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Domingo, 23 de febrero de 2003

La vida, parque temático

Los equipos científicos del mundo coinciden en que el diluvio universal que arrasará con las especies animales ya está ocurriendo bajo la forma de deforestación, lluvia ácida, cambios climáticos y matanzas. Eso ha modificado sustancialmente el objetivo de los zoológicos: a la conocida exposición de animales detrás de vidrios y barrotes, se suman tareas primordiales como la fertilización asistida, la estimulación, la rehabilitación, el seguimiento satelital y, sobre todo, la conservación de material genético. Radar recorrió los zoo de Buenos Aires, La Plata y Luján, y el flamante parque temático Temaikèn para relevar cómo trabajan en los lugares donde se espera que pase el diluvio y el mundo vuelva a ser un lugar habitable.

 Por Daniel Link

La pregunta “¿Por qué miramos a los animales?” es inmemorial y ha recibido muchas respuestas. Miramos a los animales (y hasta llegamos a amarlos) porque nos traen noticias de otra parte. El animal guarda el secreto (lo calla) de la naturaleza del hombre y por eso lo interrogamos sin obtener nunca confirmación sobre nuestra propia naturaleza. Lo que el animal le devuelve al hombre es su propio vacío (o, lo que es lo mismo, el vacío de sentido de su origen, del cual el animal, por principio, debía resultar una mediación).
De modo que el obstinado silencio de los animales es lo que siempre ha garantizado, por un lado, la diferencia, la distancia del animal, su exterioridad respecto del hombre y, por el otro, su lento camino hacia la Nada. Algunos de éstos son los argumentos que John Berger escribió en un artículo de 1977 (incluido luego en Mirar y algunos de cuyos fragmentos se reproducen por separado).
Pero en los últimos treinta años nuestra relación con lo viviente ha dado un vuelco, de modo que conviene volver a los parques zoológicos, esas arcas de lo que está a punto de desaparecer, a ver qué nos dicen sobre nuestra cultura.
Qué extraños resultan los paseos a través de los parques zoológicos actuales, poblados de especies que (como los monstruos) no pueden ser considerados ni materia prima (la vaca, la vicuña), ni herramientas (el caballo, el halcón, el perro) y cuya única razón de existencia en esos espacios de lo heterogéneo es construir la colección (imposible) de lo Otro.

¿POR QUÉ SE EXTINGUEN
LOS ANIMALES?
Los animales entraron por primera vez en la imaginación de los hombres como mensajeros y promesas: había algo más allá de la “humanidad” del hombre y los animales venían a mediar entre nosotros y ese más allá desconocido. Fue lógico que al principio el hombre divinizara las diferentes especies animales y que, más tarde, les otorgara un rasgo (pero sólo uno) de humanidad: la astucia, al zorro; la fidelidad, al gato; la laboriosidad, a la abeja; la sumisión, a la hormiga. Pero, perdido ese carácter mitológico (sagrado), los animales comenzaron a desaparecer de la faz de la Tierra, incapaces de seguir reproduciéndose (o desinteresados por hacerlo).
Si los animales hoy se extinguen al ritmo alucinante de una especie cada tres minutos es porque tienen una relación tan inmediata con su entorno que no pueden ya reproducirse por sí mismos y, en algunos casos, ni siquiera son capaces de llevar adelante sus vidas, dominadas por comportamientos monotemáticos: el oso panda y el koala tienen una dieta exclusiva (brotes de bambú, hojas de eucalipto), la jirafa no puede dormir porque si se cae se muere, los ciervos responden al miedo estrellándose contra piedras, cercos y barrotes o lanzándose al vacío. Incluso el instinto reproductor de los animales (que comparado con el de la especie humana siempre fue muy módico) hoy prácticamente ha desaparecido y los animales deben ser asistidos por el hombre.
En los zoológicos, mientras los biólogos se dedican a la fertilización asistida, los cuidadores y los miembros del equipo de Recreación y Enriquecimiento Ambiental tratan de estimular sensorialmente a las bestias para sacarlas de su embotamiento. Juan Manuel Stagnaro integra uno de esos equipos preocupados por “promover el bienestar animal en entornos controlados” en el Zoo de Buenos Aires. Él les pasa películas (de chimpancés) a los chimpancés, y cuenta con orgullo cómo estimularon, también mediante películas (de orangutanes), a una orangutana que, habiendo parido, no sabía qué hacer con su cría.
Desaparecida la naturaleza de la faz de la Tierra, los animales, apáticos y desinteresados de todo, dependen de los hombres hasta para no aburrirse. Situación paradójica como pocas, si se piensa que en ellos se inspiró Darwin para pronunciar su célebre sentencia sobre la adaptación de las especies. Si miramos a los animales es, también, por su inadecuación (o su incomodidad) en relación con la cultura del presente.

