Barrilete cósmico
Antes de celebrar sus 75 años, Hugo Fattoruso desde Montevideo repasa una larga vida musical que aún se mantiene felizmente activa y que se puede recorrer en Fattoruso, el flamante documental del director uruguayo Santiago Bednarik. Desde los comienzos con Los Shakers en Argentina hasta la mágica deriva de Opa en los Estados Unidos, terminando con sus trabajos en Brasil y su regreso a Uruguay, el venerado pianista habla de todo y todos hablan de él, desde Jaime Roos hasta Chico Buarque, pasando por Milton Nascimento, Rubén Rada o León Gieco. “No me da el tiempo para mirar para atrás, porque esto sigue“, dice Fattoruso, que el próximo fin de semana estará tocando en Buenos Aires.
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“Un día los Reyes le pusieron un acordeón. Lo agarró y salió tocando.“ A los 95, Josefina Dolce ya camina lento. Ambula por la casa donde nació y vive su hijo Hugo Fattoruso, y tiene un decir claro, neutro. Las paredes descascaradas aparecen salpicadas, como islotes de historia, por fotos de Los Shakers, de Opa, de Osvaldo con melena mod y de Hugo con sonrisa Lennon '62. Josefina fríe milanesas a pedido de uno de sus nietos. Esa casa con patio en el medio no es muy diferente a la que, allende el río, vio nacer a Luis Alberto Spinetta y a Almendra en el Bajo Belgrano. Beat y tango, fritanga y mate. Son emblemas, finalmente; una manifestación melancólica de la gloriosa clase media que en los años 50 y 60 destacaron a Montevideo y Buenos Aires como puertos sofisticados, cultos y populares al mismo tiempo. En la casa donde Hugo Fattoruso nació, vive y quiere morir, resiste un piano vertical y discos de pasta con obras de Beethoven, Bach y Ravel. Es el legado de Antonio “Churrasquito“ Fattoruso, el padre. Parece que cada vez que iba algún amigo de los hijos a tocar alrededor de ese piano Antonio repetía: “¿Quieren un churrasquito?“ “De ahí el apodo“, dice Rubén Rada, mirando a cámara. Serio, algo emocionado, Hugo explica ahora mismo, al teléfono desde Montevideo, que su padre fue la persona más importante de su vida. 

El acordeón, entonces. Y después el piano, la guitarra y los tambores de los negros del barrio. En blanco y negro Montevideo. Incentivado por Churrasquito, con la falsa simpleza con que se fríe una milanesa perfecta, Hugo Fattoruso se constituyó en uno de los músicos más importantes de América latina. Según Jaime Roos, “lejos, por muy lejos, el mejor músico con el que toqué en mi vida“. Hablamos de retazos, piezas sueltas, instantáneas de la biopic titulada escueta e inevitablemente Fattoruso. El documental es la ópera prima de Santiago Bednarik, uno de los cineastas de la productora Coral Cine que, entre otros proyectos, ya estrenó películas sobre el Maracanazo y sobre el Mundialito de 1980. Y tiene lógica: en su densidad demográfica Uruguay debe ser el país con los mejores músicos y futbolistas del planeta. Como en ningún otro sitio el diálogo entre música y fútbol fluye naturalmente. Bednarik es guitarrista aficionado y especialista en sonido. Justamente el tratamiento sonoro de Fattoruso es un logro no menor en un film sobre un músico. “En principio la idea era hacer un documental sobre Opa“, dice Bednarick. “Lo llegué a hablar con los tres. Pero el primero con el que me reuní fue con Hugo. Al toque Osvaldo enfermó y murió. Eso fue en el 2012. Naturalmente el eje se corrió hacia la figura de Hugo. Y viste cómo es él: a la segunda charla se transforma instantáneamente en tu amigo.“

“Para mí fue una emoción muy grande. No verme, que no me gusta, pero sí tener mi vida ahí, servida, toda junta. Con los amigos que me acompañaron en la travesía“, dice Hugo. En pocos días cumple los 75 y, hay que decirlo, jamás condesciende a la nostalgia. Tomó este revisionismo como un aspecto oblicuo del presente. El fin de semana próximo la película se estrenará en la Argentina, en el CCK, y al día siguiente dará un concierto de piano solo. Está a tope con su música actual, con los proyectos, con sus viajes. “Con mi novia Albana Barrocas continuamos con el proyecto HA. Nos vamos a Japón, vengo de tocar en la Patagonia con Daniel Maza, tengo un par de conciertos con el Quinteto de Piazzolla. No me alcanza el día. Vivo a mil. No me da el tiempo para mirar hacia atrás. Lo único que me interesa es tener los dedos bien para tocar. Está genial la película, pero esto sigue.“ 

