En la barra de un bar, con el pelo mojado como un sauce llorón inclinado ante un café con ron servido en vaso, Marisa Paredes está de espaldas a un televisor donde Chavela Vargas comienza a cantar “En el último trago”; su música hace desaparecer todo el sonido ambiente, una guitarra y una voz es lo único audible. Según el guión, en ese momento Paredes comienza a sentir que “su sangre se mezcla con la cafeína y el alcohol, y que todo ello es bombeado con fuerza por su extenuado corazón”, porque Chavela “con voz rota y amaestrada por años de infierno” ha abierto “las compuertas de un verdadero pantano de amargura”. Ahí está, Marisa Paredes se siente desnuda en su llanto, los lentes negros no pueden tapar nada de su congoja, tampoco pueden teñirla de duelo, porque es una sensación vital, las lágrimas la riegan, le confirman sus raíces, su identidad, recorren un surco de su vida. 

“... Nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores. Otra vez a brindar con extraños y a llorar por los mismos dolores...”, canta Chavela Vargas, por primera vez de cuerpo presente en una película de Almodóvar, que se llama La flor de mi secreto y que partió en dos a la década del noventa. Tal vez sea la mejor representación de Chavela, que a esa altura, gracias principalmente al cine de Almodóvar, ya se había convertido en una non santa matrona global de toda esa gente que bebe sola, tragando el dolor de la pérdida y del desamparo como combustible del fuego interior. Pero haber llegado a ese lugar en una inminente cultura global queer fue -y Almodóvar lo sabe y lo subraya en su guión-, por una sabiduría maldita ganada tras “años de infierno”. El nuevo documental Chavela, dirigido a cuatro manos por Catherine Gund y Daresha Kyi, retrata la vida de la voz vital del dolor, visibilizando aún más la saga de la cantante y su leyenda lésbica que enfrentó, como nadie nunca antes ni después, al machismo mexicano.

TERRITORIO DRAG

“Me crié muy sola. Nunca jugué con muñecas mucho, no era la niña juguetona de escuela. Era soñadora, la muchacha que se levantaba en la noche sin permiso de nadie a buscar dónde estaban dando serenata para oír música, para ver la luna”, dice Chavela Vargas de sus años en Costa Rica, su país natal, donde tuvo una infancia terrible, y aunque lo dice de manera poética, esa soledad siempre fue una herida originaria. Porque no se trataba solo de una elección, sino de un castigo: su forma de ser fue penada desde siempre, sus modales que no se correspondían con los que se esperaba de una niña nacida en 1919, y le costaron una infancia de desamparo. El peor de los recuerdos que expone el documental es haber sido escondida en su propia casa cada vez que recibían visitas, para que nadie vea a la niña masculina, de modales impresentables. Como muchas personas LGBTIQ, Isabel (ése era su nombre de familia) tuvo que huir del hogar, de la patria, para encontrar refugio en otro nombre, otro territorio. “Fue un viaje tan extraño. Tenía ansiedad de llegar a México. Algo me llamaba, algo me estaba esperando. Me estaba esperando ese ser desconocido que es el arte. Todo el mundo sueña con México. Yo soñaba con un paraíso que era México. México me enseñó a ser lo que soy, pero no a abrazos y besos, sino a patadas. México me agarró y me dijo: te voy a hacer mujer, te voy a criar en tierra de hombres”, dice Chavela, quien, a los 17 años, eligió exiliarse en la canción mexicana para recrearla en forma de hábitat. Porque tampoco las rancheras mexicanas estaban hechas a su medida, así que tuvo que crear su propio terreno. “Primero me presenté vestida de mujer, con el pelo largo, con maquillaje, con tacones. Ensayé como ochenta veces y me caí. Y no di una. Ni fu ni fa vestida de mujer”, declara Chavela, que comenzó a dejar atrás esas cantantes de glamour folklórico mexicano que ponían las manos en jarra. Una vida de soportar que le gritaran marimacho por andar en pantalones por las calles antes de mediados de siglo, Chavela tuvo el escenario como protección, porque construyó una cantante que vestía y cantaba con otro estilo, y que tenía tradición en las tablas, al menos las extrajeras, con Marlene Dietrich como ícono mundial. El drag folklórico de Chavela incluso la llevó al cine, protagonizando La soldadera, película donde a fines de los sesenta interpreta a una mujer de armas gatillar, envuelta en balas, guerrillera a caballo. Esa imagen que creó, y que el documental ilustra de maravillas, le sirvió para crear su propia representación de la canción, su oposición al glam como imposición a las cantantes. Como dice Eugenia Vidal, “No a los aretes, no a los vestidos. Es el canto desesperado, le quita las ornamentaciones, y lo vuelve el canto del alma herida, del final trágico del amor.” De la imagen a la música había solo un paso, y lo explica Carlos Monsiváis en un texto dedicado a Chavela: “‘No sólo fue su apariencia la que se saltaba las reglas establecidas, sino que musicalmente prescindió del mariachi, con lo que eliminó de las rancheras su carácter de fiesta y mostró al desnudo su profunda desolación”. El pintoresquismo de los trajes coloridos y los sombreros XXL de los mariachis fue descartado para dejar lugar para una musicalidad del dolor.” Cuando Almodóvar en Tacones lejanos, se conmovió con esa característica musical de la cantante: “Piensa en mí es una canción llena de ritmo, pero Chavela, cuando la cogió, la rebajó totalmente, le quitó toda la alegría y toda la celebración que había en la canción, y la convirtió en un fado, en un auténtico lamento.”

