Opinión
La marea feminista
Imagen: Leandro Teysseire

Juntas y en marea con millones de razones para autobautizarse feministas –una razón por cada una de las que paran marchando– la autoadscripción como un voto de fusión compañero para un futuro de justicia para todas, las mujeres han roto hoy su histórica soledad de género. El feminismo de la segunda ola –siempre hay una metáfora marina que se repite, en este caso no para la injuria de nombrar “olor a pescado” al de la menstruación sino para dar la imagen de un mar sin calma– que se hizo manual de primera necesidad a través del libro La mística de la femineidad, de Betty Friedan, una psicóloga nacida en Peoria, Illinois, hija de un joyero judío y una periodista sacrificada en las tareas domésticas, que denunció el aislamiento de las amas de casa, esas Palas Athenea de suburbio cercadas entre el silencio de las alarmas activadas en torno al chalet con barbacoa, la música ordenada de los electrodomésticos, el tic tac del timmer del horno y el mensaje narcótico de lo que sociólogos cool llamaban en los años sesenta “caja boba” y que las instaba a comprar según los dictados del capitalismo para contribuir al soporte hogareño de lo que el autor best seller Vance Packard llamaba Los trepadores de la pirámide. Feminismo blanco, clasemediero y gringo que hacía la crítica de la opresión de unas esclavas de cabello batido y mecanizadas en el diario “trabajo invisible” (no confundir con el concepto de “invisible” del presidente Mauricio Macri), el de quitar el polvo y disolver la grasa depositados sobre las mercancías que el status exigía como bienes del hogar y el de alimentar la fuerza de trabajo del único proveedor –el marital– triturando, estrujando y descascarando los productos del changuito del súper hasta despolitizarse en un vacío de sentido y quedar confundido con la amistad mafiosa entre mujeres transmitida por la serie Sex in the city: un ideario pusilánime pero angustiante –aunque en algún programa se mencione el cáncer, el vibrador y los pedos– de éxito individual, matrimonio duradero y maternidad “natural” en la ciudad más glamorosa si se la toma por sus locales top vallados de patovicas y sus salones de moda millonarios y no por sus basureros de bocacalle y sus cárceles de alta seguridad. Para la segunda ola, el ama de casa no se conjugaba en plural sino en guerra de la una con la otra en pos del mejor proveedor conyugal y la más dorada extensión de tarjeta de crédito. Ni hablar de las esclavas: mujeres negras, obreras, indocumentadas, desprovistas de ciudadanía. Bajando por la clase social la llamada “doble jornada” bien podía ser la de 24 horas, número adecuado para un kiosko pero no para una subvida condenada a llevar sobre sí la reproducción como responsabilidad exclusiva y destino inefable: “Kinder, Kirche, Küchen”.

Seee, seee como se chichonea en Facebook con la lengua: las mujeres ya vienen desde hace rato organizándose como trabajadoras, en la cuadrícula de los partidos y el fuego de las revoluciones pero siempre como una fuerza bajo presupuesto y con el sanbenito de constituir una “rama”, una “versión”, una exigencia de situarse detrás de una conjunción copulativa detrás de las siglas mayúsculas, totémicas y machas.

Pero la alianza de las mujeres –digo “mujeres” por razones operativas, entre otras razones porque muchas lesbianas no se consideren “mujeres”—, en primer orden, por sobre la conyugal, la laboral, la de la familia de origen, no como antagonismo sino como pedagogía anticapitalista y antipatriarcal, tejida en su trama local como oposición y crítica a la política del oficialismo, al politizar zonas que no eran consideradas políticas como el crimen mal llamado “interpersonal” y el acceso legal a la  interrupción del embarazo, luego de una decisión personal, transforman la idea de la política misma. Mejor dicho por Josefina Ludmer: desde el lugar asignado y aceptado, se cambia no sólo el sentido de ese lugar sino el sentido mismo de lo que se instaura en él.  

