En la década de 1970, el movimiento feminista galo reivindicó a las “witches and bitches” como emergentes rebeldes del opresivo orden patriarcal;  Rita Renoir, la performer radical, la strip-teaser francesa del Crazy Horse Saloon, una de las más famosas de Europa y la dueña de un cuerpo en su mejor mise en scène, fue una de aquellas brujas perras putas. Se llamaba Monique Bride-Etivant y es una de las veinte actrices que miran a cámara y cuentan verdades de espejo en un mundo machista en Sois belle et tais-toi, el documental de Delphine Seyrig.                                                                                           ¡Sé linda y callate!  o ¡sé linda y quedate adentro del cabaret!, órdenes de boca abierta, palabras y mandatos sobre el cuerpo femenino que pronunciaron en los años sesenta quienes no la quisieron ver junto a René de Obaldia y a Michel Simon en aquella especie de western de fantasía: Du vent dans les branches de sassafras. Los hipócritas azorados sumaban a sus filas a los que organizaron una conspiración envalentonados por los titulares parisinos que espoleaban el escándalo: ¿una stripper en el escenario de la cultura?  La noche del estreno, y mientras un sector la abucheaba durante el saludo final y los silbidos parecían triunfar en amplificada sordera sórdida, Michel Simon la abrazó, la llevó hacia el borde del escenario y les gritó: “¡Ella es mejor que ustedes!”. La joven bruja,  como la llama Cortázar en el homenaje que le dedicó después de haberla visto en el Theatre de Plaisance  y que publicó en 1978 (un texto teñido –cuando la tintura algo empalaga– por una educación sentimental afín a un “cuando ya no importe”, fue Emilia en El desierto rojo de Michelangelo Antonioni junto a Monica Vitti y Richard Harris. La “estriptís trágica”, la mujer donde la metafísica del striptease encontró cuna,  tenía una elegancia única para sacarse la ropa, como la tenía Gilda –otra Rita– para sacarse un guante. Un arte sublime que no tiene que ver ni con la desproporción de ese feroz y estereotipado deseo por ver un cuerpo desnudo con ojos abultados ni con su placidez para despojarse de la ropa, tiene que ver solo con una especie de estado puro que existe como una isla flotante en Rita Renoir, hay que verla. Una belleza artística, sabemos que esa belleza no está relacionada con las personas sino con los gestos,  que tiene algo –cuando el parecido no importa– de Jimena Barón. La cara es cuerpo. Era la dueña (¿la propiedad alcanza?) de una belleza felina de sensualidad feliz y mucho humor, una bitch de vanguardia que protagonizó en 1967 Le Désir Attrapé par la Queue de Pablo Picasso  (una representación de Jean-Jacques Lebel en el Festival de la Libertad de Expresión, Saint-Tropez) y que lució hasta la muerte y como pocas, el pelo rojo. Nervadura de monomia elegante de pies a cabeza y tan lejos, Rita Renoir es la silueta de una capa que muestra lo que cubre y la de una leoparda que dibuja sus manchas mientras baila entre las cortinas de su desnudez. Armonías gongorinas encadenadas o casi, hacen de lápiz de mina blanda, de pantalla o de pentagrama según la evocación elija: “desnuda el brazo, el pecho descubierta, entre templada nieve evaporar contempla un fuego helado”. Hay que verla.Ó