PASIÓN DE MULTITUDES

Aunque Chavela Vargas habló públicamente de su orientación sexual recién en 2000, sus historias de amor y desamor habían quedado encriptadas en las canciones, en sus interpretaciones. Incluso en sus memorias no había nombres propios. Por eso, para las documentalistas, era fundamental buscar testimonios de sus amantes, de mujeres que hayan inspirados los sentimientos de Chavela. “Era realmente difícil encontrar a otra persona –aparte de Frida Kahlo y Ava Gardner, ambas fallecidas– con quienes Chavela había afirmado que había estado. Conseguimos una pista sobre una mujer en Costa Rica, pero ella solo estaba dispuesta a dejarnos usar su voz y no quería estar frente a la cámara, así que eso no parecía correcto. Casi nos habíamos dado por vencidos”, relata Daresha Kyi, una de las directoras. Finalmente, una entrevista con una de las guitarristas las llevó a Alicia Elena, una abogada que fue una de las amantes más duraderas, que es el testimonio más valioso del documental, ilustrado con una serie de fotografías inéditas de la pareja que dan cuenta del período más oscuro de la vida de Chavela, cuando durante los 80 pasó una década sin cantar, creando el mito de que había muerto. “Ella construye una leyenda negra, la Chavela Vargas que tuvo cuanta mujer quiso: ella iba en un caballo blanco y muchacha bonita que veía, muchacha que se trepaba al caballo y se la llevaba”, dice Alicia Pérez, quien crió a su hijo junto a Chavela en Tepoztlán, un pueblo al sur de la Ciudad de México. “Su música me conmovió en 1991 y aún conmueve hoy. Pero su alma y sus elecciones en la vida son lo que realmente agita mi corazón, recordándome constantemente vivir mi vida con la mayor honestidad y ferocidad posible”, afirma Catherine Gund, la otra directora, quien se propuso dejar que germine esa feroz verdad amatoria como relato-guía en el documental. Esa premisa permitió contar algunos amores de Chavela como un aporte sustancial inédito. Así se ponen escena los metejones famosos, como su presencia en la orgiástica fiesta de casamiento de Elizabeth Taylor en 1957 en Acapulco y “cuando todo el mundo amaneció con todo el mundo, yo amanecí con Ava Gardner”; o cuando pasó una temporada idílica en la casa de Frida Khalo (“sus cejas juntas eran una golondrina en pleno vuelo”), y cuando ella dijo adiós, la pintora le respondió “no te puedo atar a mis muletas ni a mi cama”. Pero también el documental cuenta romances con mujeres menos conocidas, con quienes huía en moto hacia las montañas, o sus problemas políticos por terminar “enamorando a las esposas de los ministros”. Pero no hay en este retrato solamente una visión romántica, porque también aparece la locura del tequila y el fetiche por las armas, vicios pasionales y destructivos que la cantante hereda de la cultura mexicana. Chavela es la crónica de una amante desatada, de un lesbianismo libertario, pero también de huídas y desamores, de violencia sentimental, del sufrimiento por dejar y por ser abandonada. Es la vida aventurera de la pasión y del dolor como un misticismo sin dogma.

