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Domingo, 27 de noviembre de 2005

CULTURA / ESPECTáCULOS › GREGORIO KLIMOVSKY, MATEMÁTICO Y HONORIS CAUSA

"La ciencia debe servir para que nos beneficiemos todos"

Fue uno de los responsables de introducir en el país la Teoría Axiomática de Conjuntos y un pionero en la Epistemología. Recibió dos premios Konex de Platino y uno de Brillantes. Pasó por el Congreso de Filosofía de Rosario.

 Por Fernanda González Cortiñas

Aunque la cronista llega dos minutos antes de lo pactado, él ya está esperando en el lobby del hotel. Desde el fondo de uno de esos sillones incómodamente modernos, estira con delicadeza la mano para saludar. Es una mano suave de dedos largos y puntudos como lápices, apenas salpicada por esas manchas que anuncian que quien se tiene enfrente ha vivido mucho más que uno, y que volverá a descansar apoyada en un sobre de cuero gastado en el que, probablemente, viajen los lentes. Lleva zapatos negros acordonados, prolija pero no obsesivamente lustrados, y un traje azul con un regazo brillante que revela haber sido una elegante y fiel compañía a lo largo de muchas décadas. El cabello, bastante y no del todo blanco, peinado a la gomina, acaba de delinear el perfil de un maestro de los que venían antes. Nacido en 1922 en Buenos Aires, Gregorio Klimovsky es un adelantado en varios sentidos. Fue uno de los responsables de introducir en el país la Teoría Axiomática de Conjuntos y un pionero en la profundización de los estudios de una ciencia prácticamente desconocida por estas pampas, como lo es la Epistemología. Estudió Matemáticas en la UBA --donde más tarde fue Decano y luego Profesor Emérito-- pero rápidamente incursionó en otras disciplinas como la Etica y la Metodología de la Investigación. Precursor en el dictado de materias como Lógica y Filosofía de la Ciencia, ha sido profesor en instituciones como la Universidad Autónoma de México, la Universidad de la República (Uruguay) y en el Centro de Altos Estudios en Ciencias Exactas. Ha recibido dos premios Konex de Platino y uno de Brillantes. Fue miembro de la Conadep en 1984 y su labor académica ha sido reconocida con el Doctorado Honoris Causa en varias universidades, entre ellas, este fin de semana, en la de Rosario, adonde llegó para participar del XII Congreso Nacional de Filosofía. --¿Cómo es su relación con Rosario? --Fui profesor en Rosario entre 1956 y 57. Me llamaron para dictar Lógica en la Facultad de Humanidades y Artes, antes de la Revolución Libertadora. Después, concursé esa cátedra y la gané, a pesar de la resistencia de los estudiantes, que no querían saber nada conmigo porque no era Filósofo. Durante esos años también, Bepo Levi, que marchaba a Italia, me ofreció hacerse cargo de su cátedra, Fundamentos de la Matemática, en el Normal 1. Pero pronto tuve que renunciar porque me dieron la titularidad de la cátedra de Lógica, Teoría de Conjuntos y Algebra Moderna, en los tiempos en que la dedicación exclusiva era exactamente eso. Dejé Rosario con mucha pena, porque había hecho muchísimos amigos aquí y se trabajaba en un ambiente muy agradable. Aquí estaba León Rozitchner, Butelman, el dueño de editorial Paidós, venía Ramón Alcalde. Pero finalmente tuve que dejar de venir porque no podía hacerme cargo de todo, aunque ya entonces hacía muchísimas cosas. --Usted ha sido un gran "aperturista" de las ciencias exactas, ha predicado acerca de la necesidad de ampliar sus horizontes hacia lo cultural, por ejemplo, ¿cuál diría que hoy es el punto de contacto entre las ciencias blandas y las duras? --Cuando uno estudia física se plantea ¿por qué tengo que creer esto que me están diciendo los físicos? Eso lo empuja a uno al terreno de estudios que, como la epistemología, tratan los criterios que sirven para diferenciar lo bueno de lo malo en materia de conocimientos. Algo similar ocurre con la matemática. Así me fui enterando de que en realidad la esencia de la matemática tenía que ver por un lado con la lógica, y por otro con la sintaxis de los lenguajes formales. Eso me demostró que había una conexión cierta entre la lógica y la matemática, una disciplina de carácter científico y otra filosófica. --A propósito del título de su charla en Rosario. En la década del 90 el menemismo puso en jaque al Conicet, y la sociedad tuvo una tibia, por no decir nula reacción en su defensa. Entonces, en la Argentina actual, ¿por qué la