Los mapas del goce
Pantalla plana | De cómo los cambios culturales calaron hondo en la comedia romántica de los últimos años, a partir de dos recientes estrenos de Netflix.

¿Se acuerdan de la comedia romántica? Ese género donde un chico conocía a una chica, había un flechazo, pero las circunstancias conflictivas los separaban… hasta que ya no los separaban más. Por supuesto que el formato existe desde el cine clásico, pero en los ochentas y noventas hubo una proliferación de comedias románticas y estrellas que le pusieron cara al sueño del amor para toda la vida (heterosexual, blanco y monogámico): Julia Roberts, Meg Ryan, Jennifer López, Drew Barrymore, Katherine Heighl y Kate Hudson ya pasando el 2000. Las protagonistas eran siempre mujeres que trabajaban, profesionales, independientes y hasta podían ser putas como Julia Roberts en Mujer bonita, pero el factor común, fuera cual fuera la cantidad de varones con los que habían tenido relaciones, era que no se lanzaban al sexo si no era por amor (o la promesa de una relación estable, por lo menos). Cuando el romance se daba en versión adolescente, dentro de comedias de secundario como Ni idea con Alicia Silverstone o Chicas pesadas, llegaba en cambio hasta el beso, y el género siempre fue durísimo en vapulear y demonizar a las chicas de menos de 18 que cogían. 

Mejores o peores, desde relatos desangelados hasta las gloriosas películas de Nora Ephron como Tienes un e-mail (1998) o Cuando Harry conoció a Sally (1989), lo cierto es que esas comedias delinearon una especie de mapa del amor en una época, de procedimientos y modos, qué hacer y qué no, cómo concebir y negociar las diferencias entre sexos. Mapa que no fue exclusivo del cine, sino más bien acompañó un momento de la cultura: las revistas para mujeres, la televisión, la educación escolar y otras instancias pedagógicas apuntalaban el mismo mensaje: se coge enamorada. El sexo se justificaba si estaba amparado bajo el manto redentor del amor monogámico. Eso fue lo primero que cambió en dos películas fundamentales que le pusieron fin, quizás sin saberlo, a aquel otro tipo de relatos: Amigos con derechos (2011) y Amigos con beneficios (2011). Como los títulos lo indican, la práctica común de coger con amigxs y de que el amor surgiera, o no, de ese tipo de relaciones más sueltas, llegó al cine y marcó un cambio de época. Sin estridencias, el tipo de comedia romántica de los 80-90 se hundió cómo el Titanic. Es imposible señalar exactamente cuando sucedió, pero hoy sería ridículo que, por ejemplo, una comedia romántica terminara en la iglesia, con el o la protagonista llegando para interrumpir la ceremonia. 

Y con respecto al sexo, si bien prácticamente no se producen ni estrenan comedias románticas a la vieja usanza, aunque sí comedias donde hay romance, parece haberse vuelto la continuación natural de los primeros besos. Incluso en una cultura como la norteamericana, donde el slut shaming es fuerte en las redes y los colegios, el cine parece haberse visto forzado a mostrar otra cosa. Así lo demuestran dos películas recientes de Netflix: una de ella, una comedia de secundario llamada El stand de los besos que trata de tender lazos al cine de John Hughes a través de la presencia de Molly Ringwald, ahora haciendo de madre y no de quinceañera. La protagonista es Elle (Joey King), de 16 años, que se enamora del hermano de su mejor amigo y, más importante, empieza a coger con él al segundo beso. Una secuencia de montaje divertida y feliz la muestra comprando una caja de forros en la farmacia, que tiene que esconder cuando se cruza con la madre del chico. No es un tema en la película el debut sexual de Elle; no se discute con nadie, solo se presenta el momento y ella coge, desde el deseo y no la reflexión: nunca visto. Ibiza, por su parte, es una comedia donde Harper (Gillian Jacobs, de Love) tiene que ir a España por trabajo y sus mejores amigas deciden acompañarla. El meet cute de Harper y un Dj español se da cuando ella tiene una pija fluo pintada en la mejilla, y luego hay una noche de sexo donde las amigas, cada una como puede y quiere, también cogen. La película no termina en pareja sino en posibilidad, lo mismo que El stand de los besos. Si hay futuro para la comedia romántica o la comedia con romance, es por ahí.