La santa

Con la multitud fluyendo hacia su altar, ¿qué sucede? ¿son acaso las fiestas patronales? Repasa el santoral en su memoria, y la fecha no coincide con martirio o ascensión alguno. Mientras, Canela, la cuidadora acomete la limpieza de la Virgen del Santuario, como a diario. Levanta y repasa los brazos, luego la cara un pañito mojado en agua espumosa; cuida de no tocar los ojos cosa de que no los irrite el jabón, le plumerea el cabello en bucles, acomoda las mechas que se levantan, desordenadas, en tanto, ora sin cesar el Ave María, ¿pero, qué grita toda esa gente? Y ni siquiera le avisaron, no alcanza a acometer el fregado de las partes íntimas de la Madre, le besa los pies y da paso a los feligreses que la corren a empujones, habitantes de Colonia Vacía, un poblado sin siquiera una iglesia, ¿qué pasa, qué ocurre? los que gritan gol de la Colonia, ¿gol? ¿qué equipo de fútbol ganó? --No seas opa -la reprime Vélez, la gente desacomodada se ordena, se aleja y se agacha para moverse de rodillas hacia la capillita, besando el polvo, haciendo la señal de la cruz y cantando goles en lugar de himnos religiosos que nadie les enseñó; y cantando y prosternándose ante la mirada celestial, bendita seas, milagrosa. La cuidadora pasa un poco de colorete y polvo en la epidermis de la Virgen, ¿qué milagro? La cosecha, la cosecha; este año se podrá almorzar en el pueblo y cenar sin saltearse la puesta del mantel a la mesa para comida alguna, y la hilera desgrana gente que le besa la mano a la Patrona, la que muy raras veces, pero sí en esta ocasión, derrama verdaderas lágrimas como signo de sus poderes prodigiosos, multiplicar las aves y los cereales, y los aleluya acompañados de guitarras bien afinadas, espantan a las palomas en dibujos de esquirlas sobre el cielo; la multitud viva a la diosa por la bonanza del campo. Uno coloca al pie del templete un canastito con tomates, otro, un par de naranjas, una botellita de leche de ubres que manaban como lluvia, algunas semillas de girasol, huevos cocidos, pan, papas hervidas. Hasta que se terminan yendo. La dejan sola a la Virgen del Santuario. La Virgen echa una ojeada a su reloj pulsera, todavía faltaban ocho horas para la noche, su descanso, observa las ofrendas que han traído y con las que se podrá alimentar y agradece al cielo un día más de trabajo; puesto que en el pueblo no hay dinero que alcance para comprar una imagen de mármol o metal, y las ocupaciones para mujeres como ella no van más allá de las de ama de casa. Ella, María de los Ángeles, certificada virgen por los dedos de tres vecinas, Juana López, Marina Véliz, Lupe Insaurralde, quienes reiteran los controles de la integridad de su himen cada tres meses, fue empleada para hacer lo que debe y en lo que pone todo su empeño, aunque los mosquitos la taladren y el humo de las velas no pueda espantarlos y la mareen un poco, y los parientes que vienen de visita al pueblo le planten moretones cuando la palpan, celestial del carne, pero lo peor, el espejito. Se observa lo que viene galopando y empujándola del pedestal para el que ya sueñan ocupar varias candidatas, las arrugas que se empeñan en tejerle telarañas en la cara para sacarla de la inmortalidad y ponerla en el terrenal sendero de la vejez y la muerte y nadie en el pueblo querrá sufrir ese fin del mundo, por eso la ha visto a Canela murmurar con las tres veedoras, y las cuatro escrutar su rostro y emitir en asentimientos de cabeza, la sentencia que en cualquier momento se ejecutará, de noche para que nadie advierta el cambio por alguien parecido como se viene haciendo desde hace décadas, siempre la misma, siempre otra. Ése es el pacto.

Ella tendrá su fecha de martirio en un calendario que no se ha de escribir en ninguna memoria.

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