ciencia? --Sí, lamentablemente es así. Pero hay muchos responsables de esa situación. Uno puede escuchar a cantidad de políticos hablando de la necesidad de la ciencia para el desarrollo de una nación, pero después, cuando en el Congreso hay que discutir cuestiones de presupuesto o incluso legislativas, todos miran para otro lado. Pero también hay responsabilidad del lado de los investigadores. En la Argentina hay muy poca divulgación científica. Si la gente no sabe para qué sirve la ciencia, no tiene por qué creer que es importante para el crecimiento del país. Ahora hay algunos diarios que recién empiezan a tener algunos espacios destinados a estos temas, generalmente copados por cuestiones más de medicina o ecología, que de física o astronomía, pero bueno, es un comienzo. Hay un sociólogo canadiense que se llama Alan Mazud, que dice que no está bien para una democracia que los científicos formen un coto cerrado del cual no salgan los conocimientos. El dice que los científicos no pueden ser como un Consejo de Sabios que buscan soluciones a los problemas de una sociedad con la que no dialogan. --En medio del auge de las carreras pragmáticas, que tienden cada vez más a la especialización, ¿qué lugar le adjudica usted al pensamiento abstracto en la formación profesional actual? --Siempre he creído que la universidad tiene que brindar un tipo de conocimiento que sea básico y panorámico que facilite la organización del pensamiento lo que permitirá integrar los distintos aspectos de la realidad. Si la Universidad pierde de vista este objetivo fundamental, si aporta sólo un conocimiento superficial y pragmático, pierde su esencia. Sí, creo que está bien que, además, la Universidad brinde cursos de tipo expertiser, pero no únicamente, porque eso no sólo puede hacer que se pierda de vista la perspectiva de lo que es el conocimiento sino porque como vivimos una época en la que los cambios tecnológicos se suceden a gran velocidad, se corre el riesgo de que el conocimiento quede obsoleto en poco tiempo. Eso pasaba hace unos quince años en la carreras de computación: se enseñaban tres años de un lenguaje que se llamaba Cobol. Hoy nadie sabe qué es eso. Desgraciadamente, el achicar las carreras y especializarlas es una tendencia mundial. Ya hay algunos lugares donde se ven títulos de ingeniería de cuatro años. Y eso va a contramano de lo que pasa en el mundo. --Antes fue la fotocopia, hoy la internet, ¿que opina de los profesionales formados sin libros? --Creo que todo tiene que ver con la disciplina que se estudie. Quien estudia, por ejemplo, cine, probablemente no necesite de los libros. O el caso de los investigadores, para quienes es mucho más importante la actualización, los papers, que los libros. Así que pienso que la importancia del libro es relativa. Sí creo que la internet ha abierto una puerta que hay que traspasar con cuidado. Sólo en Medicina se publican unos 250 mil artículos al año; imagínese cómo sacar de ese maremagnum de información lo que realmente interesa. En ese punto creo que la internet provee de una herramienta indispensable como es el chat y el correo electrónico, que por muy poca plata permite comunicarse directamente con el científico. Hay algunos muy educados que contestan rápidamente y se ofrecen a enviar el material que uno necesite. De todos modos, la internet también ha planteado un problema alrededor del exceso de información y de las formas de validación de lo que allí se publica. Ultimamente los diarios se han volcado a publicar investigaciones con resultados espectaculares, pero de dudosa procedencia. Muchas veces detrás de estos anuncios hay interese farmacéuticos o industriales. Este será un tema a resolver para las próximas generaciones no sólo de investigadores sino también de divulgadores científicos. Por ejemplo, la investigación sobre el Genoma Humano la hicieron paralelamente dos grupos de científicos: uno de Estados Unidos, en donde participaron varias instituciones y el Estado, y otro en Inglaterra, financiado por un gran laboratorio, Genomix. Estos últimos, se encargaban de patentar cualquier resultado que obtenían, mientras que en Estados Unidos se publicaba cada avance. Yo creo que la investigación científica debe ser de carácter público, la ciencia debe servir para que nos beneficiemos todos.

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Imagen: Alberto Gentilcore
 
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