EL PAíS › OPINIóN

Acerca del centroizquierda y sus desafíos

 Por Carlos Heller

El domingo 11 de octubre, José Natanson publicó en Página/12 un artículo titulado “El centroizquierda en busca de su destino”, y creo que es bueno opinar para contribuir al avance de algo que considero necesario e impostergable: la construcción de la más amplia unidad del campo popular para detener la ofensiva restauradora de la vieja y nueva derecha en la Argentina.

Esta unidad, a mi juicio, debe ser alentada desde un debate que tenga como base las cuestiones centrales que hacen a la identidad política e ideológica de las fuerzas políticas y movimientos que se plantean un orden social alternativo al heredado del neoliberalismo. Se trata de una concepción de “justicia” que se explica en varios aspectos imbricados para un futuro de dignidad para todos, sin exclusiones ni exclusivismos. En primer lugar nos remitimos a las coincidencias en torno de la dimensión redistributiva de la confrontación con lo antagónico, lo que supone políticas económicas y sociales desde el Gobierno, así como la configuración de una muy amplia red social y política de sostenimiento de la conflictividad emergente. No hay redistribución sin conflictividad social. Hace falta generar el diapasón de fuerzas que impulse desde abajo un programa de eliminación de la pobreza que garantice la inclusión social e igualdad de oportunidades para el acceso a la salud, a la educación y la cultura. El rol activo del Estado constituye un eje central de coincidencias.

Un segundo aspecto reclama actitudes de reconocimiento mutuo entre las fuerzas de centroizquierda, lo que supone aceptación y valoración de las diversas identidades, con sus historias y atributos a las luchas del campo popular. Y un tercer aspecto tiene como requisito fundamental la necesidad de generar procesos de participación real de la ciudadanía, no sólo en la agenda electoral sino en la constitución programática amplia y diversa.

A propósito de las fuerzas que sostienen este ideario, y que Natanson propone abordar en su artículo, cabe hacer explícitos dos elementos.

En primer término, la enumeración que él realiza es incompleta. En la ciudad de Buenos Aires, el Encuentro Popular para la Victoria, que integramos a través de nuestro Partido Solidario, ha conformado una propuesta que se enmarca entre las fuerzas transformadoras, asumiendo una posición de autonomía y apoyo crítico al gobierno nacional.

No se trata de incluir mi nombre como reivindicación personal, dado que el autor ha agrupado a otros compañeros como referentes en su caracterización del mapa progresista, sino de señalar que nuestra construcción ha incorporado a catorce partidos políticos y otros tantos movimientos sociales de indudable raigambre democrática, popular y transformadora. No se trata de aceptar tan sólo que tuvimos un respetable reconocimiento electoral sino de la novedosa articulación de fuerzas sociales y políticas en un proyecto y unas prácticas –no queremos dejar de decirlo– transformadoras, pluralistas, inclaudicables en los principios y muy flexibles en la amplitud de su construcción.

La omisión en torno de este espacio que me tocó representar en las elecciones y cuya continuidad, extensión, profundización aspiramos a concretar, constituye, a nuestro juicio, al menos una visión parcial que no carece de consecuencias prácticas, de allí a que nos decidamos a pedir la palabra a Página/12, un medio que a diferencia de los demás ha hecho de la democratización de la palabra un ejercicio efectivo.

Otro elemento que queremos señalar es que, sobre la base de aquellos acuerdos generales, los distintos sectores que nos reivindicamos como fuerzas humanistas, emancipadoras, progresistas, tenemos efectivamente matices y diferencias a la hora de reflexionar, debatir y desarrollar nuestros procesos de construcción política. La construcción del Partido Solidario creado por militantes del movimiento cooperativo al cual pertenezco desde hace más de 45 años, es una contribución en esta dirección.

Nadie puede autoasignarse la infalibilidad de la línea política, y la complejidad del escenario ha tenido como efecto inmediato la elección de caminos con acuerdos y desacuerdos. En lo programático (tramitado institucionalmente en el Parlamento) se revelaron los elementos que nos unen –recuperación del rol del Estado en la administración de los fondos previsionales, reemplazo de la ley de Radiodifusión– y también algunos que nos diferencian, como ocurrió con el conflicto con las entidades agropecuarias. Tampoco tenemos una valoración idéntica del gobierno nacional y hay otros matices que sobrevuelan el desafío de la unidad de lo diverso.

Por ambos motivos –porque representamos una corriente en el mapa del progresismo transformador, solidario y participativo; y porque tenemos matices con otras fuerzas– es que defendemos nuestra perspectiva en el relevamiento que se hace del escenario del centroizquierda.

Las características de la actual coyuntura nos reclaman incorporar a todos los que nos sentimos identificamos con un ideal de cambio, por principios y también por necesidad. En tiempos en que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer, esto asume un perfil imperativo. Tiempos de furia de la derecha restauradora, a la que sólo puede vencerse con la unidad de lo diverso para confrontar con lo antagónico.

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