EL PAíS

Los archivos

¿De dónde vienen los dirigentes y funcionarios? ¿Dónde estaban y qué hacían hace algunos años? ¿Qué pensaban, qué callaban, cómo ganaban su dinero? Tras analizar la idea de “archivo”, el escritor Mario Goloboff plantea que la respuesta es irrelevante: para la historia, “la personalidad individual tiene bastante poca importancia” y “lo que cuenta son los hechos irreversibles que esta gente produce, guiada por las grandes demandas de la sociedad o empujada por ellas, quizás algunas veces a su pesar, otras porque saben ponerse al frente de las mismas”.

 Por Mario Goloboff *

Opinión

El número 1 de la restaurada revista de la Biblioteca Nacional fundada por Paul Groussac, llamada justamente La Biblioteca, en homenaje al polígrafo nacido, como nuestro Carlos Gardel, en Toulouse, quien también estableció, para suerte de todos nosotros, sus cabales en la Argentina, fue dedicado a, y llevó por sugerente título, “El archivo como enigma de la historia”. Es bueno rescatar algunas de sus reflexiones para intentar diluir esta moda, que se ha dado últimamente en la política, de hurgar en los antecedentes, generalmente indignos del presente, de los adversarios, en especial de los que antes estuvieron en el llano difícil y están hoy en el poder, se diría vengativo y omnímodo.

Recuerdo, al respecto, que en un primer viaje de conocimiento a España, en los tempranos setentas, andábamos por bollerías y tascas, guiados por nuestro querido poeta y narrador andaluz Fernando Quiñones, mientras él se jactaba de hablar a voz en cuello, con posaderos y malandrines (ya que llevaba “la opinión del común”, de “la gente”), del “Tonto”, ése al que había educado, designado y colocado don Generalísimo Francisco Franco para que lo continuara dócilmente: el que ahora es, por derecho propio, y virtudes bien propias, el rey Juan Carlos.

Igualmente recuerdo, con una inevitable sonrisa, todo lo que se escribía, se demostraba, se probaba y sostenía sobre los antecedentes del señor Mijail Gorbachov, dirigente y militante, claro está, del Partido Comunista de la Unión Soviética (tan militante y tan dirigente que, si no, jamás hubiese llegado a donde llegó) y de las desconfianzas, fundadas, explicadas, probadas, acerca de los cambios que él proponía y del destino de la Perestroika, seguramente subsumida al poco tiempo (para aquellos avezados, intransigentes fiscales) en la eterna e inconmovible rueda de la Nomenklatura.

Y más atrás todavía, y de este lado, en los maltraídos sesentas, las dudas sobre qué habría de dar, para la purísima y principista izquierda, aquel abogadito cubano, el doctor Fidel Castro Ruz, propietario de buenas tierras, quien jamás impulsaría, “por sus compromisos de clase”, ni una tímida “revolución democrático-burguesa”.

Elijo recordar también, porque según me parece viene al caso, esa magnífica novela de Robert Musil, El hombre sin cualidades (uno de los monumentos literarios del siglo XX), en cuyos primeros capítulos juega, respecto del Imperio austrohúngaro y ¡vaya coincidencia!, con cierta letra del alfabeto y con el hecho de que la Kakania (como la llama) se moviera, acompasadamente, al ritmo de aquélla, puesto que el Estado era kaiserlichköniglich (imperial-real) y también kaiserlich und königlich (imperial y real) y “no había cosa ni persona que no fuese afectada allí por una de esas dos siglas, k. k. o k. y. k; era necesario poseer una ciencia secreta para poder decidir de una manera segura qué instituciones y qué hombres podían ser llamados k. k. y qué otros k. y. k.”. Y donde acota cómo se vivía, hace ya casi un siglo, “lo institucional”, con guiños que no parecen pasarles muy lejos a algunas de nuestras bellas repúblicas: “La constitución era liberal, pero el régimen clerical. El régimen era clerical, pero los habitantes libre pensadores. Todos los burgueses eran iguales ante la ley, pero justamente no todos eran burgueses...”.

Como en esa suerte de tautología verbal de la gran poeta norteamericana Gertrude Stein, parte del poema “Sacred Emily”: “Rose is a rose is a rose”, del archivo puede decirse que es el archivo del archivo del archivo... Jacques Derrida, quien alguna vez trabajó el tema desde su enfoque “deconstructivista”, especialmente en una conferencia de 1994, que luego pasó a ser el título Mal de archivo. Una impresión freudiana afirmaba que el mismo es “de naturaleza ambigua”. “Comienzo y futuro abierto a la vez, es la posibilidad de repetir aquello que olvida la memoria y que, a través de su reunión en un corpus atesorado y espacialmente dispuesto, conjura la amenaza del soberano.” El archivo, para Derrida, es siempre político, potencia un porvenir indeterminado, mira más hacia delante que hacia atrás y “es la pregunta por la política, por sus modos de socialización e integración de la vida colectiva”.

Aparecen, pues, estos pequeños inspectores biográficos (“ajudantes de guardalivros na cidade de Lisboa”, se podría decir de ellos, parafraseando al agudo y sabio Fernando Pessoa), prontos a demostrar (en otros, claro está, en otras familias), de dónde vienen los malísimos dirigentes y funcionarios actuales, dónde estaban y qué hacían cuando la dictadura militar, qué cuando los recomienzos de la democracia, qué cuando la presidencia de Carlos Saúl Menem. Qué ideas tenían, qué defendían, qué callaban, cómo ganaban sus dinerillos. Es decir, quiénes eran entonces y quiénes son, travestidamente, ahora. Ahora que están en el poder y, en materia de derechos humanos, de recuperación de empresas para el Estado, de equidad social, de justicia, de educación, de cultura, de una política exterior soberana e independiente, se empeñan en hacer, puro malignos y perversos puros, lo contrario de lo que supuestamente decían o silenciaban antes.

Y eso funciona muy bien para el cotilleo diario de quienes ejercen psicología política de café desde los grandes diarios, desde la descargante radiofonía de seis a veinticuatro horas todos los días, para ciertas buenas vecinas de Vicente López y de Palermo, quienes llaman y refrendan esas opiniones como parte de una fantástica manipulación en cadena. Pero no ¡ay! para la verdadera, la mayúscula historia, la que nos enseña que la personalidad individual tiene bastante poca importancia y que lo que cuenta son los hechos irreversibles que esta gente produce, guiada por las grandes demandas de la sociedad o empujada por ellas, quizás algunas veces a su pesar, otras porque saben ponerse al frente de las mismas, en oportunidades históricas que no se desperdician y donde la aleación funde a la temperatura necesaria.

Como enseñaba Walter Benjamín en sus “Tesis de filosofía de la historia” (escritas, nunca se subraya lo suficiente, a principios de 1940, todavía bajo la emoción del pacto germanosoviético), no es el pasado el que origina el presente sino, casi, al revés: “La historia es objeto de una construcción, cuyo lugar no es el tiempo homogéneo y vacío, sino el (“jetztzeit”, literalmente: ), que es lleno”.

De ahí, como se ha visto durante la segunda mitad del siglo XX, y para no hablar sino de América latina, la recuperación de José Martí por la Revolución Cubana, la de Túpac Amaru por la llamada “revolución peruana” de 1968, la de César Augusto Sandino por los nicaragüenses, la de Emiliano Zapata en Chiapas...

Entendiéndolo así, podría concluirse, que el “mal de archivos” es hoy, en la pobre Argentina ideológica de estos siempre agitados días, un triste, redundante, inútil consuelo de tontos.

* Escritor y docente universitario.

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Imagen: Gonzalo Martinez
 
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