EL PAíS › SILVIA VERGARA Y EMI D’AMBRA

“Me obligaron a andar sin piel”

 Por Marta Platía

Emilia Ofelia Villares de D’Ambra, de 84 años, y a quien se la reconoce como Emi D’Ambra, fue una de las primeras en entrevistarse en España con el juez Baltasar Garzón por la desaparición de dos de sus cinco hijos: Carlos, de 23 años, quien fue visto en La Perla; y Alicia, de 21 y “tal vez embarazada”, torturada en el Pozo de Banfield y Automotores Orletti. La Madre, y quizás “abuela”, dio uno de los testimonios más completos y estremecedores. No sólo por el páramo de silencio que padeció luego de sus secuestros, el 20 de noviembre de 1976 y el 13 de julio, respectivamente, sino por la fortaleza de la búsqueda que hizo junto a su marido. “Con mi esposo recorrimos todo. Cuando se llevaron a Carlos le preguntamos a todo el mundo en la Terminal de Omnibus de Córdoba, si lo habían visto. El iba a llegar desde Buenos Aires con su novia, Sara Waitman, y venían a visitarnos a Alta Gracia. Nunca llegaron. En la terminal, la propia policía nos dijo que había habido ‘una pinza muy grande’, que eran del Ejército, con camiones verdes, y que se habían llevado muchísima gente. La mayoría jóvenes. Tiempo después, supimos que Sara estaba en la cárcel UP1. Creímos que Carlos también estaría allí. Pero supe después que pasó por La Perla.”

Emi contó que “en ésa época ningún abogado se animaba a presentar un hábeas corpus”, el único que consiguieron “nos redactó uno, pero sin firmar. Mi esposo lo tipeó a máquina en casa y lo presentamos solos”. También dijo que enfrentó a Primatesta en una de las visitas que el cardenal hizo a Alta Gracia: “Le reproché que no me había recibido. Se excusó y me dijo que iba a rezar por mí. Le contesté que no necesitaba sus rezos, que sabía hacerlo sola”. Y siguió: “Mire, señor juez, a mí la Iglesia me pateó los dientes. Nunca más creí en ellos”. Uno de los pasajes más absurdos –y hasta hilarantes– fue cuando Emi D’Ambra le contó al juez con admirable humor negro cómo se había comportado la Justicia de entonces: “Logramos que alguien nos represente. Como no pudimos pagar la segunda cuota de la tasa de justicia, porque los dos somos trabajadores de clase media baja, un día cayó a casa una jueza de paz a embargarnos. A mí me dio un ataque de risa. A carcajadas, me reía. Mi esposo sufría y me decía: ‘Emi, lo van a tomar a mal’. Y yo le dije a la jueza: ‘Fíjese ¿qué va a llevar? ¿La mesa? ¿El aparador? ¿Las sillas? ¿El televisor? Ustedes todavía no me ha dado la justicia que pido, pero fueron rapidísimos para embargarnos’”, le reprochó. La funcionaria, que había elegido el televisor, partió cabizbaja y sin llevarse nada.

Silvia Vergara Falik. Sin piel. Así dijo que la obligaron a andar por la vida los represores del terrorismo de Estado. Silvia, de 38 años, es una de las dos hijas de Herminia Falik y Rodolfo José Vergara. Ambos desaparecidos. Su madre fue secuestrada por una patota en la parada de un colectivo la mañana del 24 de diciembre de 1976. “Apurados para irse a brindar con sus familias por la Navidad –según relató una testigo a la que obligaron a ver la tortura–, la destrozaron entre cuatro o cinco torturadores a golpes y con dos picanas eléctricas. Para acelerarle la muerte, le tiraban baldazos de agua.” Sin embargo, Herminia tardó en morir. Cuando la mujer que servía la miserable comida del campo de La Perla se acercó a la sala de tortura, donde la habían abandonado creyéndola muerta, “mi mamá abrió los ojos y le dijo gracias, porque esta mujer la acarició”, sollozó Silvia. Ante una audiencia estremecida, la chica les gritó a los represores que la miraban impávidos: “Ustedes me obligaron a andar sin piel por la vida. Porque cuando uno es un bebé, como era yo, lo único que tiene de la mamá es la voz y la piel. La mamá es la piel de un bebé. Su protección. Yo todavía me acuerdo de su olorcito acá –dijo tocándose el costado derecho de su propio cuello–, y de su voz. Pero la piel es todo: ustedes me obligaron a andar con el cuerpo ardiendo, doliendo toda mi vida. A susurrar en la escuela ‘soy hija de desaparecidos’, sin saber muy bien qué significaba eso. No se los voy a perdonar nunca. A mi bisabuelo y a dos tíos los mataron en Auschwitz. A mis padres en La Perla. Mi vida ha sido un sandwich entre los dolores, las muertes, las ausencias y los desa-parecidos del fascismo”.

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