EL PAIS › EL HOMENAJE DE BERGOGLIO EL VIERNES EN LA RIOJA

Cardenal angelizado

Kirchner declarará día de duelo nacional la fecha del asesinato de Angelelli y Bergoglio presidirá un homenaje en La Rioja. La excursión angelizadora procura remover obstáculos en la marcha del cardenal hacia el papado. Este mismo año, un libro editado por Bergoglio mutiló un documento histórico sobre el proceso de liberación inspirado por Angelelli. Esto no quita significado político al tardío reconocimiento de su asesinato. La Iglesia lo negó mientras pudo y ahora intenta capitalizarlo.

 Por Horacio Verbitsky

El miércoles 2, el gobierno honrará al asesinado obispo Enrique Angelelli con la firma de un decreto que declarará el 4 de agosto día de duelo nacional. El viernes 4 el presidente de la Conferencia Episcopal, cardenal Jorge Mario Bergoglio, encabezará la delegación de obispos que rendirá homenaje al mártir en La Rioja. Los prelados lo harán en la ciudad capital, mientras sacerdotes y laicos, junto con el secretario de Culto de la Nación, Guillermo Oliveri, peregrinarán hasta el sitio en las afueras de El Chamical donde hace treinta años se cometió el crimen, en un fraguado accidente de carretera.

La excursión angelizadora de Bergoglio es parte del intento de remover cualquier obstáculo que se interponga en su camino hacia el papado. Su principal aliado en esta operación es el Comisionado Episcopal de Pastoral Social, Jorge Casaretto, uno de los únicos tres obispos de los años de la dictadura que quedan en actividad. El cardenal procura blanquear su conducta durante los años de la dictadura militar, cuando era superior provincial de la Compañía de Jesús y mantenía una cordial relación con el jefe de la Armada, Emilio Massera, que secuestró a varios de sus sacerdotes. Esto no implica minimizar la importancia política del gesto, por parte de una institución que primero aisló a Angelelli, luego aceptó a sabiendas de su falsedad la versión de un accidente y aun cuando comenzó a honrarlo, hace cinco años, omitió cualquier referencia a las causas de su muerte. Ya no hay espacio social para continuar con la falsificación de la historia. Unidos a la verdad que no pueden combatir, Bergoglio y Casaretto ven favorecido su intento por la composición actual del Episcopado. Su único contendiente interno de algún peso, disminuido por la anunciada jubilación del Secretario de Estado Angelo Sodano, que lo sostenía, es el arzobispo de La Plata, Héctor Aguer. Su cruzada personal consiste en impedir que la hemeroteca de la Biblioteca Nacional pase a llamarse Rodolfo Walsh en lugar a Gustavo Martínez Zuviría, como proponen legisladores de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Martínez Zuviría fue el ministro de Educación del golpe de 1943 que obligó a modificar las letras de los tangos. Por eso la queja de “Cafetín de Buenos Aires” de Discépolo y Mores no rima con “mi vieja” sino con “mi madre”, y “Los dopados” de Cobián y Cadícamo pasó a llamarse “Los mareados”. También es autor de novelas antisemitas con el seudónimo Hugo Wast y fundador de un linaje de militares golpistas en el Ejército y la Fuerza Aérea.

Mutilaciones

Si algo no implica el homenaje de Bergoglio a Angelelli es respeto por su obra. Este mismo año, el presidente de la Conferencia Episcopal editó un volumen titulado Iglesia y Democracia, en el que mutiló los conceptos centrales de un texto histórico a cuya redacción contribuyó en forma decisiva el ex obispo riojano. Se trata del Documento de San Miguel que en abril de 1969 adaptó a la realidad del país las conclusiones de la Conferencia del CELAM en Medellín y del Concilio Vaticano Segundo. Angelelli era vicepresidente y animador de la Comisión Episcopal Especial del Plan de Pastoral (COEPAL) que, bajo su orientación, cobijaba al grupo de teólogos y peritos que prepararon el texto. El libro editado por Bergoglio sostiene que “no debemos tener miedo a la verdad de los documentos”. Pero el punto 2 del Documento de San Miguel se interrumpe en forma abrupta y, sin explicaciones, se pasa al 4. El final del truncado punto 2 dice que es el deber evangelizador de los obispos “trabajar por la liberación total del hombre e iluminar el proceso de cambio de las estructuras injustas y opresoras generadas por el pecado”. El omitido punto 3 es aquel en que el Episcopado sentenció que “la liberación deberá realizarse en todos los sectores en que hay opresión: el jurídico, el político, el cultural, el económico y el social”. La introducción del mismo documento, también suprimida por Bergoglio, decía que en ese proceso de liberación los obispos participarían con “la violencia evangélica del amor para proclamar públicamente nuestro compromiso en todas sus dimensiones”. Cuando una generación de jóvenes católicos formados por esos maestros tomaron esos conceptos inequívocos como guía de su conducta, el Episcopado bendijo las armas de los opresores que los masacraron. Hoy homenajea a Angelelli pero silencia su pensamiento.

