PIRULO DE TAPA

SER

 Por Ernesto Tiffenberg

“Me parece que voy a ser yo”, decía. Y lo decía en el tono reflexivo que siempre usaba a la hora de discutir con los amigos, poniendo en juego los argumentos que, si pasaban la prueba, usaría ante los micrófonos al día siguiente. “Me parece que voy a ser yo”, repetía ese diciembre de 2003, cuando Carlos Reutemann había dejado escapar su oportunidad y José Manuel De la Sota no podía convertir en promesas de votos la suya. A Kirchner le parecía que iba a ser presidente pocos meses después y no en 2007, como había entrevisto en sus mejores sueños. No se equivocaba, pero tampoco tenía entonces clara conciencia de que terminaría siendo bastante más que eso. “Una bisagra de la historia”, se escuchó un poco ampulosamente ayer, y no sonó exagerado.

“Al próximo presidente nadie le va a creer nada por años”, decía ese mismo día. “Cuando anuncie algo lo va a tener que cumplir. Y cuando anuncie otra cosa a las 24 horas, igual nadie le va a creer y también lo va a tener que cumplir. Va a ser como ir a elecciones todas las semanas”, musitaba sin darse cuenta de que estaba anticipando su gobierno. (Si hubiese podido ver el desconcierto y el dolor que ayer invadió a buena parte de los argentinos y se plasmó en esa masiva recorrida por Plaza de Mayo, hubiera comprobado que, pasados siete años, por lo menos unos cuantos ya le creían.)

Esa era su lectura de la crisis de 2001 y con ella construyó su presidencia. Pero no sólo consiguió completar su mandato, cuando en el momento de asumir, con el sonido fresco de las cacerolas, casi todos apostaban a un “presidente por un año” con malas o buenas intenciones, sino entregar la banda a su compañera de vida y militancia y sentar las bases de un proyecto político que promete desarrollarse más allá de 2011, cualquiera sea el resultado de las elecciones.

“No llegué aquí para dejar mis convicciones en la puerta de la Casa de Gobierno”, dijo con una semisonrisa para desarmar solemnidades, el día que, a poco de asumir, la Corte menemista lo amenazó con volar los diques económicos. Esa misma tarde inició, con un llamado directo al apoyo público, el proceso de cambio de la Corte. Y enseguida el camino de verdad y justicia frente a la impunidad construida en democracia para los crímenes de la dictadura.

Con eso hubiera bastado: Un presidente republicano capaz de restaurar el valor de la igualdad ante la ley frente a un cuerpo social con las heridas expuestas. Pero las convicciones iban más allá y encontraron su máxima capacidad de ruptura durante la presidencia de Cristina Fernández, curiosamente tras los golpes que les propinaron la revuelta de los empresarios del campo y el desencanto electoral.

El gran anuncio fue la estatización del sistema previsional, una verdadera grieta en el esquema económico de los ’90 que abrió el camino a lo que vino después: la Asignación Universal por Hijo. Ya habían pasado la recuperación del rol sindical y del contexto latinoamericano, la toma de distancia de los dictados del FMI y la heterodoxia en el Banco Central. Pero esas dos medidas son las que mejor muestran la profundidad de los cambios que la Argentina puede llegar a vivir.

“Me parece que voy a ser yo”, había dicho. Y fue él, pero no solo lo que creía. Fue Kirchner nomás el que con Cristina Fernández, más allá de los grises claros y oscuros que conlleva todo liderazgo, puso en discusión todo lo indiscutible y entreabrió la puerta de otro país y otro tiempo. Ahora, será tarea de todos empujarla.

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