El cuento por su autor
 
(Imagen: Sandra Cartasso)

La primera idea para este cuento surgió como un desdoblamiento de un cuento mío anterior: “Infierno grande”. En aquella historia se sospechaba que un peluquero recién llegado al pueblo había asesinado a su esposa y a un amante con la navaja de afeitar. Los cadáveres, sin embargo, no aparecían, y mientras tanto los adolescentes del pueblo se desafiaban unos a otros a sentarse en el sillón del peluquero y pedir el corte a la navaja. Una vez la extraordinaria Ada Korn me dijo que a partir de cierta edad había empezado a decir la verdad, aunque fuera cruda, porque “por cortesía había perdido una vida”. Yo, que padecí igual que el profesor Pipkin las vacilaciones infantiles, las vergüenzas múltiples, los enrojecimientos indetenibles, traduje mentalmente para mí que también por timidez se podía perder una vida. Escuché alguna vez que Tolstoi sostenía que la timidez era en el fondo una forma de arrogancia, la arrogancia de mantenerse aparte. Los verdaderos tímidos sabemos que no, que nada nos gustaría más que cantar en público, contar con soltura un chiste en la mesa, acercarnos sin intimidación a las mujeres hermosas, o aunque sea… poder escapar a tiempo de un fatídico sillón de peluquería.