EL PAíS › LA ASUNCION DEL EQUIPO DE BIELSA

Taiana, un símbolo

 Por Martín Granovsky

“Esto es como si nuestros hijos estuvieran aquí”, dijo Lita Boitano, de Familiares de Desaparecidos y Presos Políticos. A su lado asentía Estela Carlotto, de Abuelas de Plaza de Mayo. Las dos tienen gran experiencia internacional en actos oficiales, pero ambas son madres de desaparecidos y ayer lucían emocionadas en el acto de asunción de Jorge Taiana como secretario de Relaciones Exteriores.
“Está lleno de ex presos”, comentó otra dirigente de derechos humanos. Y no era una ironía.El ministro Rafael Bielsa estuvo secuestrado. Y Taiana fue él mismo un preso de la dictadura igual que su padre, ministro de Juan Perón. En la última etapa fue secretario ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, con sede en Washington, subsecretario del área en el fugaz gobierno de Adolfo Rodríguez Saá y hasta ayer secretario de Derechos Humanos del gobierno bonaerense de Felipe Solá. Además, tiene 52 años. La misma edad que cumplirían hoy muchos de los secuestrados de los años de plomo.
Taiana, que integró con el presidente Néstor Kirchner el Grupo Calafate, asumió como secretario en un acto multitudinario que llenó el Salón Libertador de la vieja cancillería, en el Palacio San Martín. No hubo juramentos sino una especie de maratón de asunciones. Un locutor simplemente anunció que asumían Taiana como virtual vicecanciller político y el resto del equipo, todos parados en el escenario junto a Bielsa serios y firmes. Estaba el sobreviviente Martín Redrado, vicecanciller económico. También el novelista y ex controlador de los aeropuertos Eduardo Sguiglia, subsecretario de Política Latinoamericana. El frepasista Eduardo Sigal en Integración, un área que abarcará desde el Mercosur hasta las negociaciones del Alca. Con un agregado: Sigal fue designado directamente por Kirchner, tal vez una muestra de que el Presidente no removió a Redrado –el único economista del establishment de todo el Gobierno– pero no quiso dejarlo totalmente solo. En la Subsecretaría de Política Exterior asumió Juan José Uranga, un diplomático de carrera que viene de ser embajador en Brasil y trabajó en el proceso de integración que comenzó en 1984 y fue abandonado por Carlos Menem en 1989. El embajador Federico Bartfeld, un diplomático obediente al ex secretario de Culto Esteban Caselli, fue desplazado de la Subsecretaría de Coordinación, la que maneja dinero y traslados. Bielsa colocó allí a Carlos Kulikowski. A Relaciones Institucionales, que tiene a cargo los vínculos con el Congreso y las provincias, fue Marcelo Fuentes. También ocupó el escenario el nuevo vocero, Oscar Feito.
Bielsa no habló de sus colaboradores ni de su estrategia. Aprovechó la presencia masiva de diplomáticos para pronunciar un discurso desangelado sin otra precisión sobre política exterior que el deseo de que “el mundo nos encuentre en el lugar en que pensaba que estaríamos colocados”, la reivindicación de “los cursos de acción que permitan defender con eficiencia los derechos e intereses de nuestro país” y el proyecto de “la reinserción argentina en el mundo”.
El canciller optó por un texto administrativo lleno de mensajes para tranquilizar a los diplomáticos de carrera. Pareció destinado a compensarlos como cuerpo, porque en la cúpula solo está Uranga. El discurso de Bielsa mencionó los 40 años del Instituto del Servicio Exterior, que convirtió a la diplomacia en una carrera, pero su tono diluyó cualquier diferencia en lo que los diplomáticos llaman “La casa”. Pocos rompen el espíritu de un cuerpo donde aparecen confundidos, por ejemplo, los profesionales que mintieron en favor de la dictadura como los que resistieron órdenes (ayer había dos de esta última categoría, Martín Cortés Funes y Adolfo Saracho) o los que adhirieron con entusiasmo a las relaciones carnales y los que veían que la destrucción de la integración política con Brasil terminaría siendo una hipoteca difícil de levantar. Una tercera diferencia, más profesional, estaría entre los que se acostumbraron a ocultar sus opiniones y quienes las expresaron.
Bielsa resolvió el tema llamando a la cancillería “una verdadera tecnocracia vertebrada”, dotada de “profesionalismo, responsabilidad, patriotismo, espíritu de sacrificio y dedicación al servicio de la república”. Cinco rasgos que prometió seguir con cinco sustantivos: “legalidad, transparencia, probidad, razonabilidad y responsabilidad”. También rescató la “idoneidad” por encima de “amistades, parentescos y padrinazgos” y, ecuménico, prometió respetar tanto a jóvenes como a veteranos. Todo, para lograr “el destino de seriedad y grandeza que ansiamos y proyectamos todos”.
De este modo el ministro perdió una buena ocasión para sistematizar sus propuestas de política exterior, desperdigadas hasta ahora en definiciones sobre Brasil (“asociación estratégica”) o los Estados Unidos (“cooperación sin cohabitación”), justo cuando viene una semana que pondrá a prueba cada formulación. El martes estará Colin Powell en la Argentina, en la primera visita de nivel desde la asunción de Kirchner. El miércoles viajará Kirchner a Brasil, donde se encontrará otra vez con Luiz Inácio Lula da Silva pero esta vez como Presidente y ya no, como a principios de mayo, como candidato a enfrentar a Carlos Menem en el ballottage.

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