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El fútbol argentino perdió ayer a uno de sus más grandes exponentes

Enrique Omar Sívori, uno de los históricos “Carasucias” del ’57, murió víctima de una pancreatitis. Lo compararon con Maradona.

El fútbol argentino perdió ayer a una de sus altas glorias, a Enrique Omar Sívori. Idolo de River, Juventus y las selecciones de Argentina e Italia y dueño de una gambeta endiablada que le valió comparaciones con los más grandes del fútbol mundial, murió a los 69 años, en San Nicolás, su ciudad natal, víctima de una pancreatitits. Reconocido por su gran categoría, en 1961 ganó el Balón de Oro como el mejor jugador europeo, un continente que, por su talento en las canchas, le iba a abrir sus puertas para siempre. Trabajaba, actualmente, para Juventus como cazador de talentos en Sudamérica.
Sívori nació en 1935 y logró debutar en la primera de River con apenas 17 años. No iba a pasar mucho tiempo antes de que el delantero comenzara a proyectar toda su jerarquía y sus goles. Un año después del debut, con la camiseta de la banda roja, iba a consagrarse campeón por dos años consecutivos en 1955 y 1956. Su mejor momento en el fútbol argentino fue, sin dudas, su participación en el seleccionado argentino que ganó el Campeonato Sudamericano de Lima, en 1957. Su destacada actuación en ese torneo, en el que descollaron los “Carasucias” (Corbatta-Maschio-Angelillo-Sívori), despertó el interés de Juventus, que ese mismo año se lo compró a River.
Ya se lo consideraba una de las mayores joyas que habían dado las inferiores de River, cuando los italianos pagaron los 10 millones de pesos moneda nacional que les exigía el club de Núñez; el doble de lo que se había pagado por los pases de Angelillo y Maschio. Mucho dinero para la época (unos 250.000 dólares), suficiente como para que el club pudiera construir la tribuna que faltaba para cerrar el anillo de cemento del estadio Monumental, la que da la espalda al Río de la Plata.
Y no defraudó el Cabezón en Italia. Hizo excelentes campañas en Juventus, club para el anotó 135 goles en 215 partidos. Allí ganó la Liga de ese país en 1958, 1960 y 1961 y obtuvo además la Copa de Italia de los años 1959 y 1960. En 1960 fue goleador de la Liga con 27 tantos y, un año más tarde, iba a recibir el Balón de Oro al mejor jugador europeo, debido a su doble nacionalidad.
No pudo disputar el Mundial de Suecia de 1958, ya que lo habían dejado afuera de la Selección Argentina como a los otros “Carasucias” que habían sido vendidos al fútbol italiano. Más tarde iba a terminar defendiendo la casaca italiana en el Mundial de Chile en 1962. Su carrera como jugador la culminó en el Napoli, club al que llegó en 1964, para jugar cuatro temporadas, convirtiendo 12 goles en 63 encuentros. Dejó de jugar el 1º de diciembre de 1968, afectado por una lesión de rodilla.
Pero su carrera no iba a finalizar así. El jugador terminó cediéndole terreno al entrenador, una actividad que, como él mismo llegó reconocer, no era lo suyo. Dirigió a Central, River y a la Selección, con la que consiguió clasificar para la Copa del Mundo de Alemania ’74. Luego se iba a dedicar a lo que fue su trabajo hasta el final: ser asesor de la Juve o, mejor dicho, cazador de talentos sudamericanos para aquel club. “Ha muerto un gran hombre, un gran campeón. Sentimos una tristeza grandísima. Fue uno de los más grandes jugadores de la Juventus. Deja un gran vacío”, lo despidió Antonio Giraudo, administrador de Juventus.
Aquellos argentinos que seguían por los diarios las hazañas de los jugadores nacionales en Italia recuerdan el gran duelo que Sívori, líder en la Juve, y Alfredo Di Stéfano, al mando del Real Madrid, sostuvieron en 1962, en un partido de la Copa de Europa. El mismo contaba que, jugando para Juventus, un rival lo perseguía, meta y meta patadas. A modo de venganza, Sívori lo dejó desairado y por el piso, para luego simular sacar un peine del bolsillo y pasárselo por el pelo. Después fue a buscar a su agresor, lo encaró y lo dejó atrás con un hermoso caño. No habrá que hacer un gran esfuerzo para imaginarlo ahora con botines y alas.

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Sívori en pleno Monumental, que todavía era una herradura.
 
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