La etapa antiperonista

Ordenado en 1949, Angelelli pasó algunos años de la primera presidencia de Perón en Roma. Allí conoció al fundador de la Juventud Obrera Católica (JOC) José Cardijn. De regreso, comenzó su labor pastoral en los barrios pobres de Córdoba. En 1952 fue designado como primer asesor de la JOC cordobesa y a cargo de la capilla Cristo Obrero. Junto a la capilla había un Hogar Sacerdotal, frecuentado por curas del interior de la provincia, en el que Angelelli instaló su vivienda. Pronto se convirtió en lugar de reunión también para jóvenes obreros y estudiantes. Angelelli era el principal colaborador del sacerdote italiano Quinto Car-gnelutti, a quien el arzobispo Emilio Fermín Lafitte encargó la organización de un Movimiento Católico de Juventudes destinado a competir con la UES peronista, con la consigna “la conciencia vale más que una motoneta”. En noviembre de 1954, Perón prometió sanciones para diecinueve sacerdotes de todo el país, entre ellos Cargnelutti. También ordenó arrestar a otro sacerdote amigo de Angelelli, Eladio Bordagaray, por haber dicho que había que elegir entre Cristo o Perón. Como Jaime De Nevares, Miguel Ramondetti o Rodolfo Walsh, Angelelli militaba en el más cerrado antiperonismo.

Después del ’55

Después del derrocamiento de Perón por un golpe militar cuyos tanques y aviones llevaban pintada la V y la Cruz que significaban “Cristo Vence”, todos ellos descubrieron a la clase obrera y entendieron el rol que adquirió con el peronismo. Angelelli integraba el Equipo Nacional de Asesores de la JOC, en el que se planteó un debate que tendría eco años después. Para algunos, el peronismo obraría como un freno al comunismo, por lo cual debía merecer la atención de la Iglesia. Otros, como Julio Meinvielle, sostenían que, por el contrario, al favorecer la lucha de clases, abría las puertas al comunismo. “Debemos confesar humildemente que hemos estado alejados de la clase obrera y nos hemos presentado ante ella como una Iglesia burguesa”, confesó Angellelli en 1958.

Su popularidad era tal que a nadie sorprendió que en diciembre de 1960 fuera designado por Juan XXIII arzobispo auxiliar de Córdoba y nombrado vicario general de la Arquidiócesis. El día de su consagración, la Catedral se pobló de obreros y gente humilde. Hijo de chacareros italianos que lo llevaban al seminario en el carro de la verdura, el Canuto Angelelli tenía 42 años y no aceptó la sugerencia del arzobispo Ramón José Castellano de abandonar su pequeña moto una vez consagrado obispo. Tampoco el reclamo de los empresarios de una fábrica que le pidieron que sancionara a los sacerdotes que apoyaban a un grupo de trabajadores en conflicto. “Si estas injusticias continúan, algún día estaremos en el mismo paredón los patrones y los curas. Ustedes por no haber sabido practicar la justicia social. Nosotros por no haber sabido defenderla”, les dijo.

En una de sus primeras decisiones dispuso que los alumnos del Seminario Mayor visitaran las capillas y barrios obreros para tomar contacto con esa realidad. Los sacerdotes que volvían de Europa se apartaban con naturalidad del antiperonismo y el antimarxismo prevalecientes en Córdoba. Esto los puso en conflicto con el arzobispo, cuando se pronunciaron por una Iglesia pobre y evangélica y en favor del plan de lucha de la CGT. Incluso llegaron a objetar la oposición del Arzobispado a una ley de educación del gobernador Justo Páez Allende. La libertad de enseñanza que defendía Castellano era una hipocresía porque sólo beneficia a “alguna clase privilegiada” y las inversiones edilicias de los colegios católicos “una bofetada que suena a sacrilegio en el rostro de los pobres”. Cuando la situación se escapaba de control, la Santa Sede retiró a Castellano y designó como nuevo arzobispo a Raúl Primatesta, quien confirmó al auxiliar Angelelli, como forma de congraciarse con el clero joven.

