EL PAíS

Nunca Menos *

 Por Horacio Verbitsky

No pasaron dos horas desde la muerte de Néstor Kirchner antes de que comenzara el debate acerca de la gobernabilidad. Cada cual participó a su manera y con lo que pudo, desde análisis y propuestas racionales hasta expresiones emotivas. Abrieron punta las columnas y editoriales de los grandes medios. En forma explícita, invitaron a pensar todo de nuevo, pero en realidad propusieron una vez más la vieja lógica que imperó en el país hasta que el azar puso en la Casa Rosada al líder excepcional que acaba de morir.

Uno de los principales columnistas del matutino Clarín escribió que la decisión de que la candidata presidencial en 2007 fuera CFK constituyó el “primer error estratégico grave” de Kirchner. No hay un razonamiento que respalde esa afirmación, que debe aceptarse como un acto de fe. Ante una pregunta sobre algún hecho que hubiera detonado la confrontación sin tregua con el CEO del grupo económico que creció en torno de ese diario, Kirchner respondió hace un par de meses: “Vino a verme a Olivos para decirme que Cristina no podía ser presidente”. No puede reprocharse falta de coherencia a quien mantiene su posición más allá de la muerte. Lo mismo vale para el matutino La Nación, y su reiteración del mismo ultimátum que usó para saludar la llegada de Kirchner al gobierno. El 15 de mayo de 2003, cuando se supo que Carlos Menem no se presentaría a la segunda vuelta, tituló en su tapa que la Argentina había decidido darse gobierno por un año. Firmaba el artículo el director periodístico Claudio Escribano. Desde diez días antes, escribió, Kirchner sabía que “el principal asunto a resolver en el país es el de su gobernabilidad”. También en ese caso, Kirchner dio la explicación para una conducta tan extraña, sin precedentes en el periodismo argentino. Durante la campaña electoral había desayunado con Escribano quien le transmitió un pliego de condiciones:

1. “La Argentina debe alinearse con los Estados Unidos”.

2. “No queremos que haya más revisiones sobre la lucha contra la subversión. Creemos necesaria una reivindicación del desempeño de las Fuerzas Armadas”.

3. “No puede ser que no haya recibido a los empresarios”.

4. “Nos preocupa la posición argentina con respecto a Cuba”.

5. “Es muy grave el problema de la inseguridad. Debe llevarse tranquilidad a las fuerzas del orden con medidas excepcionales de seguridad”.

Kirchner respondió que su mayor preocupación era “que me acompañen los argentinos. Ocurre que usted y yo tenemos visiones distintas del país”. Hace ya largos siete años que La Nación procura en vano aportar al cumplimiento de su interesada profecía. La imprevista muerte de Kirchner le pareció el momento oportuno para reiterar la exigencia. “Sin Kirchner, Cristina puede asumir el poder”, tituló Rosendo Fraga su columna puesta on line a las 11:17 del miércoles 27. Con una prosa menos grandilocuente que la de Escribano, Fraga escribió que la presidente “tiene la oportunidad de modificar, rectificar, corregir, cambiar” las “políticas impuestas por su marido”. Como la primera de las “decisiones que se reclaman”, mencionó “tomar distancia de Hugo Moyano”. Si, en cambio, “insiste en la línea fijada por su marido, no le será fácil gobernar”. Reconoció que Kirchner “deja a su esposa con un gobierno sólido en lo económico, pero enfrentado con el sector productivo más importante del país que es el campo; en conflicto también con el sector industrial”. Por eso, no está en riesgo “la continuidad institucional, pero puede estarlo la gobernabilidad”, si Cristina no deja de ser “la presidenta de una facción para pasar a serlo de todos los argentinos”, es decir de todos los argentinos que cuentan para La Nación. En la misma línea, en el mismo diario y apenas dos horas después, Carlos Pagni ordenó “pensar todo de nuevo”, con un acuerdo entre oficialismo y oposición “para rodear a un gobierno débil”, aunque advierte que no es fácil que la presidente se reconozca débil. Agrega que “hay un líder omnipotente que ha muerto y una viuda al frente del Estado: Perón e Isabel, Kirchner y Cristina. ¿Quién será el Ricardo Balbín de este drama?”. Ni siquiera se priva de amagar que la sucesión presidencial “sigue previéndose para diciembre del año próximo”. Entre los conductores apetecidos para lo que sigue, arriesga los nombres de Daniel Scioli y de José Luis Gioja y también advierte contra Moyano. En los días siguientes continuaron los pronunciamientos en esa misma línea, en ése y en otros diarios asociados a los mismos negocios y proyectos políticos. Más allá de este chantaje, el debate sobre la gobernabilidad es legítimo. Kirchner comenzó a darlo el primer día de su gobierno y lo continuó después de su muerte, con la imponente eclosión de sentimientos y actitudes que estaban en las capas profundas de la sociedad y que la espuma de los días y la trivialidad de las polémicas mediáticas impedían ver. Una generación que nació durante la dictadura militar o en los primeros años posteriores, ocupó las calles de todo el país, con lágrimas en los ojos, para despedir al hombre que le ayudó a creer que la política era una herramienta apta para cambiar una sociedad demasiado injusta y que ellos tenían un sitio en ese intento. La comparación con Isabel y Balbín es una mera expresión de deseos. Cristina no es una frágil mujer que busque ni acepte la conmiseración de nadie ni hay entre los líderes opositores gestos de grandeza proporcionales al vacío que deja la partida de Kirchner (al margen de lo poco que le sirvió Balbín a la estabilidad institucional). La presidencia no es el regalo que recibió por consolar la senectud de un anciano fastidiado sino la consecuencia de un proyecto compartido con su compañero político y sentimental de toda la vida. Juntos construyeron un país pacificado, cuyas instituciones funcionan a pleno, respetado por todos los países de la región, cuyos líderes acompañaron a Cristina. Nunca antes Brasil y Chile habían declarado duelo nacional por algo ocurrido en la Argentina. La economía que crece como pocas en el mundo y como pocas veces antes en la Argentina. Esto ha permitido disminuir los niveles de pobreza e indigencia que de todos modos siguen siendo escandalosos y que constituyen la primera de las asignaturas pendientes. La pareja presidencial, como tantas veces los llamaron para erosionarlos, marcó un punto de inflexión en la larga decadencia argentina, que sin ellos conducía en línea recta a la catástrofe. Esta es la gobernabilidad democrática que, a derecha e izquierda, no soportan quienes anhelan volver al país para pocos ricos, pocos inteligentes, pocos militantes, la que hizo de Kirchner el primer presidente en demasiado tiempo que se retiró del gobierno y de la vida ahora, con altos grados de aprobación social. Si Alfonsín simboliza el Nunca Más, Kirchner deja como legado el Nunca Menos. El otro camino es el del ajuste y la represión, que termina a los palos y los tiros, con cuarenta muertos como el ciclo Menem-Cavallo-De la Rúa o con dos, como el del ex senador Eduardo Duhalde, con la industria en ruinas, la desocupación rampante, los salarios en el subsuelo y superganancias para quienes no se resignan a que otra Argentina sea posible.

(* “Nunca Más, Nunca Menos” es el título de una declaración de la rama argentina de la Sociedad Internacional para el Desarrollo, que dirige el economista Enrique Aschieri.)

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