Un domingo cualquiera para los Martínez
Mario y Carina llevan adelante una vida marcada por el deporte: Jano, el más chico de la dinastía, es el base de Villa Mitre; Alan, el mayor de los hermanos, es defensor en Liniers de Bahía Blanca y Lautaro es la estrella de Racing. Horas arriba de un automóvil para ver a sus hijos, que tienen un solo mandato innegociable: “ser buenas personas”

Un fin de semana de la familia Martínez puede ser así: Mario Martínez y Carina Gutiérrez, padres de tres hijos deportistas, se suben a un automóvil en Bahía Blanca un jueves a la mañana y manejan durante cinco horas hasta Mar del Plata para ver cómo Jano, el más chico, representa a su ciudad en un torneo provincial de básquet para menores de 14 años. El domingo a la mañana vuelven a subirse a su vehículo y manejan durante otras cinco horas desde Mar del Plata hasta Buenos Aires para ver a Lautaro, el del medio, que juga en Racing y le toca estar en el clásico contra River. Mientras tanto, Alan, el mayor, se queda en Bahía Blanca porque Liniers se mide con San Francisco por la Liga del Sur, por el campeonato del fútbol local. Los fines de semana, Mario y Carina necesitan clones para seguir las actividades deportivas de sus tres hijos. Todos compiten en el alto nivel, y los padres se reparten para no perderse ningún evento. Alan tiene 22 años y es defensor en la Primera de Liniers. Lautaro es la figura de la Academia de Avellaneda y con 20 años irrumpió como una de las promesas más geniales del fútbol argentino. Jano es el diferente: integró la Selección Nacional de su categoría y brilla en el básquetbol bahiense con Villa Mitre.

El deporte atravesó tres generaciones de la familia Martínez. Los abuelos paternos fueron futbolistas. Mario Oscar Martínez jugaba en el equipo de su barrio y Luisa Esther Aguilar era la goleadora de Estrella de Oro, un club que quedaba cerca de su casa. Tiempo después el abuelo se hizo árbitro. Mario lo acompañaba a todos los partidos. “Yo mamé el fútbol, lo traía en la sangre”, le cuenta Mario Martínez a Enganche. De chico vivía frente a un descampado en el barrio Villa Gloria. Con su hermano y un grupo de amigos paleaban el césped, hacían los arcos con unos tirantes y jugaban al fútbol todas las tardes desde que salían del colegio hasta que se hacía de noche. La pelota, dice, nunca faltaba. “Mi viejo sabía que si no estábamos en casa estábamos ahí, en ese descampado”, recuerda.

El tiempo transcurrido en el potrero dio sus frutos: a los dieciséis años debutó en la Liga del Sur jugando para Villa Mitre. Fueron quince años, tres en la B Nacional. Era un lateral izquierdo con buen remate de larga distancia. Cuando estaba en la segunda categoría del fútbol argentino, Alan y Lautaro lo acompañaban a todas las prácticas. Eran las mascotas del equipo: “De chiquitos veían las arengas, las charlas técnicas. Viven adentro de un vestuario desde que tienen uso de razón”, dice. Lautaro, con tres años, empezó a corretear entre futbolistas profesionales. Miraba fascinado al entrenador mientras movía fichas en la pizarra. Escuchaba las indicaciones tácticas como si entendiera algo de lo que ocurría. “Son cosas que en el momento no te das cuenta, pero con el tiempo comprendí por qué tiene la cabeza que tiene con tan corta edad”, reflexiona Mario. El fútbol apareció entre sus hijos mayores como un lugar habitual: como el mejor sitio posible.

Carina se encargaba de los chicos full time, especialmente cuando Mario viajaba para jugar en otros puntos del país. Ella aprendió a querer el fútbol. Cuando a su marido lo contrató Racing de Olavarría mudó a la familia al corazón de la provincia de Buenos Aires. El desarraigo duró un año y es un recuerdo alegre para los Martínez. Volvieron a Bahía y Mario extendió su currículum: pasó por Rosario Puerto Belgrano, Liniers y San Francisco. Ascendió en todos los clubes en los que estuvo. A Mario le dicen Pelusa, y el Pelusa –por sus logros, por sus hijos– es un símbolo del fútbol bahiense. Todavía despunta el vicio todos los sábados en la Liga Comercial, un exigente torneo amateur. En la semana trabaja como enfermero: atiende pacientes a domicilio, los visita de lunes a lunes. Solamente falta cuando alguno de sus hijos sale de viaje: “Ahí llamo a una persona que me reemplaza para tomarme los días. Viajo seguido, me gusta acompañarlos a los tres”, cuenta Mario.

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Alan y Lautaro empezaron de chiquitos en las inferiores de Liniers. Alan es categoría 96, y con el sacrificio disimuló que no tenía tanto talento: llegaba antes de hora a las prácticas, encabezaba las pasadas en velocidad, se entrenaba con una tenacidad suprema. Arrancó de enganche, y el tiempo lo retrasó en la cancha. Ahora es marcador central, aunque puede desenvolverse en las cuatro posiciones de la defensa. “Es un futbolista muy pensante que juega mucho con la cabeza”, lo define Juan Martín Baranosky, compañero en Liniers desde inferiores. “Es un clon mío: duro físicamente, temperamental, un defensor que entrega hasta la última gota de sudor”, aporta Mario. Alan, de momento, perdió la titularidad: una lesión lo hizo caer en la consideración del entrenador.