EL TRIáNGULO DE LA VIDA
Las diferentes opciones de parques zoológicos de que dispone el habitante de la vasta megalópolis que es Buenos Aires tienen una distribución espacial armónica: al sur, el Zoológico de La Plata (también hay uno en Florencio Varela); al oeste, el Zoo Luján (también hay uno en Hurlingham); y al norte, en Escobar, Temaikèn.
En el centro de ese triángulo, el Zoo de Buenos Aires, fundado en 1888 y desde 1998 administrado por la Corporación Interamericana de Entretenimientos Rock and Pop (los bienes y los animales, sin embargo, son de la Ciudad de Buenos Aires, que sólo concesiona la explotación). Si cada zoológico se postula como un mapa viviente del mundo, la red que ellos mismos trazan en la hoja de rutas bonaerense es en algún sentido una red cultural, un informe del tiempo y del espacio.
El Zoo de Buenos Aires es probablemente uno de los paseos más populares de la Ciudad. Si hay que creerle a Clemente Onelli, su segundo director, ya en 1906 sus visitantes equivalían a la totalidad de los habitantes de la Ciudad, y así sigue siendo (ver tabla). Declarado su patrimonio edilicio de interés histórico, los actuales administradores del Zoo hacen lo posible por adecuar las características del parque a las recomendaciones de los organismos internacionales y, al mismo tiempo, para conservar los falsos edificios étnicos que contiene (todavía está en el aire el escándalo de la desaparición de la Biblioteca Pública que funcionaba en el lugar, hoy desguazada y perdida para siempre).
Diseñado en sus comienzos, como todo Palermo, como un parque parisino, hoy el Zoológico es un atiborrado paseo en el que predomina una mezcolanza de estilos, tanto en lo arquitectónico como en lo estrictamente vegetal: las especies arborícolas, más allá de las necesidades de ambientación, no responden a ninguna dirección determinada y parecen más la obra del capricho que del diseño: al kitsch clásico se suma ahora la cursilería post-pop. Uno de los problemas más difíciles de tratar en el Zoo porteño es la limpieza de sus aguas, dado que todas las lagunas y cursos se conectan entre sí, sobre un suelo más bien pantanoso, a pocos metros del arroyo Maldonado. Aun cuando los biólogos insistan en que la claridad prístina de las aguas no es un requisito importante ni para el bienestar de los habitantes del zoo ni para su calificación como centro de investigación y pedagogía, las aguas turbias escandalizan siempre a los visitantes, porque parecería que algo se sustrae a sus ávidas miradas.
De todos modos, la actual gestión ha hecho lo posible por adecuar el parque a las exigencias del público moderno, sobre todo en lo que se refiere a la transformación de los recintos de los animales (hoy hay mucho más vidrio donde antes había barrotes). Los osos polares, por muchas razones los animales estrella de todos los zoológicos del mundo (no debe ser la menor de ellas que se trate del único animal que verdaderamente gusta de la carne humana), reciben una dieta baja en calorías, lo que disminuye su capa de grasa y les permite resistir nuestras canículas, y tienen una pileta de agua transparente y helada a la que próximamente se le agregará un pasillo de visión subacuática, lo que (independientemente de lo que los osos crean) causará sensación entre los visitantes.

