A 60 AÑOS DEL CONICET
LA CIENCIA SE DEBATE
Santiago Sosa y Lucas Tavolaro Ortiz se animan a reflexionar en torno a los desafíos y las deudas que atraviesa el CONICET a 60 años de su nacimiento.Como punto de partida, hacen hincapié en el origen del organismo científico en una época convulsionada de la Argentina, para luego adentrarse en los debates que se van generando en el seno del CONICET, expresados por dos de los exponentes más encumbrados que tiene la producción científica nacional: Bernardo Houssay, defensor de la ciencia más tradicional, y Rolando García, promotor de sumar nuevas áreas de investigación como las ciencias sociales. El debate puesto en perspectiva nos invita a continuar reflexionando acerca del rol del Estado en relación a la promoción de la ciencia y el modelo de desarrollo científico necesario para el país.

Con el objetivo de comprender el peso del contexto político y social en el cual nace el CONICET, vale recordar un fragmento de la editorial de la revista Ciencia e Investigación titulada “La ciencia necesita un ambiente de libertad”. Publicada menos de un mes después del golpe de Estado de 1955, la editorial decía: “Ante el triunfo de la Revolución Libertadora, alentamos la esperanza de que se inicie una verdadera era de democracia y libertad (...) Durante más de 10 años se ha edificado un andamiaje de falsa ciencia que es preciso desmontar”. 

En este clima de época se gesta el CONICET: en 1958 el gobierno militar decretó su creación y designó a su directorio, donde resaltaron su primer presidente, el ya premio Nobel de Medicina, Bernardo Houssay, y su vicepresidente, el meteorólogo y Decano de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (FCEyN) de la UBA, Rolando García. 

En pocos años se distribuyeron subsidios para el equipamiento de laboratorios, se multiplicaron las líneas de investigación, se crearon cargos de profesor universitario con dedicación exclusiva y se asignaron becas para la formación de jóvenes. Un impulso presupuestario, por un lado, que fue acompañado por álgidos debates dentro de la comunidad científica, de los cuales Houssay y García fueron las caras más visibles. 

El grupo comandado por Houssay, que había resistido una década como ferviente oposición a la política científico-técnica del peronismo, reclamaba ahora para sí el derecho a la plena libertad en la búsqueda de la verdad, con fondos para la investigación básica, sobre todo en los temas tradicionales como bioquímica o medicina. Por otro lado, García pretendía el desarrollo de nuevas áreas, incluídas las ciencias sociales, con una visión estratégica y moderna, al tiempo que reclamaba una distribución más federal de la ciencia. 

Valga de ejemplo la discusión por la compra de la primera computadora de Latinoamérica. Como el costo era demasiado alto, era necesario un subsidio del CONICET pero Houssay se opuso fervientemente argumentando que él “había ganado el Premio Nobel sin necesidad de instrumentos tan costosos”. El subsidio se aprobó cuando Houssay se ausentó oportunamente de una reunión del directorio. La computadora Clementina realizó modelos económicos, trabajos estadísticos para las empresas estatales y modelos de simulación de ríos.  

Lejos de ser un período de grandes consensos, en los primeros años del CONICET florecieron tensiones y debates por la orientación de la investigación sobre la base del apoyo material al sector. Más de medio siglo después, resulta conveniente resaltar que, aún sin saldar muchas de las cuestiones de fondo y sin presupuesto suficiente, estas discusiones hubieran sido abstractas.

Santiago Sosa: Graduado de Exactas, becario del conicet y coordinador del “Seminario de historia y actualidad del sistema científico argentino” (UBA). 

Lucas Tavolaro Ortiz: Presidente del Centro de Estudiantes de Ciencias Exactas y Naturales (UBA).

 

 

 

 

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