Lautaro, categoría 97, descolló al instante. Sobresalía incluso en el equipo de su hermano, entre los mayores. Era la furia, un futbolista capaz de cambiarlo todo en una jugada, un goleador que asustaba a todos los equipos de la ciudad. Mario pasaba los sábados mirando los partidos de sus hijos hundido en el mismo silencio que hacían sus padres cuando él jugaba. Jamás intentó volcarles su experiencia, su sabiduría: “Nunca les dije que tenían que hacer tal o cual cosa para ser futbolistas. No era un padre obsesivo de hablarles antes de jugar, de corregirlos, de hacerlos patear horas contra la pared. Siempre los dejé jugar en libertad, que sean ellos mismos”, recuerda.

-¿Y ahora que son grandes?

–No, ahora tampoco. Nada más allá de algún comentario que podría hacer un amigo. Un comentario de tribuna. Con el fútbol me animo, pero con el básquet no. De básquet fui aprendiendo con el tiempo, aunque hay cosas que todavía no tengo tan claras.

Es que Jano juega al básquetbol. El más chico de los Martínez rompió el linaje. Creció en el barrio de Villa Mitre, y la pared de la casa lindaba con el club. Probó el básquet con una curiosidad infantil a los cinco años: agarró la pelota con las manos al tiempo que sus hermanos se criaban con una de cuero en los pies. Y nunca la soltó. “Abría el club y se quedaba hasta que le apaguen la luz. Estaba todo el día ahí adentro. Por la tradición de la familia, lo de Jano es impensado”, dice Mario. Admirador de Facundo Campazzo, Jano juega de base. Es desfachatado, estratega, atrevido. Entrena tres veces al día: con su categoría, con una categoría mayor, y con la Primera. Maduró precozmente, como Lautaro: a los siete años ya jugaba con chicos de diez, y a los 14 ya lo hace en el plantel superior. Debutó en febrero, y en los dos minutos que disputó del Torneo Federal dejó un sello indeleble: un doble, un triple y una asistencia de alley-oop. Su presentación fue noticia en todo el país. Integró la preselección nacional a fines de 2017, pero quedó afuera del plantel que participó del sudamericano Sub 14 en Venezuela. Hace cuatro años que representa a Bahía Blanca en los torneos provinciales. En las últimas tres competencias salió campeón.

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Los Martínez dejaron el barrio de Villa Mitre en diciembre de 2017. Se mudaron a una zona más céntrica de Bahía Blanca. Aquella casa tenía dos habitaciones: una para los padres, otra para los chicos. Alan, Lautaro y Jano dormían en el mismo dormitorio. Esa convivencia los unió. La mudanza de Lautaro a Avellaneda fue como la embestida de un tren. Alan tenía un problema de salud, y la ausencia de su compinche, de su mejor amigo, lo afectó. “La ida de Lautaro fue una prueba que nos dio la vida. Pasamos a ver su cama vacía de un día para el otro –dice Mario y entonces algo se quiebra, algo se rompe–. Uno quisiera que sus hijos se queden siempre con uno. Pero yo sé que si no es por el deporte el día de mañana igual se van a ir porque van a formar su familia. Por eso tenemos que disfrutar a los tres”, admite. Los cinco Martínez comparten un grupo de Whatsapp. Hablan todos los días. Cuando se despierta a la mañana Mario le escribe un mensaje a Lautaro. Es la forma que encontró de sentirlo cerca. Lautaro también necesita sentir a su familia cerca. Aquel fin de semana que Jano disputó el torneo provincial en Mar del Plata, Alan y Lautaro siguieron el certamen por Whatsapp: los padres les informaban punto a punto, doble a doble. Lautaro vio la final por YouTube en la concentración de Racing. Es fanático de su hermano menor. “Aunque no estén presentes físicamente, se acompañan. Son tres hermanos muy unidos”, dice Mario, y el orgullo toma la voz por asalto.

Cada uno tiene su cuarto en la casa nueva. El de Lautaro está vacío, listo para acobijarlo cada vez que logra escaparse de la vorágine de Buenos Aires y vuelve a empollar en el nido familiar. En esos regresos, Mario le habla a Lautaro. Son sobremesas largas en las que se dice mucho, y no de los goles que se perdió o de los pases donde falló. Le acerca experiencias de vida. Le aporta algo que también se lo otorga a Alan y que, sin duda, también recibe Jano: “Vos tenés que acordarte de dónde saliste, y siempre tener humildad. Eso es lo que queda de una persona. Si sos una mala persona, nadie se va a acordar de tus goles”. Mario tiene tres hijos deportistas, y una única enseñanza para inculcarles: “Que sean buena gente”. El tiempo convierte al resto en anécdota.

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