DE QUÉ PLANETA VINISTE 

Lo primero que se ve en el documental son sus contornos difuminados, como si se tratara de un alien o del hombre del futuro. El cuello alargado por el procesamiento de la imagen, la cabeza de fósforo de Hugo Fattoruso, convocan a la pregunta más elemental: ¿Quién es? ¿de dónde salió? No pertenece a la tradición folklorista y testimonial que transitaron Los Olimareños, Daniel Viglietti y Alfredo Zitarrosa; tampoco fue discípulo de Coriun Aharonian –el vector omnipresente de la música uruguaya–; no es un jazzista ni un decidor sentimental como El Sabalero, ni curtió la psicodelia del candombe beat como Eduardo Mateo y Rubén Rada, ni un cancionista como Roos y Fernando Cabrera. Junto con su hermano Osvaldo concibió una imitación genial de Los Beatles con Los Shakers –de la que reniega– y enseguida saltó a un jazz rock fusión universal y rioplatense, con Opa. Los Shakers fueron más importantes para el resto del mundo que para él. En la Argentina de la fragua del movimiento de “rock nacional“ –entre 1966 y 1970– arrasaron. León Gieco dice en el documental que eran fascinantes, ni más ni menos que como Los Beatles. Y remata: “¡Pero eran uruguayos! ¡En vez de tomar té, comían asado!“ Después de la fuga hacia adelante hacia Opa, Hugo se deslizó por diferentes formatos y países y lentamente, tal vez sin saberlo, se dedicó a procesar y decodificar la historia musical de su país como un aleph: el acordeón, el piano y los tambores, que es como decir el jazz, la canción, el tango, el candombe, la murga. La película no se detiene a profundizar esa genealogía, apenas la esboza; prioriza el ritmo del relato, los testimonios, el archivo. “Pensé en un público que quizás no está tan familiarizada con la música, ni con él. Gente que no lo conoce, o lo conoce poco. Opté por la historia de vida. Igual la música está. No podía no estar“, ataja Bednarick. Y sigue: “Quedó mucho descarte de la edición final. Da para hacer una segunda parte“. El musicólogo y ensayista Guilherme de Alencar Pinto, autor de la ejemplar biografía sobre Eduardo Mateo, Razones locas,  se detuvo en este detalle. En el medio de una crítica totalmente elogiosa, apuntó: “Habría cabido la posibilidad de escapar de la maldita modestia uruguaya y del mandato de que un largometraje no puede superar los 90 minutos, ponele 100, a reventar. A veces, en lo referido a la duración, más es menos: si el espectador entra más, vivencia más cada momento, entiende una mayor cantidad de aspectos, el tiempo pasa más rápido porque cada minuto importa más. Si lo dudan, vean los documentales de Martin Scorsese“.

Los testimonios son extraordinarios. No es otra que la aristocracia de la música popular latinoamericana la que se rinde a los pies de Hugo Fattoruso. Algunos, por haber contado con sus servicios y compartido giras y temporadas, como Chico Buarque, Milton Nascimento, Djavan, Joao Bosco, Jaime Roos, Rubén Rada; otros, por haber sido atravesados por su música o por alguna colaboración ocasional, como Litto Nebbia, Fito Páez, León Gieco, Hermeto Pascoal, Fernando Cabrera. “Todos exageran“, señala Hugo. “He sido muy feliz con los que toqué, y siento que soy millonario en amigos“. Vivió once años en los Estados Unidos, cinco en la Argentina y ocho en Brasil.  “Pero un día me di cuenta de que quiero morir en el Uruguay“, dice, como poniendo freno a tanta ruta.