FLORIDA AL
ALCANCE DE TODOS
Al sur, el Zoológico de la Plata recién comienza a ser modernizado, con lo cual conserva el aire levemente aristocrático y decadente que supo tener el de Buenos Aires hasta la privatización de su gestión. De hecho, uno podría decir que pasar del Zoológico de La Plata al de Buenos Aires es como atravesar un yacimiento temporal para ingresar en otro y, siguiendo por el mismo eje, Temaikèn, al norte, es ya un zoológico del futuro.
“Temaikèn no es un zoológico, es un parque temático”, aclara Vanesa Astore, bióloga del de Buenos Aires. ¿La diferencia? “Un zoológico presupone colección, mientras que un parque temático puede especializarse. En lo demás, trabajamos para el mismo lado.”
De hecho, Temaikèn “fue concebido como un parque con animales silvestres”, muy al estilo del famoso parque de Tampa, Bush Gardens, pero sin montañas rusas y juegos acuáticos. Si alguien tiene de pronto la impresión de estar en Florida (Estados Unidos), que no se censure: esa impresión es inevitable, es justa, es necesaria (hacia allí parece ir la cultura argentina de los últimos tiempos).
La parquización de Temaikèn es impecable (“hay un equilibrio tan perfecto en todo”, dijo una señora de cincuenta años, con acento vagamente parecido al de China Zorrilla): abundan las especies silvestres, están muy bien distribuidas, y contribuyen a crear escenografías diversas para las diferentes especies que el Parque alberga. Aun cuando el kitsch sea, en este tipo de paseos, inevitable, lo mismo puede decirse de los recintos y de la selección de especies. Particularmente espectacular para los niños es el recinto de los hipopótamos, con una pileta de vidrio transparente que los muestra como elegantísimas ballerinas gordas. Pero mucho más incitan a la meditación los recintos de los murciélagos gigantes y de los excavadores patagónicos. Las madrigueras bajo tierra de la comadreja, la vizcacha, la mulita y el tuco tuco sólo podrían compararse en la fascinación que provocan con la pecera de aguavivas del Zoológico de Berlín.
La Fundación Temaikèn, como se sabe, está emparentada de algún modo con el grupo Pérez Companc. Además de la gestión del parque, participa de proyectos de conservación y proyectos educativos. En lo que al parque se refiere, “nos regimos por los estándares de la World Zoo Organization (estrategia mundial para los Parques Zoológicos del 2005). En el 2002, junto a los Parques Zoológicos y establecimientos afines de Buenos Aires, conformamos la Asociación que nos agrupa (AZBA). Dentro de sus objetivos se encuentra la cooperación entre los Parques”, informa Aldo Massó, uno de los responsables de la comunicación institucional de Temaikèn. Pero, como no podía ser de otra manera, la Fundación participa además en el proyecto de conservación del cóndor andino (ver aparte) mediante la recuperación y rehabilitación de animales y la administración de la base de datos satelital. También contribuye a financiar la plataforma de liberación en sus ambientes naturales.
Además de la inclusión de algunas vedettes (el casal de hipopótamos y la cría nacida en el parque mismo, los tigres blancos y amarillos, etc.), Temaikèn reconstruye, como lo aconsejan las directivas internacionales, ecosistemas autóctonos. Uno de sus muchos méritos es la cuidada presentación de la Patagonia. “La Patagonia argentina es un ecosistema muy rico que nos permite desarrollar programas educativos (incluyendo las adaptaciones de mamíferos acuáticos) y reproductivos sobre especies en peligro o vulnerables, tal es el caso de choiques, cóndores y pudúes. Tenemos pensado a mediano plazo la incorporación de un ecosistema que represente nuestra Mesopotamia, con la incorporación de nuevas especies, seleccionadas de acuerdo con el plan de colección, que tomará en cuenta variados items para dicha elección: Status, en programa Nacional de recuperación, de utilidad especial para la Educación, con posibilidades reales de reproducción, con potencial de investigación, etcétera.”
Es que hay mucho nacionalismo, aun tratándose de lo viviente en general, como en este caso. Imposibilitados como se encuentran hoy los zoológicos de realizar capturas en sus ambientes naturales y prácticamente prohibido por convenios internacionales el tráfico internacional de especies autóctonas amenazadas, cada país deberá hacerse cargo de salvar su propia fauna.

