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Moreno, mala imagen y poder

 Por Raúl Dellatorre

Pocos funcionarios deben haber logrado el record de Guillermo Moreno: que ante un cambio de gabinete, se hable y discuta más sobre él y su permanencia en el cargo que de los otros que entraron o salieron del Gobierno. Su continuidad en el cargo quedó establecida como el fiel que define si los relevos tienen sentido. “Si sigue Moreno, no cambió nada”, concluyeron dirigentes opositores, comentarios de autores varios y de buena parte de la calle. ¿Aníbal Fernández es lo mismo que Sergio Massa? ¿Amado Boudou, el que reestatizó el sistema previsional, es lo mismo que Carlos Fernández? Aparentemente sí, mientras siga Moreno en su cargo, según esa mirada dominante. Sin embargo, hay una complejidad de razones que hacen que sostener a Moreno en el cargo se convierta en un costo político que se asume y se acepta desde el Gobierno, porque desplazarlo tendría otros costos que, hasta ahora, se decidió no aceptar. No es precisamente capricho, sino cuestiones políticas y de poder –-correctamente evaluadas o no– lo que determinan que el hombre, desafiante y provocativo, siguiera en funciones al menos hasta ayer.

El tema Indec, donde dos funcionarias que remiten directamente a Moreno ejercen el control, es con toda seguridad el costado más cuestionable y menos defendible del universo de su gestión. Se diría que es “puro costo” para el Gobierno. Pero también hay que computar en el platillo de las “contras” la mala relación que mantiene con funcionarios de otras áreas. Tanto en Agricultura como en Industria hay incomodidad por los gestos del titular de Comercio frente a los empresarios. Los secretarios respectivos son receptores de estos planteos. “Encima, la sensación es que Moreno es el que define, no (Alberto) Fraguío ni (Carlos) Cheppi”, dicen allegados a la gestión pública que saben de los dolores de cabeza de los titulares de Industria y Agricultura.

Tampoco computa a favor del secretario de Comercio el resultado de sus intervenciones: los planes de incentivo sectoriales anunciados por Débora Giorgi, ministra de la Producción, entre fines de 2008 y primeras semanas del corriente año, terminaron en una amarga queja de la funcionaria por la implementación que tuvieron en las imperativas manos de Guillermo Moreno. Con menos exposición y confrontación que las alcanzadas el año pasado cuando participó activamente de las políticas comerciales (precios, mercados) vinculadas con el campo, esta vez también intentó imponer a un empresariado poco dispuesto a “recibir órdenes” las condiciones dictadas por el Gobierno sin previo consenso. Un “estilo” que difiere diametralmente del que cultivan la ministra y los secretarios del área de Producción.

Los empresarios involucrados hacen cargo a los funcionarios más cercanos de los desaguisados de Moreno. El problema es que sus quejas de “malos tratos” se confunden con la defensa de sus intereses corporativos, que en muchos casos no acepta siquiera que al sector público le quepa el rol de regulador de mercados. Una concepción que, más que neoliberal, parecería anterior a la formación de los Estados. Ahí es donde esta posición empresaria –a la que adhieren fuerzas políticas ahora representativas–- termina abroquelando a todo el Gobierno en torno de Moreno, erigido en el emblema de un Estado activo.

Los pocos que lo defienden abiertamente lo califican como “un funcionario brillante, con una capacidad de gestión inigualable, aunque de estilo un poco impulsivo que a veces termina perjudicándolo”. Aunque el concepto sea dudosamente objetivo, habla a las claras de lo que Moreno despierta en los que no lo odian. Tomada y Boudou, por ejemplo, se ubican entre quienes compatibilizan con el “estilo” de Moreno: soportan el costo de sus descortesías porque prefieren no perder el beneficio del ejercicio de presión sobre el sector empresario.

Es natural que a Néstor Kirchner le encante. Es comprensible que Julio De Vido, que lo apañó como propio, hoy mida la conveniencia de mantenerlo en el cargo con los costos que conlleva. En esa evaluación lo que pesa es si en una etapa de confrontación de modelos, con una cúpula empresaria que ya ni disimula su posicionamiento en la vereda de enfrente, Moreno sigue siendo útil o no para disputarle poder a ese sector. Es esa consideración y la subjetiva evaluación de lo que aporta y lo que resta Moreno a la pelea lo que definirá su continuidad. No lo que reclamen la oposición ni una opinión pública escandalizada. Moreno, más que ningún otro, es en la consideración de la conducción política de este gobierno un instrumento de poder, no de construcción de imagen. Aunque, a veces, por torpeza del funcionario, cuando tiene el poder en sus manos lo destruya.

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