LAS COSAS MAS SIMPLES Y LAS MAS COMPLEJAS

La película, en efecto, funciona como una road movie. Hugo entregó su archivo fotográfico y fílmico al director y el vértigo que sugieren algunas de las imágenes es el de un beatnik que en una misma maniobra toca donde sea para vivir, busca su propia voz –su música–, se enamora y tiene hijos. El nomadismo es incorruptible. En los Estados Unidos conoció la del príncipe y el mendigo. En 1969, en Nueva York, el trío Opa –que completaban Osvaldo en batería y Ringo Thieleman en bajo– se consolidó como una usina de groove que usufructuó gente amiga de lo ajeno como el percusionista Airto Moreira. Opa tuvo varias instancias en su largo paso por los Estados Unidos. Una constante era luchar contra las penurias económicas y dejarse aprovechar por la mezquindad de un ambiente que advertía el jugo que podían exprimir de estos exóticos sudamericanos. Firmaban contratos pésimos. Durante cinco años tocaron de martes a domingo en un local llamado Golden Chariot, regenteado por la mafia italiana. “Era una cosa seria“, dice en el film Rubén Rada. “Tipos de traje, que se daban besitos, con anillos. Lo adoraban al Hugo“. Cuenta ahora Fattoruso: “Eramos un trío de restaurant. Tocábamos sin parar, lo que viniera. Después seguimos. Hicimos el circuito de casinos. En Las Vegas nació mi hijo Francisco“. Paraban, cuenta, en hoteles donde las cucarachas medían como “un zapato número 40“. Muchas veces dormían en una Van. Junto con Rada atravesó en camioneta los Estados Unidos desde Nueva York hasta Los Angeles durante cinco días en que compusieron e hicieron un montón de arreglos en la ruta. De esos tiempos son joyas absolutas como “Montevideo“ y “Malísimo“. 

Fue largo el período yanqui, y algo desolado. “Desde Uruguay lo teníamos idealizado“, cuenta Jaime Roos. “Para nosotros Opa era lo más. No sospechábamos que tenían terribles problemas económicos“. La estación siguiente fue Brasil, y allí cambió todo. Estaba enamorado de su mujer carioca, los hijos hacían playa y los capos del MPB –Chico Buarque, Milton Nascimento, Djavan, Joao Bosco– lo disputaban como a la figurita más difícil. Todos hablan en Fattoruso. Chico refiere a su originalidad y frescura, Milton a la amistad y Djavan a cómo Hugo era capaz de “absorber el alma de la música“.

Más instantáneas. Se mezcla –anónimo y feliz– en un encuentro de acordeonistas en Salto, vuelve a Montevideo en 1981 y lo recibe una cuerda de tambores en el aeropuerto, invita a su casa a un grupete de candomberos... Siempre está riendo, lleva al parecer ese tipo de felicidad sencilla del paletero de playa de río. “Hugo me enseñó las cosas más simples y las más complejas“, dice Alexander Fattoruso. “Y me enseñó la poesía de la música“. No lo llama “papá“, sino Hugo, a secas. El, más Luanda, Francisco y Christian hablan en un castellano contaminado por palabras y tonadas en portugués y en inglés… Una cadencia propia: dicen, como pueden, como les sale, qué significa ser Fattoruso. Todos hacen música, y hablan: del padre y del tío Osvaldo. “Cuando tocan juntos es...“, deja la oración en suspenso Alexander. “Algo del más allá. Hugo y Osvaldo... Son 60 años curtiendo música juntos.”

Sobre el final los hermanos se trenzan en un terrible entrevero jazzístico de piano y batería. Osvaldo ya tenía cáncer y deja el alma en la zapada. Es conmovedor. Y curioso. A lo largo de los 80 minutos Hugo habla de todo, pero no menciona a Osvaldo. “Estoy agradecido de ser hijo de Antonio y Josefina, eso me resguarda. Y de tener los hijos que tengo. Eso es un tesoro”, concluye delante del piano hogareño. Nada dice de su hermano menor. La importancia de lo no dicho queda sugerida. Mucho se percibe en los pliegues de Fattoruso como un secreto, como una clave, como la contraseña blindada de una familia. Los Reyes pusieron el acordeón sobre los zapatos y él salió tocando: a partir de entonces todo fue inexplicable, extraordinario. El planeta de donde vino Hugo Fattoruso sigue siendo un hermoso misterio.

Fattoruso se proyecta el viernes 15 de junio a las 20, en la Sala Argentina del CCK. Al día siguiente, sábado 16, el músico dará un concierto de piano solo en la Sala Sinfónica, también del CCK. Las entradas gratuitas se retiran en Sarmiento 151 hasta agotar la capacidad de las salas.

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