EL PAIS › OPINION

El golpismo sin sujeto

 Por Horacio González *

No tiene rostro, tiene difusas cadenas de mails; no tiene programa, tiene un rosario de acciones diseminadas cuyo contenido es el descrédito sistemático del Gobierno; no tiene argumentos, tiene apariciones; no tiene actividades, tiene operaciones; no tiene identidad odiosa, tiene el odio como identidad. Si decimos meramente golpe, nos quedamos con una definición fuerte, pero para designar una entidad improbable, escurridiza. Si decimos meramente desestabilización, nos quedamos con un sentido clásico de derrocamiento, que sin embargo no termina de definirse ni como acto ni como sujeto pleno. Lo borroso y lo rizomático son las formas más decididas de la acción colectiva del golpismo sin sujeto. Lleva y es llevado por la fuerza de lo encubierto, lo sugerido, lo implícito.

Hay mérito en los reclamos salariales, el mérito reconocido por todos, de establecerse en el punto de igualitarismo que debe regir la sociedad del trabajo y los servicios comunitarios. Hay demérito en el modo de manifestarlo por parte de un grupo numeroso de miembros de las organizaciones armadas del Estado. En la distancia entre ese mérito y ese demérito está el golpismo sin sujeto. Indeterminado, indeciso, es tan circunscripto en las causas como expansivo en los efectos, tan lógico en lo que reclama como ilógico en las derivaciones que suscita.

El golpismo sin sujeto niega ser un sujeto; por lo tanto niega ser golpista. En algo tiene razón. De sus visibles boquitas pintadas no salen sino críticas a la impostura o al desorden, y desde luego a los que llama “relatos”, invirtiendo con ese término lo que a él mismo tanto le fuera adjudicado. Por cierto, en el caso de los salarios de las fuerzas de seguridad, hubo errores en la confección de planillas de sueldo. Ocasión para ver descuidos o irresponsabilidades administrativas, con un tono pegado a los hechos, fiel a lo que se escucha de los manifestantes uniformados. Tampoco es inadecuado hacerlo así: en política no es posible todo el día pensar con criterios conspirativos. A la realidad nunca se la nombra fácil: se quiebra en sí misma por obra de su misma propensión al azar.

Pero en el “pensamiento de trastienda”, que a veces aparece como un zumbido interno en toda conversación, por casual que sea, se accionan siempre ciertos poderes tácitos. Así, no podemos imaginar que varios cientos de uniformados en una escalinata de un edificio militar no signifiquen un sacudón que trasciende su origen en un problema salarial –-grave, pero no desestabilizante–, para provocar entonces un efecto transversal en toda la trama social, que vive siempre, y ahora más aún, de un excedente de signos. Nunca alcanzan las instituciones establecidas para interpretarlos. Ese excedente es el golpismo sin centro o con un opaco núcleo central donde se sospecha que se puede ir más allá de todo. Ese sentimiento, que suele adjudicársele al Gobierno –“vamos por todo”–, existe solamente en lo que aquí llamamos golpismo sin sujeto, la trastienda real de las sociedades mediáticas, naturalmente definibles como un atraco y ficcionalización permanente de símbolos, donde del justificable pliego de condiciones de cualquier grupo reivindicante se pasa enseguida a la aureola imprecisa del efecto faccioso sobre las instituciones.

Típico: se le confiere al Gobierno lo que constituye el verdadero corazón secreto de los gabinetes desestabilizantes, a veces ni sospechado por sus propios portadores, de que todo consiste en pasar los límites. Pero hacerlo con la voz augusta del redactor linajudo de buena pluma, mientras detrás bullen los denuestos que hubieran sido inimaginables en el periodismo de hace apenas algunas décadas. Puede escribirse cualquier cosa, de orden infamante y anónimo, en los comentarios electrónicos de los diarios en los que alguna vez escribieron José Martí, Rubén Darío y Lugones. Mientras tanto, por encima, flota virginal algún escrito tremendo y acusatorio, pero escrito por un periodista de visible trayectoria e idioma civilmente contenido. Curiosamente, en estos días movedizos, se aparenta moderación. ¿No hay acaso “moderadores” en el intercambio furibundo que ocurre en las tinieblas del periodismo en la red? ¿Pero qué “moderan”? ¿El ascenso a los extremos, la calidad del estigma, el grado de mácula sobre el Gobierno? O sea, ¿moderan quién se anima a escribir el oprobio más soez? ¿No están en los diarios que se leen en pantalla, como si un trazo metafórico dividiera entre luz y tinieblas, las mismas injurias extraídas de bauleras obscenas que se leen luego en los llamados a “ir más allá”? ¿Y ahora no ha decidido aquel gran diario tradicional, en este tiempo excitado, poner debajo de sus artículos demolicionistas, la sorprendente consigna que reza así: “Debido al tenor de los comentarios esta nota fue cerrada a la participación”? ¿Cómo, ha triunfado la luz sobre las tinieblas o la complementación entre ellas tiene ahora un orden más avanzado? ¿Habrán percibido que aún no hay que “ir por todo” o se trata más bien de un escalón superior de la denigración?

Es que ahora ya es posible superar los escritos más escabrosos solo con imaginarlos. ¡El moderador por fin ha moderado! ¡Ahora dice que él mismo está preocupado por las cosas que lee, por el “tenor de los comentarios”! ¿Tenemos que agradecerle? Podemos concluir en realidad que todos los insultos de sumidero que los grandes diarios publican ya han realizado su tarea visible. Ahora es posible bajarles la voz y hacer que adquieran mayor fuerza solo imaginándolos simular una tímida prudencia frente a su orgánica imprudencia. Las palabras están arrestadas. Nadie dice “respetaremos la democracia” si no se supiera que esos valores están en juego. Democracia es palabra de última instancia. Cuando aparece como señal de autocontención por los insubordinados (aquejados a su vez de un evidente perjuicio a su salario) es que ella está nuevamente en juego. Para que haya democracia, la democracia no debe estar en juego, en el confín de lo impronunciable, solo declarada para proteger los hechos desnudos del modo en que la desmienten.

Hace tiempo que la política argentina es en verdad una metapolítica, una política que ya no es de primer grado, sino una política que se hace sobre las ruinas de la anterior forma de hacerla. Si antes se discutía sobre la orientación de las instituciones y el lenguaje, hoy se discute para resquebrajar esas cosas por dentro. “Golpismo sin sujeto.” Es la hipótesis no escrita de la larga agonía. Por eso es evidente que no hay que gastar la rápida expresión “golpismo”, señalando con ella lo que ocurre, porque lo que ocurre lo es aunque de otra manera. Siendo de este modo, la palabra golpismo hay que interpretarla también de otra manera. No lo es en su tipo de acción conspicua, pero sí en sus maniobras invisibles. Tiene una característica a la que no vale situar como una conspiración, precisamente por haberse sumergido glutinosamente en una parte sombría de la lengua nacional. Podemos decirla en su parte de verdad, pero no la interpretaremos a fondo si no hundimos nuestro propio pensamiento en el modo en que se tejieron los hilos invisibles de una lengua recóndita, sin rostro ni forma, que percute todo el día en las ciudades. ¿Pero no estamos aún a tiempo de indicar cómo funciona esa lengua del ultraje, invisible con su serpentina antidemocrática? Se la debe mostrar ante las fuerzas de centroizquierda o de izquierda, a la efectiva oposición democrática, para que actúen en el reconocimiento verdadero de la situación, no por dádiva ni por ingenuidad, sino porque ellas también están en peligro.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.

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