Sangre política 

Por eso, en esas que marchan con las manos aferradas a sus pancartas insurgentes, pintadas y tatuadas hasta poner en movimiento un mural de carne viva, hay linajes de sangre diversa y única y en algunas –entre las piernas– la de calculables menstruos. (Alguna vez una poeta apócrifa llamada Solly Skeffington ordenó como si estuviera pronunciándose contra el femicidio). Si es sangre debe fluir por el interior de los cuerpos/ a excepción del ciclo en la mujer/ cuando aún atesora pepitas en la mariposa del ovario/ para arrojar a los sembradores”); y nuestra Eva más nueva (Giberti) escribió en su libro Mujeres y violencia: “Al matar, el feminicida irrumpe en este circuito vital de la intimidad corporal, creando su propio vertedero de sangre que habrá de coagularse con el transcurrir de las horas; genera de este modo una interfase, ya que expone brutalmente a su víctima a las miradas de la policía, los médicos y el periodismo. Interfase que no se menciona como tal y en la que se ingresa mediante las miradas de las fotos que ilustran los hechos. Es el triunfo maníaco de su obra que, con las fotografías escaneadas en la intimidad de los laboratorios de criminología o públicamente, potencia de manera obscena el efecto de las heridas resecas. Triunfo maníaco, porque consolida su último dominio: “Mío es su último sangrado”. Pero no, el sangrado es nuestro y no último como el de la muerte: mientras paramos y marchamos, nuestra sangre es política: la del misoprostol cuando decidimos interrumpir el embarazo para diferirlo o negarlo para nuestro destino deseado, la que no se derrama en la madurez de los cuerpo no alineados a los que la ley decide femeninos y ellos desobedecen o acatan según su deseo, la que detenemos para mutar de género por sobre los polos opuestos que siempre son monocordes como calles de una sola mano.

De la segunda ola al tsunami

La naturaleza es una metáfora, que la poética patriarcal la haya convertido en un fundamento para el sojuzgamiento del género femenino hoy permite leer en ella a través de la palabra “marea” menos el uso horario de nuestra sangre en su derramamiento mensual, en las lunas exactas de nuestros partos, en los flujos cantores de nuestros goces íntimos y en los repliegues áridos que la vejez desmiente con sus calenturas renovadas, que la metáfora de una fuerza que se desborda y donde los cuerpos travestis y trans inventan otros tiempos en la insurgencia anatómica de sus formas ¡Pobre Sigmund Freud, que chico te quedó tu poster de ocasión pero tan promovido de que “anatomía es destino”!, mejor “Anatomía es coyuntura” o “Ano-tomía es castración: ¡guarda géneros ful(anos) o meng(anos)”!.

La marea feminista es como La Gran Ola de Katsushika Hokusai, el logo de un tsunami político, las formas prensiles de sus bordes de espuma no son garras, sino manos, millones de manos más dispuestas a absorber en la propia fuerza que en desgarrar, y la ola pequeña que copia al monte Fuji , su fondo soberano de volcán capaz de fundir con su lengua de fuego las armas femicidas, los vidrios blindados del cerco uniformado, los martillos comedidos de la impunidad, la pluma con que se firma la concertación inconsciente que sacrifica los cuerpos en femenino a las guerras  mafiosas e informales que observa la maestra Rita Segato.

Decir que lo que hoy sucede nunca había sucedido antes, salvo en su propia cronología interior (el primer paro fue en 2017), no es el anuncio de una ficción trapera como el realizado por el protagonista del hit del verano (¿un nuevo personaje del archivo musical popular como Popotitos, Juan Muraña, Elinor Rigby?) cuando, durante la apertura de las jornadas legislativas regulares, nombró como logrado lo que no había logrado, acto fundante de Macriland o Macririola, sino todo lo contrario. Mírenos pasar. Ninguna marea para: esa certeza es lo que nos viene bien de las ciencias llamadas “naturales” y leídas “patriarcales”. Repitamos ola por ola:  Aborto legal, seguro y gratuito, Vivas nos queremos, Ni una menos... Estribillo: “MMLPQTP”.

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