Joana Bolling
“Tengo una cicatriz de 30 centímetros en el medio de la panza y estoy orgullosa de lo que hice"
Hace dos años, la jugadora de la Selección Argentina de handball le donó un riñón a su papá, que sufría una insuficiencia renal. Hija de un ex basquetbolista nacido en Las Islas Vírgenes que fue campeón de la Liga Nacional, la joven de 22 años rompe esquemas acerca de la donación y cuenta cómo siguieron sus vidas después el acto de amor más puro.
Imagen: Carlos Sarraf

Un día antes de festejar sus 21 años, Joana Bolling puso el cuerpo. Hubiera querido hacerlo junto con su alma, que ya había depositado incluso antes de cumplir la mayoría de edad, pero la ley no se lo permitía. Su papá, Elnes Bolling, un exbasquetbolista nacido en Islas Vírgenes, y campeón de la Liga Nacional con GEPU de San Luis en la temporada 1992-1993, sufría una insuficiencia renal y se dializaba tres veces por semana, cinco horas cada día. Joana era la única compatible. Ni su mamá Bettina, a quien Elnes conoció en el club Rocamora de Entre Ríos cuando ella trabajaba en el buffet y él recién había llegado de Estados Unidos, ni su hermano Elnes Junior, basquetbolista del club Parque Sur, ni su hermana Estefanía, ex basquetbolista y nutricionista, tenían el mismo tipo de sangre. Pero Joana era también –es– jugadora de la Selección Argentina de handball y estaba por entonces preseleccionada para el plantel de La Garra que competiría en Río 2016. Su presencia en los Juegos Olímpicos no estaba asegurada, pero la intervención quirúrgica disipaba cualquier tipo de chance.  

-No sólo fuiste la donante de tu papá, sino que hubieras querido serlo antes.

-Sí, mi papá empezó con diálisis antes de que yo cumpliera 18 y quería ser donante, aunque no tenía idea de qué era ni de qué conllevaba. Ni siquiera sabía que siendo menor no podía por cuestiones legales. Además, mi papá tampoco quería saber nada, pero le dije que lo iba a hacer igual. Que si él no lo recibía se lo iba a dar a otra persona, así que no le quedaron muchas opciones (risas). 

-Nunca habías entrado a un quirófano, ¿tuviste miedo?

-No había entrado nunca, pero estudiaba instrumentación quirúrgica así que sabía todo lo que implicaba estar ahí adentro, pero del otro lado. Cero miedo, estaba súper ansiosa y no veía la hora de ir al quirófano y que pasara todo ya.

-¿Qué fue lo último que se dijeron con tu papá antes de la operación y lo primero que hablaron después?

-En realidad, la última charla fue con mi mamá. Cuando salimos de la habitación me dijo que si me quería arrepentir, podía. Que si tenía miedo, eso podía ser en otro momento, o no ser. Y yo la verdad quería irme ya a quirófano. Cuando salí y me desperté lo primero que pregunté es si el riñón había empezado a funcionar. A los días, recién pude hablar por teléfono porque él tenía que estar aislado. Y ni bien me dieron el alta, cinco días después, me puse barbijo, me esterilicé e hice todo lo que tenía que hacer para ir a visitarlo. Amor, todo amor.

-¿Cuál hubiese sido tu decisión si te decían que tus condiciones de vida podían cambiar?

-Lo hubiese hecho igual porque mi papá es más importante que cualquier deporte. De hecho, se puede seguir otro deporte. Yo soy fanática del deporte en general, caí en el handball, pero hice básquet toda la vida. Tampoco es que fui averiguando tanto antes de la cirugía. Me fui enterando después de la operación. 

-Pasaron casi dos años desde la intervención, ¿cómo está tu papá?

-No podemos creer que haya pasado tanto tiempo. Pasó muy rápido y él está muy bien. Gracias a Dios está bárbaro. Hace poco fuimos a Entre Ríos, donde vivimos toda la vida, y la gente estaba sorprendida de lo bien que lo veía, de lo bien que está. Eso me llena todos los días. Desde el día de la cirugía no tuvo que volver a hacerse diálisis. Ahora se cuida con medicamentos, come sin sal, toma líquidos, pero nada más. Hace deporte, tira al aro, sale a caminar, trota un poco. Está súper activo.

-¿Y vos cómo estás? ¿Cuánto cambió tu vida?

-No sé si tanto como la de él, pero en lo anímico me llena muchísimo. Me es más fácil estar entrenando y viviendo lejos sabiendo que está bien y puede vivir una buena vida. No hay nada de lo que hacía antes que ahora no pueda hacer. Quizás sí tener cuidado de no sufrir un golpe en el otro riñón, pero no es algo propio de mi deporte, así que no tengo ningún problema. La vida sigue igual y de hecho hay gente que nace con un solo riñón y vive muy bien. No te limita en nada y es cuestión de cuidarse como deberíamos hacer todos. Comer menos sal, tomar más agua.

-Lo que decís está bueno para romper algunos mitos y porque hay muchas personas en lista de espera para recibir un órgano. ¿Qué mensaje le darías a esa gente y a los potenciales donantes?

