EL MUNDO › OPINION

El reordenamiento global

 Por Walter Mignolo *

Cuando Standard & Poor’s rebajó la calificación de Estados Unidos en el riesgo de deuda soberana, fue transparente para la mayoría de los observadores que las indecisiones e irresponsabilidades mostradas por el gobierno de Estados Unidos (no por el presidente, por el gobierno) se debieron a la intransigencia y la ceguera del Tea Party. No obstante, conociendo la lógica de la extrema derecha por varias experiencias históricas, pero sobre todo durante el gobierno de George W. Bush y su vice Dick Cheney, era de suponer que el Tea Party acusaría al presidente Obama de haber destruido la confianza y haber rebajado la calificación crediticia.

La lógica de oponerse al extremo para causar el fracaso de una medida que busca solucionar un problema, y luego acusar del fracaso a quienes trataban de solucionarlo, es una estrategia fundamental de la extrema derecha. El espíritu de esta estrategia se basa en la promoción de intereses personales o grupales en desmedro del Estado-nación y, en este caso, sin ninguna consideración por las consecuencias del proceso mismo que llevó a la rebaja de Estados Unidos en el riesgo de deuda y al desprestigio internacional del país que todavía lidera el orden global.

No se trata de tomar partido por Obama, sino de tomar en serio el peligro para el orden y la paz mundial que representa la extrema derecha, tanto en EE.UU. como en Europa. La explosión provocada por Anders Behring Breivik en Oslo que precedió a la masacre en la isla de Utoya no fue la obra de un maniático solitario. La psicología tendrá mucho que decir sobre el caso, pero éste no es explicable por desórdenes psicológicos del individuo moderno sino, fundamentalmente, por razones de orden político: el miedo y el odio que los voceros de la extrema derecha han estado alimentando a causa de la creciente inmigración del ex Tercer Mundo y la ex Europa del Este, y también, fundamentalmente, la migración musulmana.

En Europa, los partidos políticos que se oponen a la immigración y al multiculturalismo han resurgido, como se vio en las elecciones de los últimos años en Italia, Escandinavia, España, Holanda y el Reino Unido. En EE.UU., la extrema derecha se manifestó en la regulación de la immigración en Arizona en 2010. Como consecuencia de tal tensión y propagación del miedo y del odio, en enero pasado, en Tucson, Arizona, veinte personas fueron víctimas de disparos y seis de ellas murieron mientras asistían a un mitín político en favor de la congresista demócrata Gabrielle Giffords. El causante fue identificado como Jared Lee Loughner, de 22 años.

Ahora, la extrema derecha lastimó –como ya lo habían hecho Bush y Cheney en la esfera política internacional y también en lo económico, con la hecatombe financiera de Wall Street– el prestigio y la credibilidad que EE.UU. había ganado en el mundo entre 1950 y 2000. La polarización política repercutió inmediatamente en el orden internacional. El gobierno chino afirmó su posición en la ofensiva no sólo en materia económica, desde hace tiempo, sino también en la esfera política: de ser un Estado que recibía órdenes del gobierno de EE.UU. y del FMI, pasó a ser un Estado que ha llegado a ocupar una posición clave en el Fondo, en la persona de Zhu Min. Al ocupar el cargo de subdirector gerente y de señalar, de entrada, que el FMI está demasiado orientado a los intereses de la Unión Europea y de Washington, indica ya la disputa de China por la hegemonía occidental del saber económico. En ese contexto, la agencia Xinhua diseminó las primeras reacciones del gobierno chino ante la baja en la calificación de la deuda: en un editorial, expresó que China tiene ahora el derecho de exigir que EE.UU. garantice la seguridad de los activos en dólares en China y que se cure de su adicción a la deuda reduciendo gastos de defensa y bienestar social.

La desoccidentalización implica procesos mediante los cuales la economía global ya no estará controlada por Estados Unidos y el FMI; procesos en los cuales el capitalismo ya no está atado al liberalismo y al neoliberalismo, sino que se articula también con el confucionismo en China y Corea, el islamismo en Indonesia y Malasia, el panafricanismo de ciertos Estados y fondos económicos de Africa, el “lulismo” de Brasil y quizá de América latina. La moraleja es que el futuro ya no será uno sino varios. La reoccidentalización que intentó Obama –apoyado en y por la Unión Europea– seguirá su curso, pero ya no sola sino junto a la desoccidentalización en el control de la economía mundial. Pero esto no es todo. La presencia contundente de la sociedad política global que hemos visto en la revolución en Egipto y Túnez es ya imparable; los indignados de España e Israel, y ahora los estudiantes de Chile y los jóvenes en Inglaterra, se agregan a las experiencias en Bolivia y en Ecuador, derrocando a presidentes corruptos. Esta es la tercera trayectoria hacia los futuros globales. Una trayectoria que, en relación con las dos anteriores, podemos identificar como descolonización.

* Profesor e investigador de Duke University (EE.UU.), y de la Universidad Andina Simón Bolívar (Ecuador).

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