EL PAíS › OPINION

Un impuesto capitalista

Por James Neilson

Los países capitalistas pueden dividirse en dos categorías: los bastante exitosos por un lado y los irremediablemente fracasados por el otro. Los primeros se caracterizan por la presencia de un Estado eficiente que recauda los impuestos y castiga a los empresarios que violen las reglas. Lo que es típico de los segundos es la inoperancia del Estado, su complicidad con los grandes evasores y la corrupción endémica. Otro rasgo compartido por los países capitalistas más exitosos consiste en la conciencia de que para cualquier empresario cuerdo la miseria masiva es mala porque, entre otras cosas, los indigentes no pueden comprar sus productos, de suerte que los programas sociales son imprescindibles. Aunque se trata de verdades evidentes, donde impera el capitalismo trucho abundan voceros empresarios supuestamente “liberales” que se oponen tenazmente a cualquier medida destinada a recrear en sus cotos de caza las condiciones que les permitirían emular a sus hipotéticos homólogos norteamericanos o europeos. Toda vez que se plantea una, la denuncian por “socialista” o “estatista”. Es un disparate pero, gracias a la larga recesión y la voluntad universal de castigar a De la Rúa, su prédica ha resultado tan influyente que incluso entre los progres se ha consolidado la convicción de que los impuestos son intrínsecamente malignos.
La idea de cobrar un impuesto de emergencia, similar al inventado en su momento por Tony Blair, a las empresas favorecidas por la pesificación para financiar programas de ayuda social no tiene nada de populista o izquierdista. Dadas las circunstancias, es una cuestión de sentido común. Si hay un problema, éste tiene que ver con la sospecha razonable de que todo peso que entra en las arcas del Estado terminará en el bolsillo de un político o sindicalista que lo utilizará ya para sus gastos personales, ya para mantener su aparato clientelar. Así las cosas, los más interesados en que el país contara con un Estado auténtico en lugar del simulacro actual que sólo sirve para organizar manifestaciones en Plaza de Mayo deberían ser empresarios que, luego de pensarlo, preferirían tener sus negocios en Suecia, no en Haití. Sin embargo, a pesar de todo lo sucedido en los años últimos, aún no se ha formado un movimiento procapitalista dispuesto a hacer de la construcción de un Estado eficaz su prioridad absoluta, acaso porque a juicio de demasiados empresarios nativos el capitalismo tal como se lo practica en los países ricos es tan antipático y “frío” como sería un monasterio trapense desde la perspectiva de un playboy ostentosamente piadoso.

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