EL PAíS

Dimes y diretes

 Por Horacio Verbitsky

Por lo menos tres cuestiones diferentes se superponen en el caso Bendini. Conviene tratarlas por separado para no equivocar las conclusiones.
1) ¿Formuló o no las apreciaciones del más imbécil antisemitismo que se le atribuyen?
Sí, las formuló y fueron aún peores de lo que se difundió. Todo el mundo lo sabe en el Ejército y alguna gente en el Gobierno. El general Roberto Bendini no sólo mencionó como interesados en ocupar la Patagonia a presuntos turistas israelíes, sino también a las Escuelas ORT. Además, cuando supo que la DAIA confiaba en el general Néstor Pérez Vovard para integrar la Comisión Investigadora, comentó con desdén: “Ese es del Mosad”. El mismo día de su polución verbal en la Escuela Superior de Guerra, Bendini dialogó allí con un funcionario de la embajada de Israel, que acompañó a un general de ese país invitado a exponer en la Escuela. Tema del diálogo: los jóvenes mochileros israelíes que eligen la Patagonia para pasar las festividades religiosas judías en un ambiente no contaminado. En esa conversación, Bendini no hizo ninguna valoración crítica, pero ante el curso de capitanes sí.
Como si fuera poco, también habló de hipótesis de conflicto con Chile. Los días de Bendini al frente el Ejército están contados. No pasan del 10 de diciembre. El Gobierno cuenta con una amplia tolerancia social para los errores, pero no para el doble discurso y Kirchner es consciente de esa diferencia. El relevo de un segundo Jefe de Estado Mayor en pocos meses implica un costo, pero tampoco hay que magnificarlo, siempre que exista conducción política.
2) ¿Su difusión en el diario del que Daniel Hadad figura como principal accionista fue una respuesta al descabezamiento de la cúpula que, entre otros, integraban los generales Daniel Reimundes y Ricardo Brinzoni, a la nulidad de las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida y a la inminente destitución de los generales de la dictadura Díaz Bessone, Bignone y Harguindeguy?
Por supuesto. Si alguien pensó que tales decisiones pasarían sin réplica es porque no entiende la lógica más elemental de las relaciones humanas, de la política y del mundo interior de las corporaciones. Basta observar la indignación del matutino La Nación ante las posiciones antisemitas en el Ejército y compararla con su reacción en 2001 y 2002, cuando Brinzoni hizo representar a 600 oficiales del Ejército por un dirigente del partido neonazi Nuevo Triunfo y cuando Héctor Timerman fue objeto de un exabrupto equivalente por parte de Brinzoni. La Nación ofreció generoso espacio y benévola interpretación al presunto dolor de Brinzoni por el paso en falso que le habría hecho dar el subordinado que contrató al picapleitos nazi e ignoró durante dos semanas el episodio con Timerman. Recién lo mencionó cuando Brinzoni no tuvo más remedio que dar explicaciones en una carta, única fuente que el diario consideró digna de su atención.
El subdirector del matutino, José Claudio Escribano, fue el autor de un editorial antisemita publicado en 1981, en respaldo de la dictadura militar y en contra del padre de Héctor, Jacobo Timerman. Ahora firma otros artículos de prosa sofocante, en los que usa a Bendini como pretexto para condenar toda la política militar del Gobierno y defender a la cúpula anterior. Bendini afirma que lo atacan porque es el primer Jefe de Estado Mayor nacionalista en tres décadas, que rompe con el liberalismo lanussista. Hasta ese descargo pone de relieve su torpeza: nada es más inconveniente para el Ejército que reinstalar el vetusto debate entre esas dos vertientes del autoritarismo castrense.
3) ¿Alguna doctrina militar dio marco a las declaraciones inadmisibles de Bendini?
Sí. Dice que la Patagonia es objeto de apetito por sus reservas de recursos energéticos, alimentarias y agua potable y que ésto se enmascara con la teoría de los espacios vacíos, en los que ningún Estado ejerce control. Por eso, el Ejército debe abandonar la doctrina de las pequeñas fuerzas de despliegue rápido y desentenderse de las misiones internacionales de paz. En su lugar debe volver a ocupar el territorio para proteger a la población y sus recursos y formular hipótesis de conflicto en respuesta a esos desafíos. Por eso la Patagonia será un destino de privilegio y no de castigo para los oficiales del Ejército.
Con alguna generosidad se ha dicho que esta concepción atrasa sesenta años y se origina en la célebre conferencia de Juan Perón en 1944 sobre la Nación en armas. En realidad es tan rancia como la que hace un siglo impulsó el general Pablo Riccheri y que fue el fundamento del control social como misión primaria del Ejército. “Control territorial”, lo llama ahora Bendini. Sin duda la doctrina de los espacios ingobernables y de los Estados fracasados constituye un serio riesgo para la Argentina y toda América latina. Con el argumento de impedir el asentamiento del terrorismo internacional, el crimen organizado y el narcotráfico en esos lugares, el Comando Sur de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos justifica hoy sus despliegues en la región. Para colmo, uno de los dos sitios a los que Washington intenta aplicarla nos concierne. No es la Patagonia sino la Triple Frontera. El otro es Colombia. Los ojos en la Patagonia no los puso ningún judío, sino los acreedores japoneses que plantearon cobrarse con las tierras australes el capital e intereses de sus bonos en default, del mismo modo que Henry Kissinger concibió hace tres lustros el canje de títulos de la deuda pública impaga por acciones de las empresas estatales.
Frente a ese problema real, la hipotética respuesta castrense es tan ineficiente como lo sería ante el agujero de ozono, por usar una metáfora feliz de un ex militar. Mientras Bendini recae en una descabellada hipótesis de conflicto con Chile a favor de la ausencia de conducción política, Brasil practica una diplomacia sutil e inteligente. Por un lado, rechaza en cada instancia política o técnica posible la insustanciada afirmación estadounidense de que en la Triple Frontera existan células terroristas, dormidas o despiertas. Por otro, promueve una negociación entre el gobierno de Colombia y la principal fuerza guerrillera, las FARC que, con el paraguas de las Naciones Unidas, desescale aquel conflicto atroz y prive de pretextos la militarización de la región que propicia Estados Unidos.

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