólo pueden justificarse invocando en tono de amenaza la violencia que dejan atrás, no sus propios méritos para promover formas nuevas de vida. Porque al reintroducir la penalización del “escándalo” y autorizar la intervención policial directa en caso de contravención, el Código se arrepiente y borra –con ese nauseabundo espíritu de moderación con que la “alta política” suele justificar sus genuflexiones o su retrogradez– el espíritu con que había nacido.
Y, sin embargo, cada vez que vuelvo a esos tres meses no puedo evitar sentir un ligero estremecimiento de excitación, como si evocara los días en que Buenos Aires era la Meca del Alegato Sexual, una especie de gran tribuna urbana donde miles de ciudadanos se encarnizaban en un brainstorming moral de destino completamente incierto. Una meca sui generis, por supuesto, donde el progresismo de Raúl Zaffaroni convivía con las batidas de parche de Mauro Viale o Chiche Gelblung (que condenaban la moral del sexo callejero, pero promovían su espectáculo), los travestis copaban la Legislatura al grito de “¡Hipócritas! ¡Publiquen la lista de los dueños de saunas!” y los vecinos del barrio más sensible de Buenos Aires se organizaban en logias de nombre inquietante (“Asiduos Concurrentes a la plaza Campaña del Desierto”) para apedrear travestis o enarbolar slogans casi clericales (“No a la Ciudad Autónoma del Santo Travesti”, “Toda la ciudad es una zona roja”) y proponían “escrachar” a los consumidores de sexo callejero haciendo públicas las patentes de sus autos. Fueron meses tensos, impúdicos, salvajemente divertidos, en los que muchas cosas (cuerpos, ideas, identidades, derechos) abandonaron los sótanos donde se escondían –la clandestinidad de putas y travestis, sí, pero también la respetabilidad espantadiza de la clase media– y se volvieron visibles, visibles por fin, para trenzarse en una especie de trance carnavalesco que, en efecto, puso la ciudad al rojo vivo. Por una vez, durante esos tres meses, la visibilidad no fue la coartada con que el cinismo celebra los hechos consumados y la ineficacia de toda reacción, sino un fenómeno sorprendentemente estimulante, complejo, dinámico, sensible a cambios y alternativas, completamente ajeno a los buenos modales, que dramatizaba de manera insólita –y en la escena pública por excelencia: la ciudad– muchas de las fuerzas a menudo oscuras que animan a las personas que viven juntas en un mismo lugar.

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