El pequeño Concilio

Durante una reunión de equipos de sacerdotes de la Ciudad y de la provincia de Buenos Aires realizada en Quilmes y bautizada como “El pequeño Concilio” se criticó con aspereza a la jerarquía. El Nuncio Humberto Mozzoni, el cardenal Antonio Caggiano y otros obispos tradicionalistas denunciaron que se asistía a un “derrumbe de la obediencia”. Angelelli defendió el Pequeño Concilio en la asamblea episcopal con un estilo temperamental y apasionado: “Nuestras opiniones a veces son anticonciliares. Esto escandaliza a los sacerdotes, que nos ven asustados del clero, con miedo de tocar temás tabú, como el celibato, la obediencia y los encuentros sacerdotales”.

En torno de la Parroquia Cristo Obrero y del Hogar Sacerdotal en el que vivía Angelelli, conectados por un patio interno, se nuclearon los grupos de cristianos revolucionarios que luego de una larga huelga de hambre de 1966 consideraron que se cerraban los caminos de las reivindicaciones estudiantiles y se entregaron a una militancia de base en sectores obreros que derivaron en la formación de distintos grupos, como el Peronismo de Base, el Comando Camilo Torres, el Peronismo Revolucionario y Montoneros.

En 1968 Angelelli fue designado obispo de La Rioja pero siguió atento a lo que sucedía en Córdoba. Al Cordobazo lo llamó grito de rebeldía lanzando por la juventud y la clase obrera y le dio una interpretación profética. A “la luz que se ha encendido con las fogatas de la destrucción” había que asumir un compromiso para que nadie muriera de hambre ni fuera excluido. En su primera homilía riojana anunció que venía a servir a los pobres, hambrientos y sedientos de justicia. Muy pronto irritó a los terratenientes locales y al poder político. El documento elaborado por medio centenar de curas y monjas y un centenar y medio de laicos en la Semana Diocesana denunció “una situación de injusticia y violencia que constituye un pecado institucionalizado” y proclamó que la tierra debe ser para quien la trabaje. Promovió la creación de sindicatos de mineros, peones rurales y empleadas domésticas, cooperativas de producción y consumo de tejidos, ladrillos, relojes, pan y para poner a producir los latifundios ociosos de la zona conocida como la Costa. Una de esas cooperativas reclamaba la expropiación de un latifundio, propiedad de un usurero que se había ido apropiando de los pequeños fundos de sus deudores. La intervención militar lo expropió pero lo puso en venta en parcelas individuales, porque cooperativas “sólo existen en Rusia, Cuba y China”.

Como los Apóstoles

En 1970, sus amigos y compañeros de discusión política en el Hogar sacerdotal de Córdoba Ignacio Vélez y Emilo Maza participaron en el ataque a una unidad militar en La Calera. El gobierno militar también involucró al sacerdote Erio Vaudagna, uno de los ex colaboradores de Angelelli quien, desde La Rioja, los comparó con los Apóstoles: “También les dijeron que eran subversivos”. Al jugarse y tomar en serio las cosas, eran lúcidos y sinceros y renunciaban a lo propio para caminar con los otros, dijo. Angelelli dejó de celebrar la misa de Nochebuena en la Catedral de la Capital e instaló el altar en un rancho humilde de un barrio marginal, que comparó con la gruta de Belén.

En 1971 el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo sostuvo que si el Ejército había sido “copado poco a poco por el imperialismo y la oligarquía” era lógico que el pueblo buscara “recrear por sí mismo la fuerza militar que se le niega y depositar su confianza en nuevos grupos armados solidarios con su causa”. Según el documento del MSTM también eran políticas las homilías del cardenal Caggiano que dan una imagen de la Iglesia “no servidora de los pobres sino domesticada y servil a los poderosos”. Cuando Caggiano y los integristas Adolfo Tortolo y José Miguel Medina exigieron una respuesta disciplinaria del Episcopado, Angelelli propuso acercarse a los sacerdotes.

–Dialoguemos para ser ayudados, para que nos ilustren –dijo. Su posición fue derrotada y la Comisión Permanente respondió al MSTM que no era evangélico el enjuiciamiento de los obispos “como infieles y serviles”.

