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“Pensé que adaptarme al fútbol de Alemania sería mucho más difícil”

Andrés D’Alessandro hace un balance de sus seis primeros meses en el Wolfsburgo, el club de la Volkswagen que lo tiene como ídolo.“Crecí en lo futbolístico –señala–, pero el tema económico ayuda.”

Por Ciro Krauthausen *
Desde Wolfsburgo

Ha caído la primera nieve del invierno en Wolfsburgo, pero Andrés D’Alessandro aguanta el frío. Claro que a veces dan ganas de echarse a llorar en esta ciudad en la que 125.000 laboriosos y muchas veces reservados habitantes siguen sus quehaceres, casi siempre marcados por la multinacional alemana Volkswagen, que aquí tiene su sede central y su equipo de fútbol, el Wolfsburgo. Pero hoy, no. D’Alessandro se siente bien: “Pensé que sería más difícil venirse a Alemania”.
No es hombre de muchas palabras D’Alessandro, que viste de rapero y acaba de concluir el entrenamiento matutino, antes de marcharse a casa a pasar la Navidad. Lo suyo es la eclosión en la cancha. Le dicen “Cabezón” por el tamaño desproporcionado de su cráneo, pero el mote más apropiado es “Mandrake”. Todo un mago del balón, cuenta con una visión estratégica del medio campo y no perdona ante el arco. Se le atribuye una gambeta de puño y letra, La Boba. D’Alessandro le resta importancia: “Es una jugada que empecé a hacer y me salió bien. La sigo haciendo, aunque menos, porque ya me conocen”.
A primera vista, resulta incomprensible que el que fuera la revelación del fútbol argentino en 2001 haya encallado en un equipo de tan poca relevancia internacional como el Wolfsburgo. No lo es, sin embargo, si se escucha su versión de cómo se negoció su contrato, el verano pasado, cuando se especulaba también con el Madrid, el Barcelona, el Milan o el Juventus: “De eso sólo supe por la prensa. De otros equipos no hubo nada. Los del Wolfsburgo fueron a Argentina, se preocuparon por mí, estuvieron 15 días, asistieron a partidos y fueron a los entrenamientos”.
El Wolfsburgo pagó nueve millones de euros por él a River. Y no sólo eso. El club de Núñez se aseguró el respaldo de una de las mayores multinacionales en Argentina, la Volkswagen, y suscribió un acuerdo para apoyarse en las divisiones inferiores con el club alemán. Así que Mandrake aterrizó en la provincia alemana. El Wolfsburgo concluyó la primera vuelta de la Bundesliga en el séptimo lugar. No parece gran cosa, pero encaja en los planes quinquenales que rigen los destinos de la VW. El consejero delegado del club, Peter Pander, fija los objetivos: “Aspiramos a participar, tal vez, en la Champions League de la temporada 2007-08”.
La meta encaja en el proyecto profesional de D’Alessandro, cuyo salario asciende a 1,2 millón de euros anuales. Lo primero, hacer la Europa: “Aquí se crece futbolísticamente. El tema económico no es lo principal, pero ayuda”. Dice que aún tiene mucho que aprender, y no parece falsa modestia: “Me faltan un montón de cosas”. El jugador considera que Alemania no es mala plaza para progresar: “A medida que pasa el tiempo, uno se va acostumbrando a cómo es este fútbol, más difícil, más físico, más fuerte, con espacios más reducidos”, resume.
Para adaptarse, su técnico, Jürgen Röber, lo urge a que pase más rápido el balón. “Me pide que toque de primera la pelota en la media cancha para no perderla. Después, si la pierdo en los últimos 20 metros, ya no hay problema.” O le advierte de que tiene que controlar más sus arrebatos de furia. Está en ello: “En Argentina me caliento más. Como aquí no me entienden y, por más que hable, no me dan bola, decidí callarme”. A pesar de estos buenos propósitos, en 15 partidos ha coleccionado cinco tarjetas amarillas y una roja por reclamarle al árbitro.
Las estadísticas registran también dos goles y siete pases-gol, varios de ellos marcados por su compatriota Diego Klimovicz. Para fortuna de D’Alessandro, que así ha podido integrarse en una pandilla latinoamericana, en el Wolfsburgo juegan también otros argentinos, Pablo Quattrochi y Juan Carlos Menseguez, el brasileño Fernando Baiano y el chileno Waldo Ponce. Pero los ojos del público casi siempre están puestos en él y en lo que produce. Los comentaristas y los aficionados germanos dudan de que el Wolfsburgo pueda mantenerlo por mucho tiempo. El, sin embargo, no quiere especular sobre su futuro profesional: “Sería una falta de respeto hacia el Wolfsburgo. El día de mañana, si tengo la suerte de jugar en otro lado, perfecto”. ¿Dónde?: “No me corresponde a mí elegir un club, pero pasar por el fútbol español me encantaría”.
A D’Alessandro, que ya pisa tan fuerte y es titular en la Selección Argentina que juega las eliminatorias para el Mundial de Alemania 2006, se le ilumina la cara cuando habla del mayor de sus ídolos, Diego Armando Maradona. Un día le dijo que lo más importante para un jugador como él, antes que atender los imperativos del pizarrón, es la intuición: “Fue impresionante. Es para sentarse y escucharlo durante tres, cuatro horas. Me contó anécdotas y me dio consejos, como aquel de que, sobre la cancha, siempre hay que jugar como uno lo siente. Me regaló los botines con los que jugaba en Boca”, recuerda, “todavía los tengo”.

* De El País de Madrid. Especial para Página/12.

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Andrés D’Alessandro junto al entrenador del Wolfsburgo, Jürgen Rober, que lo ayudó a adaptarse.
 
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