Córdoba Blues rescata el trabajo de Peiró de los años 80
El realismo y su caricatura
No es un libro de historieta humorística ni de humor gráfico, sino que reúne una serie de relatos cortos de tinte policial. Las historias se dirimen en calles de tierra, en recovecos arrabaleros y en los restos de la historia oscura de la Argentina.

Es muy difícil encontrar libros de Peiró en las bibliotecas de los lectores de historieta. Hay, apenas, alguna recopilación de sus trabajos –humorísticos– y una historia compartida con Juan Sasturain. Por eso resulta tan llamativa la aparición de Córdoba Blues, coeditado por Historieteca y Hotel de las Ideas. Porque además, a priori, Córdoba Blues no es un libro ni de historieta humorística ni de humor gráfico, sino una serie de relatos cortos de tinte policial. La mayoría de ellos aparecieron originalmente en la primera etapa de la revista Fierro, allá por mediados de los años ochenta. También hay algunas producciones de la misma época para las revistas Humo® y Superhumor, e incluso una para la Raf y otra inédita. Hay ahí un condensado de espíritu de época.

La historia corta que da nombre al libro abre la selección y establece definitivamente el tono: un raterito devenido jefe de banda delictiva que sueña con el glamour de los mafiosos de las películas. Y así le va. En siete u ocho páginas la historia opera un desplazamiento en los términos del género y en el tono de los relatos por venir. La cosa ya no va a transcurrir en las metrópolis norteamericanas ni las femmes fatales estarán enfundadas en seda. Ni siquiera aparecerá Buenos Aires, más que como alusión eventual a un gobierno central. Los tiroteos de Peiró se dirimirán en calles de tierra, en recovecos arrabaleros y en los restos de la historia oscura de la Argentina. Porque Córdoba, sus sierras, el monte chaqueño y la siesta santiagueña alcanzan como paisajes para la aventura. En cierto modo, el dibujante aquí recoge la mejor enseñanza de Oesterheld: no hace falta irse a los Apalaches para tener un western ni visitar los suburbios de Chicago para escribir una de mafiosos. Alcanza con imaginar cómo narrar esas cosas acá y pensar qué tienen en común y en qué se diferencian, al menos en lo delictivo, ambas idiosincrasias.

Todo el libro está atravesado, además, por un humor muy sutil. Un amor y a la vez una burla de las reglas narrativas del género. Guiños, resoluciones y observaciones que señalan cuán ridículo puede tornarse todo al sacarlo de su ambiente natural. Para eso ayuda el contraste que a veces propone entre voz en off y dibujo, un recurso que el autor maneja muy bien.

La mayor parte de las historias, sin embargo, no tienen cuadros de texto. Hay una buena cuota de voz en off, sí, pero Peiró sostiene casi todo con los diálogos. A veces incluso forzando un poco la naturalidad de los personajes, que sobreinforman a sus interlocutores. Quizás se trate de un rasgo formal de época y de contexto de publicación, pues la Fierro de entonces buscaba romper con las formas narrativas imperantes en otras revistas del momento, que solían abusar de las cajas de texto para “alargar” la experiencia de lectura de sus compradores. Parece haber en Peiró, entonces, un intento por despegarse de ese hacer más tradicional y buscar algo que sostenga el relato más en la secuencia y en el diálogo que en el texto puro.

Otro rasgo de época, sin dudas, es la sombra de la última dictadura argentina que se yergue sobre muchos de los personajes. Desde la historieta, el dibujante cordobés señala casos de robo de bebés y sustitución de identidad, la existencia de “mano de obra desocupada” y el apego de algunos sectores sociales a ideas fascistas. Lo interesante es que el autor no tiene que explicitar desde dónde se para, pero esa distinción sigue funcionando aún en otro contexto editorial. Mérito del dibujo, que oscila entre el realismo y la caricatura (un realismo estilizado, se podría decir) y que con humor ridiculiza a los personajes más oscuros que retrata. Personajes tan oscuros como las noches de los montes donde transcurren sus historias.

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