Durante una Asamblea Plenaria de 1972, Angelelli impugnó el borrador de documento que circulaba, porque omitía “la responsabilidad de las Fuerzas Armadas, los políticos, dirigentes sindicales, los grupos económicos, el fuero antisubversivo y sus consecuencias, presos, torturas”. También sostuvo que recientes documentos de Perón y de los sacerdotes del tercer mundo “impactan y son más seguidos que nuestros documentos. Que en la práctica no aparezcan estos documentos como los magisteriales para con nuestro pueblo y el nuestro desechado por diluido, por no comprometido”. La Comisión Permanente del Episcopado escuchó sin pronunciarse su queja contra los agresivos informes de los servicios de informaciones. La reunión continuó con la solicitud de pasajes aéreos nacionales e internacionales para los obispos, gratuitos o rebajados, y la designación en el organismo gubernamental de censura cinematográfica de los monseñores Manuel Moledo y Oscar Justo Laguna para considerar la película Un cura casado.

Los Menem

Cuando el general Roberto Levingston reemplazó a Juan Carlos Onganía en la presidencia, el político conservador nacido en Anillaco Eduardo Menem quedó a cargo de la intervención federal en La Rioja. Su familia poseía una bodega que compraba a precios irrisorios la uva de los pequeños campesinos. Su hermano Carlos Menem era candidato justicialista a la gobernación y prometió que entregaría el latifundio a la cooperativa. Angelelli se sintió confiado luego de su victoria y el 13 de junio de 1973 viajó al pueblo natal del gobernador. Allí se encontró con una algarada conducida por un grupo de comerciantes y terratenientes, entre ellos Amado, César y Manuel Menem, hermano y sobrinos del ex interventor y del electo gobernador. Ante la pasividad policial, manifestaron frente al templo, denunciaron con altoparlantes el propósito de Angelelli de reemplazar al viejo párroco Virgilio Ferreyra por dos sacerdotes capuchinos, declararon a Anillaco Capital de la Fe e irrumpieron por la fuerza en el templo y la casa parroquial. Cuando Angelelli se retiró luego de suspender las celebraciones religiosas, lo corrieron a pedradas. Arguyendo la intranquilidad social, Menem retiró su apoyo a la cooperativización del latifundio y la Legislatura decidió venderlo en parcelas, tal como había dispuesto el gobierno militar. Los sacerdotes riojanos habían pedido la excomunión de los tres Menem y sus acompañantes, pero Angelelli prefirió una sanción menos drástica, el entredicho, y ofreció su renuncia a la Santa Sede.

La algarada

El Superior general de los Jesuitas, Pedro Arrupe, y el arzobispo de Santa Fe, Vicente Zazpe, visitaron La Rioja y declararon que la línea pastoral de Angelelli era acertada, porque seguía las opciones del Concilio, de Medellín y del Papa. Pero Zazpe viajó como auditor de la diócesis. Llevaba dos documentos del secretario de Estado, Jean Villot: una carta de apoyo al obispo e instrucciones reservadas. Debía informar sobre las orientaciones pastorales de Angelelli que “no recogen el consenso de todo el Episcopado argentino”. En Los Molinos, el pueblo anterior a Anillaco, “una multitud enardecida” reclamó la destitución del obispo “por marxista y comunista”. El enviado aceptó una audiencia colectiva con los entredichos quienes exigieron la remoción de Angelelli, mientras desde un altoparlante se difundían marchas militares. Uno de los sancionados le dijo que Angelelli “se va por las buenas o por las malas, y si no es por las malas será lo peor”. En su informe al Vaticano, Zazpe consignó que las posiciones eran irreductibles. Mientras los sectores pobres y de la juventud apoyaban la actuación de Angelelli, muchos integrantes “de instituciones anteriores - Acción Católica, Cursillos de Cristiandad, Ligas de Padres de Colegios”, la repudiaban. En este sector se “mezclaban motivaciones de índole religiosa, política, socio-económica”.

En marzo de 1974 la Secretaría de Estado recomendó a Zazpe que continuara al lado de Angelelli para alentarlo y aconsejarlo a introducir rectificaciones que favorecieran la reconciliación con los censurados. Sin abandonar la opción por los pobres, debía propiciar el diálogo con los disidentes. La directiva para Angelelli fue corregir los abusos litúrgicos de sus sacerdotes, el escaso contenido religioso de su predicación y los aspectos de su comportamiento “no aceptados por gente de fe simple y alejada de las novedades”. Luego Angelelli viajó para su visita ad limina apostolorum a Roma. Pese a la amenaza de muerte de la Triple A y el consejo del gobernador Menem de que se fuera porque su vida corría peligro, regresó en diciembre. Pablo VI lo instaba a seguir haciendo concreto el Concilio en su diócesis. Además le entregó una carta de complacencia por su sacrificada actividad en favor de los más necesitados y de condena por “las violencias y difamaciones” que padeció. El Papa le anunciaba que los responsables de los ataques recibirían “el debido requerimiento” por sus actos. Pero también le pedía que levantara la suspensión litúrgica en Anillaco, que se reconciliara con el párroco Ferreyra, que sus colaboradores prestaran “preeminente atención a los valores espirituales”, y que ejerciera la conducción diocesana también sobre aquellos laicos que no compartían “aspectos no esenciales de la pastoral diocesana”.