-Que es amor. A los que están en lista, que tengan fe, que va a llegar. Por ahí pasa el tiempo y uno se va desmotivando, pero todo llega para mejorar. Y a quienes puedan donar, que lo hagan. La vida sigue mucho más llena de lo que estaba antes. Donar salva vidas.

-¿Qué pensás cuando te ves la cicatriz que te quedó tras la operación?

-La verdad, nada. Pensé que me iba a costar cuando el primer año llegara el verano, pero no. En cuanto a la operación, siento que fue ayer. Vuelvo a ese día y me lleno de emoción. Tengo una cicatriz de casi 30 centímetros en el medio de la panza y si alguien quiere preguntarme porque le da curiosidad, que lo haga. Estoy súper orgullosa de lo que hice y no me molesta para nada. Algunos me sugirieron hacerme un tatuaje para taparla, pero me encanta mi cicatriz.

-¿Cuánto cambió la relación entre tu papá y vos?

-No sé cómo explicarte, pero es diferente. Yo voy y estoy todo el día abrazada a él. Mi papá repite ‘Mi ángel de la guarda para acá’, ‘mi ángel de la guarda para allá’. Así como también como padre me banca un montón de cosas que quizás antes le molestaban y ahora no. No digo que soy la preferida, pero me tiene un poquito de compasión (risas).

Carlos Sarraf

-¿Pudiste volver enseguida al handball?

-Sí, a los dos meses ya estaba jugando mi primer partido con el club (N.d.R: por entonces Mariano Acosta, desde este año en Vilo), así que en poco tiempo y bien. No me costó tanto. Jugué con una faja de protección un tiempo, pero nada más.

-¿Notaste algo en el ambiente cuando regresaste?

-Ni bien volví, sentí que las chicas que jugaban contra mí me tenían mucho respeto, como si tuvieran miedo a lastimarme. Todas sabían por lo que había pasado, sobre todo las chicas con las que comparto cancha en el CeNARD. Y todos me felicitaron, en el ambiente del handball se portaron bárbaro.

Se podría aclarar prácticamente en todas las respuestas que Joana ríe porque realmente es lo que hace. Ese órgano que ya no tiene y que ahora cuida papá la atiborró de una alegría que va en loop, como el boomerang de una story de Instagram.

-¿Qué te sorprendió de la repercusión que se generó?

-Que se vea como algo extraordinario. Es algo que me costó entender y todavía me cuesta, que la gente lo vea como algo “wow”, cuando yo siento que es mi papá y que le daría el riñón una y mil veces, como se lo daría a mi mamá, a mi hermana o a mi hermano. Me parece algo normal poder ayudar a un ser querido de la forma que sea. Sobre todo sabiendo que mi vida sigue igual y él está mucho mejor. 

-El portal Handball Planet te nominó incluso como “personalidad del año” de tu deporte y le ganaste el premio a Cristina Neagu (N.d.R: jugadora rumana).

-(Risas) Eso no lo podía creer directamente. Gané el premio a la jugadora del año, o algo así, y le gané a la mejor jugadora del mundo por votación del público. Una locura. Pero me encanta que esto salga en las redes para que la gente tome conciencia. 

-Ya que hablamos de deporte, ¿cómo fue que ganó el handball y no el básquet?

-Justamente porque en San Luis el básquet no estaba muy desarrollado y soy una persona muy competitiva. Jugaba con los varones, pero a medida que fui creciendo ya no podía, así que tuve que elegir otro deporte. Mis compañeras de colegio jugaban al handball, mi hermana había empezado y yo no tenía idea qué era. Así que empecé y cuando me quise dar cuenta ya estaba acá.

-Es un año importante para La Garra, ¿cuáles son las expectativas?

-Un año súper importante. Tenemos los Odesur en mayo, un torneo en el que nos tiene que ir bien y para el que nos vemos bien paradas. Es posible que se juegue sin las jugadoras que vienen de afuera, así que nosotras más que nunca nos estamos poniendo las pilas y entrenando mucho.

-Fuera del handball, ¿en qué quedó la carrera de instrumentación quirúrgica?

-Hice dos años en San Luis de una carrera que dura tres y la dejé porque me vine a jugar a Buenos Aires. Tengo muchas materias adentro, pero por ahora tengo otros planes de vida. Intenté retomar acá, pero me reconocían muy pocas materias y no tenía mucho sentido. Le voy a dar para adelante con el deporte y en algún momento voy a estudiar porque soy consciente de que la vida del deportista no es muy larga, o una lesión puede terminar con tu carrera.

-Sos cien por ciento argentina, pero por tus rasgos te deben confundir o creer que estás nacionalizada…

-En el deporte no me pasó mucho, pero me pasó toda la vida que me hablen en inglés o en portugués. Y yo no entiendo ninguno de los dos idiomas (risas). 

-Tu papá llegó hace mucho tiempo a Argentina, ¿qué sentimiento tiene hacia el país?

-Dice que es un argentino más. Vivió más años acá que en Islas Vírgenes y habla español de una manera que no te das cuenta de que habló inglés. Está súper agradecido con el país y siempre nos hace ver eso. Si bien Argentina tiene un montón de cosas, la educación y la salud gratuitas no se ven en ningún lado y está súper feliz con eso.

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