DEPORTES › A LA CEREMONIA DE APERTURA NO LE SOBRO BRILLO

Una fiesta para cumplir

El Mundial tuvo su arranque con un acontecimiento sencillo, de poco despliegue, en el estadio de Munich.

 Por Emanuel Respighi

Los blancos en los asientos de las tribunas del futurista estadio WM Arena que se colaban en las imágenes televisivas anticipaban lo que iba a venir: una ceremonia austera, formal, sin sorpresas ni interés, a la que se le vieron demasiado los hilos de que sólo se organizó por obediencia debida. Es que la ceremonia que inauguró –por fin– el ansiado Mundial de Alemania hizo honor a la tradición del país anfitrión, sobria y fría, sencilla al lado del despliegue de aperturas mundialistas anteriores. De hecho, lejos de reflejar el alcance multicultural del fútbol, la ceremonia se centró fundamentalmente en las costumbres bávaras, con tamborileros, pastores y un estrambótico coro que entonó la Novena Sinfonía de Beethoven. Un espectáculo demasiado localista para un megaevento seguido por alrededor de 32 billones de personas en todo el globo.

En ese marco, la actuación del veterano rockero alemán Herbert Groenemeyer y la participación de la banda berlinesa de hip hop Seeed fueron los dos elementos “transgresores” de la ceremonia. La única cuota de emoción que dejó la “fiesta” fue el ingreso al campo de juego de los jugadores campeones mundiales, viejas glorias que no escondieron la alegría de regresar, aunque sea por un rato, al primer plano mediático. Una idea de la FIFA que sirvió para mostrar las dos caras del fútbol: mientras Pelé (¡vestido de frac!) no paraba de robar cámara, Diego Maradona plantaba por enésima vez al poder futbolístico.

Si todo esto atentaba contra la ansiedad de los millones de futboleros, peor resultó aún la ceremonia para los televidentes argentinos. Extraña suerte de cadena nacional, todos los canales de aire emitieron la fiesta de apertura y el partido inaugural. Pero lo que a priori garantizaba multiplicidad de opciones, se convirtió en una tortura monofónica, que ni el zapping ayudaba a escapar. En el 13, Sebastián Vignolo trataba de ordenar las ocurrencias de Carlos Bilardo y la cadencia hueca de Enrique Macaya Márquez; la inefable dupla Fernando Niembro-Mariano Closs hacía de las suyas en Telefé; los exabruptos de Marcelo Araujo y las constantes sentencias discursivas de Martín Liberman tornaban insoportable la transmisión del 9; y el tándem Alejandro Fantino-Gustavo López intentaba aportar datos históricos made in Internet en una pantalla cuya calidad de imagen no estaba a la altura de las circunstancias. Llamó la atención, además, que en la cobertura televisiva nacional, que demandó una inversión global de 5 millones de euros, ninguno de los enviados supiera traducir el discurso inaugural del presidente de Alemania y ex mandamás del FMI, Horst Koehler. Pero no todo fue tan malo como parece en la primera transmisión televisiva de Alemania ’06: la ceremonia sólo se extendió durante poco más de media hora. Era tiempo de que la pelota empezara a rodar...

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