libros

Domingo, 17 de noviembre de 2002

Polémicas

Por Laura y Fernando Pérez Morales *
Quienes desde hace casi veinte años estamos al frente de la Boutique del Libro de San Isidro, en San Isidro –perdón, pero nos tocó en suerte vivir en San Isidro–, no sabemos si responder con esta misiva a la nota firmada por Alejandra Gibelli y publicada el domingo 20 de octubre pasado, o bien hacer un detallado mea culpa por el simple hecho de existir.
Pero lo cierto es que después de siete años de llevar adelante, con una frecuencia casi semanal, debates con escritores –en los que varias firmas de su suplemento se dieron cita en gratos encuentros con sus lectores–, no dejó de sorprendernos la tan grata como inesperada visita de la notera. Muchas veces hemos solicitado ayuda de Radarlibros para dar a conocer nuestras actividades y justo ahora, cuando ya dábamos todo por perdido, deciden visitarnos –y la pasan mal–. Sinceramente, lo lamentamos mucho. Pero, es verdad: en nuestros encuentros no se revela el revés de la trama del trabajo de un escritor y mucho menos se dan respuestas trascendentales a preguntas ontológicas, simplemente porque nunca fue lo que se buscó. Nuestra idea de los debates es otra muy distinta a la que cargaba Alejandra Gibelli en sus expectativas.
¿Cuál es el límite que divide al diálogo de un lector con un escritor al que admira, de una entrevista entre un periodista y un escritor? ¿Un saber? ¿Un pertenecer? De todos modos, saberes y pertenencias construyen modos de circulación que en lo cotidiano se traducen en términos del viejo y querido “vos acá no entrás porque no pertenecés, porque no entendés de qué estamos hablando”. Y si en algunos circuitos es mal visto y recibido quien huele bien, quien tiene las uñas prolijas o un bronceado prematuro para la época del año, es porque en otros no es bienvenido quien huele mal, quien tiene las uñas manchadas, o quien termina pálido, cansado y desaliñado después de un día de trabajo –si es que lo tiene–. Entonces, algunas preguntas: ¿a quién pertenece la literatura? ¿Quién lee mejor? No perdamos el tiempo: ese es un debate caduco y pasado de moda. Hoy el enemigo está en otra parte y no entre quienes con su Limonero real “nuevo”, sin leer y sobre el regazo, esperan la firma del escritor al que admiran para cruzar con él alguna que otra palabra. Tampoco está entre quienes viven sobre la costa del río, a pocas cuadras de la librería, y se tienen que evacuar en cada sudestada, o entre los vecinos de La Cava –una de las villas de emergencia más grandes del país–.
Por eso nuestros encuentros, coordinados por el psicoanalista Martín Fontenla –y una vez más, perdón, pero no encontramos nada mejor que un “psicoanalista”–, y siempre organizados por la librería, nunca por las editoriales, como mal informa la nota por ustedes publicada, son de entrada libre y gratuita: para garantizar que cualquiera, más allá de su olor, de si duerme o no, pueda, simplemente, participar.
Es la tercera vez que contamos con Juan José Saer en nuestros debates, y creemos que no lo hace bajo amenaza de muerte. Pocos días antes de su última visita, el escritor santafesino se presentó en el Malba, museo que lo invitó de manera oficial para dar unas “charlas” por las que cobraba un derecho de admisión “dolarizado” que seguro dejó afuera a más de un hediondo. Eso nunca sucedió en La Boutique del Libro.
Claro, el micrófono. Sí, es cierto, y, una vez más, mil disculpas: es una porquería. Tal vez algún día, cuando este viaje interminable en tren fantasma que es vivir en la Argentina termine, cuando los libreros hagan algo más que sostener un negocio que siempre amenaza con caerse, nos sobren unos pesos para comprar un micrófono más decente, y así poder dejar de usar esta basura que les acopló también a Bioy Casares, José Saramago, Bryce Echenique, Manuel Vázquez Montalbán y Olga Orozco, por nombrar sólocinco de los doscientos escritores que lo usaron –pero curiosamente nunca se quejaron–.
Y para terminar, a la pregunta tan vital esbozada por la notera, “¿para qué sirven estos encuentros con escritores?”, nos atrevemos en principio a responderle con algunas otras preguntas que esperamos no sean menos graves: ¿Para qué sirven los suplementos literarios? ¿Para qué sirve la crítica literaria? ¿Para qué sirven los libros? ¿¡Para qué sirve la literatura!? ¡Qué espanto! ¡Cuánto abismo!
Pero podemos arriesgar otra respuesta: los encuentros con escritores sirven, sencillamente, para que se encuentren un escritor y un lector, para que dos personas que tienen un libro en común se vean la cara, por lo menos una vez en la vida. ¿Es poco? ¿Es ingenuo? ¿No es inteligente? Por favor, no pierdan de vista que somos de San Isidro, y hacemos lo que podemos. Pero que no quepa la menor duda: lo hacemos.

* De la Boutique del Libro de San Isidro.

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