Democracia en obra, a 35 años de la recuperación democrática
Sobre logros y cuentas pendientes
El Centro Cultural Kirchner presenta una gran exposición que reúne a 39 artistas argentinos y extranjeros y reflexiona, desde las artes visuales, sobre los logros de la democracia, pero también sobre todo lo que falta.
Obras de Horacio Zabala y, al fondo, de Antoni Muntadas.Obras de Horacio Zabala y, al fondo, de Antoni Muntadas.Obras de Horacio Zabala y, al fondo, de Antoni Muntadas.Obras de Horacio Zabala y, al fondo, de Antoni Muntadas.Obras de Horacio Zabala y, al fondo, de Antoni Muntadas.
Obras de Horacio Zabala y, al fondo, de Antoni Muntadas. 

El Centro Cultural Kirchner presenta, en las plantas 2 y 4, la muestra Democracia en obra, con curaduría de Ana María Battistozzi, Laura Buccellato, Renato Rita y aportes teóricos de Alejandro Katz.

La exposición se propone, a través de la mirada aguda y crítica de las artes visuales, plantear tanto los logros como, especialmente, las luchas, desigualdades, deudas, disputas, es decir, todo lo que la democracia significa como marco de conflictos y pujas permanentes, en las que el Estado debería mediar a favor del más débil; todo aquello que la sociedad tiene pendiente a treinta y cinco años de la recuperación de la democracia en nuestro país. 

La muestra incluye trabajos de 39 artistas (argentinos y extranjeros –véase la lista, aparte–), agrupados en capítulos que reúnen las obras de acuerdo con núcleos temáticos y de sentido.

En el capítulo “Modos de relación”, una de las obras de la guatemalteca Regina José Galindo presenta la enorme frase “No violarás”: una imagen digital impresa sobre un gran vinilo en la pared, que es producto de acciones poéticas y performances de la artista. Esa frase/mandato, exhibida crudamente, funciona como denuncia del abuso producto de la violencia machista: una de las tantas deudas sociales que en democracia se pueden ver en casi toda su trágica magnitud y contra las que lucha buena parte de la sociedad.

Por su parte, las obras de Alicia Herrero, cuatro pinturas/relieves y una pieza escultórica, en conjunto juegan, le dan materialidad y volumen a los gráficos estadísticos, extremando el carácter abstracto de los gráficos como resultado visual de la cuantificación informativa clave que requiere toda administración para, por ejemplo, planificar presupuestos y asignar recursos. Aquí se los usa en función poética.

En este sector también se muestra el grupo escultórico Kinderspelen [“Juego de niños”], de Juan Carlos Distéfano, basado en un cuadro de Brueghel: un impresionante conjunto de nueve piezas en donde a través de juegos infantiles –cuerpos crispados de niños/enanos que se trenzan, confunden y deforman en lucha–, anticipan la brutalidad de la violencia adulta.

El enorme Dibujo de Karina Granieri, compuesto por la intersección de rectángulos hechos de bordes de frazadas, compone una obra geométrica que evoca la ausencia de abrigo, a través de la metáfora de las tensiones entre centro y margen, traspuesta a lo social. 

En Cucaracha (obra de 2003; de 305 x 61 x 93 cm), de Pablo Suárez (1937-2006), se presenta a un trepador que se arrastra sobre un tejado. Uno de los tantos personajes que el artista realizó, en pinturas y esculturas, hasta completar una galería de tipos sociales de los años novena y primeros dos mil.

El Carrito cartonero (1990; 18 x 32 x18 cm) de Liliana Maresca (1951-1994), realizado en bronce y bañado en oro, es una pieza con la que la artista anticipó, al inicio del menemato, la marginación social y el cartonerismo, inminentes y futuros, como resultado de las políticas económicas: antiindustrialismo, achicamiento del Estado, deuda creciente, preeminencia de lo financiero sobre lo productivo.

Salón (2007/18), instalación del francés Pierre Ardouvin.

Las construcciones precarias de Martín Carrizo (Río Tercero, 1983), presentadas como modelos a escala, evocan la arquitectura marginal, de los barrios humildes y suburbios, aunque exhibidas como si se tratara de un showroom inmobiliario o de un proyecto urbanístico.

En la sala 403, se exhibe un capítulo de un solo artista, Salón, del francés Pierre Ardouvin (1955). Allí se muestra una instalación en la que un sofá de dos cuerpos, una mesa ratona y una alfombra, están partidos al medio en perfecta simetría. La obra, muy seductora, se supone representa la emergencia y expresión del conflicto en el seno familiar y social. Lo que resulta ingenuo desde la perspectiva conceptual de estas pampas, es que, como resultado de ese conflicto, el resultado de la disputa arroje una división en partes iguales. Se trata de un conflicto utópico o de una resolución perfecta del conflicto, cosa que tal vez suceda en la justicia francesa, centroeuropea o nórdica. Si se trasladara el escenario del conflicto a estas latitudes, el sofá, la mesa y la alfombra deberían estar cortados de otro modo: el 80 por ciento para el actor más poderoso del conflicto y el resto... rasgado, carcomido y fragmentado, para ser entregado a la(s) parte(s) más débil(es).

De Eduardo Gil se exhiben las fotos de El siluetazo, la recordada práctica artístico política que otorgó una visualidad notable en el espacio público al movimiento de derechos humanos, a fines de la última dictadura cívico militar y en los albores de la recuperación democrática. En aquel momento, una iniciativa artística colectiva coincidió con la demanda de un movimiento social y político, en un marco multitudinario.

Del Grupo Etcétera (un colectivo artístico creado en Buenos Aires en 1997) se exhibe, por ejemplo, el manifiesto Errorista (2010), algunos de cuyos puntos detalla: “El errorismo basa su acción en el error. El errorismo es una posición filosófica equivocada. Ritual de negación. Una organización desorganizada. La falla como perfección. El error como acierto”. Un decálogo ideal para un Estado que ofrece multitud de errores no forzados.

Mondongo (Juliana Laffitte y Manuel Mendanha) y Cristina Piffer están (junto con Yael Bartana, Paksa, Peralta Ramos, Schulman y Zabala) en el capítulo “Cada uno tiene el mismo sueño”. En el caso de Mondongo, fabricaron con clavos e hilo de plata una representación tridimensional de un dólar, de 100 x 232 x 28 cm. Así, luego del asombro y el sentido del humor, la unidad monetarias más importante adquiere categoría artesanal y artística y termina valiendo mucho más de lo que consigna el valor evocado. Tal vez un cuestionamiento al valor del dinero y a la entronización del capitalismo. O quizás todo lo contrario.

De Cristina Piffer también se exhibe la imagen de un billete: en este caso, doscientos pesos fuertes, realizados como impresión serigráfica hecha con sangre vacuna deshidratada. La obra mide 210 x 110 x 30 y representa papel moneda argentino de la segunda mitad del siglo XIX. Un ejemplo de que la historia local se escribe con sangre.

Hasta aquí, un recorrido por algunas de las obras de la exposición, que reflexiona no solo sobre aquello que se ha conseguido en democracia, sino especialmente sobre las cuentas pendientes. El resto de las obras del itinerario, tanto o quizás más interesantes, podría ser completado democráticamente por los visitantes. 

* La muestra Democracia en obra se exhibe en el CCK, Sarmiento 151, de miércoles a domingos, de 13 a 20, con entrada libre y gratuita, hasta fin de año.

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