Opinión
La Independencia y la tierra

En estos días, terminando un libro sobre las mentiras y verdades de la Argentina agropecuaria junto con el compañero de El Manifiesto Argentino y militante agrarista Pedro Peretti, descubro que no hay mejor tema para la celebración del 202º aniversario de la Independencia que reflexionar un par de ideas sobre el pasado y el presente de nuestra Patria. 

Una es que desde el comienzo mismo de la organización nacional la cuestión de la tierra fue eje de la política argentina, aunque hoy parezca que no y [email protected][email protected] lo nieguen. Y la otra es que, por eso mismo, la tierra es (no casualmente) el más invisibilizado tema del presente.

En general, el pueblo argentino ignora que antes del 9 de Julio de 1816 hubo otra declaración de Independencia. Fue justo un año antes, el 29 de junio de 1815, cuando el caudillo oriental José Gervasio de Artigas declaró la “Independencia de las Provincias del Río de la Plata de España y de toda otra dominación extranjera” en la ciudad de Concepción del Uruguay, donde se celebró el Congreso de Oriente o Congreso de los Pueblos Libres (que eran entonces la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe y Córdoba).

Esa primera declaración de Independencia, de fuerte espíritu democrático y progresista, dispuso como uno de sus ejes que las tierras de los realistas y los latifundios en general debían entregarse en propiedad y para explotación agrícola a familias de criollos pobres, indios, mestizos y negros, a condición de prohibirles vender o hipotecar.

Ese solo dato explica la ausencia de esas cinco provincias en el Congreso de Tucumán al año siguiente, donde primaron una fuerte impronta conservadora encarnada en el riojano presidente del congreso tucumano, el obispo Pedro Ignacio de Castro Barros, y la férrea oposición de la representación de Buenos Aires al federalismo del congreso entrerriano del año anterior. Y cuyo ocultamiento bien explica lo que hoy es evidente: que el sector agropecuario contemporáneo, al que la sociedad argentina llama genéricamente “el campo”, se valió por décadas de este negacionismo a fin de imponerse como lo que es hoy: el sector de la economía más poderoso del país y por lejos el más concentrado y prebendario. 

Ese “olvido” es el resultado de una fenomenal desinformación e ignorancia inducidas, para ocultar la cuestión y sustraerla de debates y controles. Así han logrado convertir a los asuntos agrarios en una no-cosa, un no-tema, algo así como una especie de materia inexistente, no discutible. Y han impuesto y naturalizado un sobreentendido de inocencia y laboriosidad que es letal para la democracia y la economía. Al sustraer al sector agropecuario (principal actor económico del país) de todo control político y popular no sólo entronizan el libre juego del mercado sino que eluden e impiden controles, fiscalizaciones y reformas. El mensaje es perverso y antidemocrático: “Nosotros nos autocontrolamos; el Estado no sirve porque es burocrático, lento y corrupto, igual que los políticos”. 

La estrategia fue y sigue siendo mimetizar al sector con los pequeños y medianos productores, a quienes inocularon la consigna más astuta: “todos somos el campo”, “todos somos chacareros”. Repetidas hasta el hartazgo durante el conflicto de 2008, “convencieron” a la sociedad argentina de que “el campo” era todo igual y sin matices, y estaba siendo agredido. Y tanto la convencieron que, aprovechando la confusión del kirchnerismo al respecto, sentaron las bases del triunfo electoral de 2015.

Hoy el latifundio es gigantesco en la Argentina, y nuestro territorio está en manos de un reducido grupo de terratenientes-empresarios. Lo que no es razonable ni inocuo, ni benigno. Es peligrosísimo para la democracia, porque la concentración genera abusos de poder sectoriales incontrolables.

Casi nadie discute ni el latifundio ni el tamaño de las explotaciones agropecuarias. Sobre todo desde la década de los 70, cuando empezó la concentración y la invisibilización. Y lo peor es que desde 1983 la dirigencia política –salvo raras excepciones– en materia de política agraria piensa y actúa como si el latifundio no existiese. Pero sí existe. Es una rémora feudal que trata a todas las propiedades agrarias como iguales. Ése es el triunfo de la oligarquía terrateniente, que incluso con la aprobación de políticos y economistas niega su existencia diciendo que no hay oligarquía ni latifundio. Pero repetimos: el latifundio sí existe en la Argentina, y es un fuerte condicionante negativo del desarrollo.

Según estimaciones privadas del año 2004, unas 2 mil firmas controlaban más de 20 millones de hectáreas. Entre las principales: Bunge (260 mil has.), Fortabat (220), Bemberg (143), Werthein (98), Alzaga Unzué (66), Blaquier (45 mil). Sólo 6900 familias o empresas eran en 2004 dueñas del 49,7 por ciento de la tierra. Y ya entonces había 18 millones has. en manos extranjeras: Benneton, Stallone, Lewis, entre otros. Pues bien, 14 años después no se conocen informes, pero es más que evidente que las concentraciones aumentaron.

Ahí está el caso del banquero Jorge Brito, amigo de todos los gobiernos, quien en un reportaje publicado en Perfil en 2011 contó que poseía 67 mil has. en Salta y aspiraba a llegar a las 100 mil. Bueno, según la revista Fortuna y el diario Clarín, en noviembre de 2016 ya tenía 87.414 hectáreas. Por su parte, el empresario Eduardo Elsztain, dueño del Banco Hipotecario y principal terrateniente argentino, tiene casi 420 mil has.

Y el caso más grave, por tratarse del Presidente de la Nación, es la finca El Yuto, en la provincia de Salta, Departamento San Martín, propiedad de la familia Macri a través de su holding Socma y otras controladas, y que abarca unas 20 mil has., de las cuales fueron desforestadas 6 mil ilegalmente. No es la única propiedad agrícola de la familia presidencial, sin embargo, y hay autores que estiman que los Macri poseen ya más de 100 mil has. en todo el país, lo que los hace uno de los principales terratenientes de la Argentina, superando o igualando a otros como Eduardo Eurnekian, Alejandro Braun Peña y el ex futbolista Gabriel Batistuta.

Es hora de que de esto también se hable en un 9 de Julio.

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