Fuegas

¡Lengüetazo marrón!

Pues, ia mojada estaba. Nos habíamos entrelazado en los bordes de esa frontera de la cama, tus dedos pomelos componían ese fragmento teñido de confianza que tanto me gustaba y a medida que silenciabas, te pedía más rasgueo y erupcionaba tu lengua. 

Si, muyuspa, muyuspa, boliviana-extranjera, me desataste las trenzas desde el conurbano al centro de CABA y en ese hartazgo de escucharme, ia residía no solo en las verduras de tu sopa sino en la abreviatura de tu boca. 

Recuerdo esa vez en la universidad, recuerdo otra vez en la calle, recuerdo en la sala de espera de un CESAC-Hospital, recuerdo compañere, recuerdo labios parlantes desahuciados me veían cóndor sin plumas, cóndor sin patas. 

Más cerca de la cintura, como larva sin voz impaciente eructaste ¡sos boliviana!, pensé que eras jujeña, ah salteña, ¿no? ¿Pero estás segura?, mirá vos, ¡sos peruana! Perdón por las molestias, mi lengüetazo marrón, es dadora de sentidos, pues te sentía aquisito y mi nariz se desvestía en la curva de tu luna. 

Mi cuerpo no para de cantar y te inquietas participante, te anexas por esas notas que libran esa libertad, frotas mis tierras y yace manantial de tu piel. 

Un rayo parte las sombras de tus piernas, residiendo por Belgrano R u Once no había extrañeza, me amontone cerquita de tu hombro izquierdo y mi pelo-grueso-negro enganchado –como telaraña– quedo en las chas´ka de tu lengua menguante. 

No me sueltes, aunque nos aniquile esa mirada. 

Agarro el termo y vuelvo a cebarte ese mate migrante, pues seré siempre andina residente. 

Zigzagueando en sinfonía te miré: –mis ojos no olvidan esa lengua burócrata y cartesiana que penetra y oprime hasta el interior de este color. Pues esa lengua heteropatriarcalpomela es una maquinaria voraz que devora en las camas, en las fronteras y en este deseoso rincón. Nos tiran cactus minados para que pisemos mañana.

Me prefiero desnuda porque quiero y clandestina por si acaso, pues además de sangre somos fuego. – ¡Esta lengua tiene formas distintas y es agitada! dijiste. Te tomé de la mano y mi cuerpo marronada- tirando-café no quiere ser objeto de tolerancia ni amiga de la hospitalidad.  Pues ia al rato, por si acaso, también somos procreadoras de aparentemente 1 millón de niñxs-negrxs-marrones-indígenas-extranjerxs ¡si todxs!, que circulan hasta en las verduras de tu sopa.

Humedecida hasta la cintura, mi corazón late verbos y en ese delirio de mitos te eclipsas detrás de mis orejas. Y…   io pues te hurto un gemido. ¿Acaso debajo de esa pollera, adentro de esa manta, en lo profundo del awayu, en ese sombrero ondoso no podemos meterle lengua? Recuerdo alguna categoría académica que me mantenía emponchada y en su lengua solo era esa mujer-migrante-víctimade toda opresión punzante/tolerada que cae bajo sospecha. Te juro por la virgen que desata-tu-nudo que además muerdo y soy chorreante. Esa lengua que desde arriba nos exotiza también es racista.

Dibujo en tu fuente ese satélite de Tupac mientras tantito te paseas por los costados de mis pechos para llegar al punto de partida y acabo en tu mejilla. 

Me permito hurgarte en ese vuelo, libre de nuestros cuerpos y aterrizo para danzarte una saya, aquella, tocadora. 

Salimos a la calle, una sirena azul caza desmedidamente, curveamos ese callejón, me tiras un aventón, adentro y afuera de la cama.   

Pues, ¿acaso solo somos aceptadas con polleras y awayus en lugares delimitados, festivos o en el forro de tu cuaderno y soy bolita-sucia-sumisa-extranjera-peligrosa cuando me tienes cerca?

Estas lenguas no solo hablan tragedias, sino que mojan, abortan, menstrúan, cogen y pues también las hay invertidas. 

Mi lengua wassy toda rebalsa, por tu chas’ka pomela, mi lengua besa y galopea –prendida no te molesta– soy tu manantial que te foguea, desbordas, chorreas, gritas, paras y avanzas… residís por mi pezón marrón. 

Encendida. Uf, acaba/mos 

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