Redención por la sangre

Durante una visita a la base aérea de Chamical, que era un foco de cuestionamiento a Angelelli, el pro vicario castrense Victorio Bonamín dijo que el pueblo había cometido pecados que sólo podían redimirse con sangre. El 12 de febrero de 1976, el Ejército arrestó en Mendoza al vicario general de la diócesis de La Rioja, Esteban Inestal, y a dos jóvenes del Movimiento Rural diocesano. Uno de los oficiales les dijo que Juan XXIII y Pablo VI habían destruido la Iglesia de Pío XII, que los documentos de Medellín eran comunistas y que la Iglesia riojana estaba separada de la Iglesia argentina. Angelelli ofreció una vez más su renuncia a la Conferencia Episcopal. Durante la inauguración del curso lectivo de 1976 en la base aérea, el vicecomodoro Lázaro Aguirre interrumpió la homilía que pronunciaba Angelelli sobre la responsabilidad social de los cristianos:

–Usted hace política –le gritó.

En su misa radial del 1º de marzo, Angelelli describió la fractura profunda que enfrentaba a unos sectores de la Iglesia con otros. Cada uno influía a su vez sobre sectores decisivos de la militancia política y de las Fuerzas Armadas: Se busca dividir y separar a obispos y sacerdotes de sus comunidades, obstaculizar la misión divina de la Iglesia junto a su pueblo en la catequesis y en la evangelización, controlarla para que el Evangelio no llegue a su pueblo, se busca suprimir toda militancia cristiana y apostólica en su laicado, dijo. Dos semanas después, Angelelli suspendió los oficios religiosos en la capilla de la base. Todos los plazos estaban vencidos.

“Extraño acidente”

Angelelli fue asesinado cuando viajaba a Buenos Aires con una denuncia sobre el secuestro y asesinato de sus sacerdotes Gabriel Longueville y Carlos Murias. El diario vaticano L’Osservatore Romano presentó el caso como un “extraño accidente”. Pero el cardenal Juan Carlos Aramburu negó que se tratara de un crimen y no hubo protesta vaticana. La biografía oficial del ex nuncio Pio Laghi es hipercrítica con Angelelli, a quien vincula con “los extremismos que proponía la Teología de la Liberación”. Para ello Laghi y sus colaboradores en el libro, los obispos Laguna y Casaretto, fuerzan los hechos y sostienen que Pablo VI dio orden de que no se tomaran fotos para no “inmortalizar” la última visita del “incómodo” obispo riojano al Papa, debido a sus “heterodoxias doctrinales”. No es así. Pablo VI se fotografió en el gesto afectuoso de tomar la mano de Angelelli el 7 de octubre de 1974 en el Vaticano. Esa imagen ilustra la biografía del obispo asesinado escrita por el dominico Luis O. Liberti.

Después del entierro de Angelelli, la Conferencia Argentina de Religiosos dirigió un angustioso llamado a Primatesta en busca de protección. Primatesta respondió que los obispos habían elegido ser “prudentes como las serpientes” porque estaban convencidos de que “hay tempus loquendi y tempus tacendi”. Tempus tacendi quiere decir tiempo de callar. Ese mandato se mantuvo a lo largo de las décadas. Fueron los excepcionales obispos Jaime de Nevares, Jorge Novak y Miguel Hesayne, junto con Adolfo Pérez Esquivel y Emilio Mignone, quienes aun durante la dictadura presentaron la denuncia por el asesinato de Angelelli, que la justicia riojana dio por probado el 19 de junio de 1986. El juez Aldo Morales sentenció que se había tratado “de un homicidio fríamente premeditado”. El Episcopado siguió sin asumir lo sucedido. En una declaración emitida en 2001 aún sostuvo que Angelelli “encontró la muerte” y que “la muerte lo encontró” y se abstuvo de mencionarlo como mártir. Hesayne replicó: “Tenemos más pruebas de su martirio que del de muchos mártires de los primeros siglos del cristianismo”. Esta es la historia de la vida y la muerte de Angelelli que ni Bergoglio ni Casaretto contarán.

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