PARTE DE LA RELIGIÓN

Cuando Chavela Vargas volvió a cantar a inicios de los 90, varias personas lo vivieron como un milagro, estaban seguros de que se había muerto luego de 12 años que habían pasado sin que pisara un escenario. En su primer viaje a España, Pedro Almodóvar conoce a Chavela entre bambalinas, y lo que era un amor a distancia, se volvió un matrimonio artístico. De hecho, ella consideraba a Almodóvar su “marido en la tierra”. Lo cierto que esta alianza modificó la mirada de ambas partes, Chavela ahora saldría de gira con el cineasta manchego, quien la presentaría en escenario de distintas ciudades del mundo, difundiendo su arte. El cine de Almodóvar giraría de la comedia al melodrama, y luego directamente al drama, siguiendo el patrón estético de eliminar la ornamentación de Chavela, en películas como La flor de mi secreto. “Miro con tanto respeto el dolor que lo filmo como si yo mismo estuviera rezando en el altar del dolor, hay cierto misticismo en mi mirada hacia el dolor... Me produce tanta emoción el dolor que me parece que es una especie de religión, una religión a través de la cual todos podemos comunicar porque todos entendemos muy bien lo que es el dolor. ¡Chavela es la gran sacerdotisa de esa religión! Además, el poncho que viste se parece a la casulla que lleva el cura para la misa, y hay algo que Chavela hace muy bien: es la artista que mejor abre los brazos, como un además de crucifixión. Chavela también tiene un rostro como de dios primitivo esculpido”, dijo Almodóvar, instaurando así el culto global por la cantante nacionalizada mexicana. El documental cuenta a la perfección ese renacimiento y esa mística de Chavela, su conquista insólita de teatros en París o su vuelta victoriosa y consagratoria a los escenarios mexicanos. ¿Por qué en esa época Chavela Vargas se convirtió en una figura de culto mundial? ¿Fue solamente el empuje de un Almodóvar que también se globalizaba tras ganar el Oscar con Mujeres al borde de un ataque de nervios? Fue antes de ese despegue de su carrera que Catherine Gund se cruzó con la cantante: "Cuando mi mejor amiga, que era chicana, murió de SIDA en 1990, huí a México. Allí descubrí las canciones de Chavela Vargas a través de unos amigos que la adoraban. Cuando vieron que yo andaba por todos lados con mi cámara y que me iba con la cámara a sus conciertos, ellos que querían entrevistarla, hicieron lo posible por conseguirla. Así fue que un buen día nos invitó a su casa en Ahuatepec. Las cintas de aquella grabación estuvieron en mi armario guardadas en una caja por más de 20 años.". Tal vez ese testimonio tenga una pista sobre por qué la canción tormentosa y el lamento entonado hayan encontrado eco en ese momento: la crisis del sida tenía a inicios de los 90 su peor momento, y el exorcismo cultual del dolor que escenificaban esas canciones hizo mella en la comunidad queer, que no fue la única afectada por el sida, pero sí de las más estigmatizadas. Aunque tal vez ella nunca haya hablado de la enfermedad, pero “los silencios en mis canciones son desgarramientos”, dice Chavela en el documental. En medio de la dolorosa pandemia del sida, Chavela en cruz sobre el escenario, mártir redimida que volvió del ostracismo para compartir sus dolencias, su canto lastimado para hacerlo grito primario y comunitario. Pero como las leyendas, más allá de la razón que la impuso, su pasión y su arte despojado no quedaron sepultadas en un tiempo, sino que se dispersaron hasta nuestros días, donde aún se siguen contando sus crónicas a galope de yegua. En 1999 llegó por primera vez a Argentina con un antológico Teatro Ópera sin butacas vacías, y luego en 2001 regresó con Almodóvar como maestro de ceremonias. Y volvió, y dejó su marca en Buenos Aires y la ciudad en ella. Como frase de despedida, Chavela nos regaló su dolor sin fin, de lágrimas como semillas que hacen renacer: “Pienso que sí me eternizaré. Pasará el tiempo y hablarán de mí una tarde en Buenos Aires. Cuando un día empiece a llover, les saldrá una lágrima, será una chavelacita muy chiquita.”

Ilustración de tapa: Maia Debowicz