áFRICA MíA
Si en los zoológicos lo que se privilegia es la mirada, Temaikèn lleva la posibilidad de mirar –y la idea de distancia asociada con ella– a un más allá directamente massmediático. El magnífico acuario, ,en el que se presentan tres sistemas acuáticos distintos (55 especies, 3300 ejemplares), ofrece vistas frontales, pero también cenitales. Al entrar y salir del enorme recinto, el visitante tiene la posibilidad de pasar por debajo de las rayas y los tiburones que nadan en las prístinas aguas (“¡Qué pedazo de dorado!”, exclamó un niño obviamente no educado en los estándares del conservacionismo sino en los de la pesca).
Pero pareciera que ya ni la posibilidad de verlos garantiza la existencia de los animales (para eso, los documentales del cable), y por eso los visitantes de los zoológicos buscan la experiencia directa de la animalidad.
El tercer vértice del triángulo zoológico lo ocupa el Zoo Luján (un “parque recreativo y cultural” que depende de la Fundación Ecológica Zoo Luján), que no parece ni un zoológico ni un parque temático sino más bien una feria de campo (dibujada por Molina Campos) con exhibición de tractores, autos viejos, máquinas en desuso y, por supuesto, fieras. “Es un zoológico abierto, ya que la mayoría de los animales –y por el necesario respeto y seguridad entre ellos y las personas– viven en corrales con dimensiones de potrero, en grandes jaulas, o bien pasean en absoluta libertad dentro del perímetro de la institución. Casi todos los animales son accesibles a la gente, y acercarse a ellos es posible.” Quienes visitan el Zoo Luján lo hacen para poder acariciar leones, tigres y monos, y poder montarse a los dos elefantes que, como autómatas, dan una vuelta de calesita en los fondos del predio.
Jorge Semino, director del Zoo, explica los criterios de una connivencia semejante: “Los animales, incluso los cachorros de león africano, son absolutamente mansos y están controlados sanitariamente para evitar la transmisión de cualquier enfermedad. Pero necesitan ser respetados. Ellos tienen sus tiempos de alimentación y descanso. Por eso nos limitamos a realizar alguna demostración de mansedumbre, con la participación de un guía y algún chico del público”. Lo cierto es que los visitantes son invitados a acercarse a las crías y también a los animales adultos.
“No le toques la cabeza”, recomienda un cuidador. “¿Por qué?”, pregunta la madre del niño que se apresta a posar para su foto-con-felino. “Porque no les gusta”, contesta el empleado.
En las jaulas de monos y leones hay, además de personas, perros. Unos cuzcos más bien insignificantes, pero con una función fundamental: transmitir docilidad a las fieras, tal como explica el director del Zoo: “Los pequeños compartirán su recinto con otros amiguitos, unos cachorros perritos que ayudarán a formarles un carácter mas tranquilo”.
Los esfuerzos que en el Zoo de Buenos Aires, en el de La Plata o en Temaikèn realiza personal especializado para “estimular el normal comportamiento de la especie”, en el Zoo Luján se traduce en “formación de carácter”, y el artífice de semejante transformación es el mejor amigo del hombre (una razón más, si hiciera falta, para odiar los perros).

¿HAY CLASES ENTRE
LOS ANIMALES?
Si se tuviera en cuenta el valor de la entrada (ver tabla), habría que oponer Temaikèn y el Zoológico de La Plata en dos extremos alejadísimos (como en el mapa). En cantidad de especies, Buenos Aires es el Zoo más opulento y comparte con La Plata el tratamiento “científico” de lo viviente.
Pero si se tuviera en cuenta sólo la infraestructura, Temaikèn, con sus ventiladores que lanzan al público agua pulverizada para contrarrestar los calores, sus glorietas, sus miradores y su estación de cría con incubadoras, podría oponerse a Zoo Luján, donde el olor a fiera golpea como un yunque macizo y la concentración de moscas es superior a la usual, donde los jabalíes retozan en el barro mientras en la pileta de los lobos marinos hacen sus gracias... niños de todas las edades.
Pero, además de oponerse por los estímulos sensoriales que suministran (la mirada, en oposición al olor y el tacto), Temaikèn y el Zoo Luján responden a diferentes filosofías de vida: aparentemente los visitantes del Zoo Luján gustan de acampar entre las fieras y el Parque ofrece la posibilidad de hacerlo. El melancólico coro de rugidos de los felinos al anochecer seguramente dispara la fantasía de los acampantes y es otro mundo en el que de pronto se imaginan: un mundo en el que la Naturaleza todavía no tiene la forma de un Parque Jurásico y las fieras amenazan al hombre. Un mundo en el que la televisión no habla del agotamiento de los combustibles fósiles como causa de guerras inminentes.

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