CRONICA
RWANDA: EL FÚTBOL, LA MASACRE, EL INFIERNO…
En abril de 1994, hace 24 años, en el pequeño país africano se desató la matanza más mortífera de la historia de la humanidad. Y durante los tres meses en que los hutus intentaron exterminar a machetazos a los tutsis, también la pelota se manchó de sangre.

Corrí por la selva con mis piernas de jugador. De día, me enterraba entre los sorgos, a la noche escarbaba la tierra buscando mandioca. Alrededor de casa, escuchaba a mis compañeros de equipo, que cazaban. Eran justamente aquéllos a quienes yo les pasaba la pelota antes. Gritaban: ‘Évergiste, seleccionamos un montón de cadáveres, pero todavía no vimos tu rostro de cucaracha. Vamos a terminar descubriéndote. Vamos a trabajar de noche, si es necesario, pero vamos a encontrarte’. Discutían y se peleaban entre ellos, por no haberme capturado. Los jugadores eran los más tenaces para cortar a los otros. Tenían la ferocidad de la pelota en el corazón.”

Hutus contra tutsis: una introducción

Rwanda es un país muy pequeño, un puntito de 26.000 kilómetros cuadrados situado en el corazón de África, la región de los Grandes Lagos. La llaman “la tierra de las mil colinas” justamente porque a lo largo de su territorio se suceden sin cesar, serenas, una ondulación tras otra. Es un enorme jardín fértil “separado” del resto del continente justamente por su orografía, que le permitió durante mucho tiempo llevar una historia poco afectada por los acontecimientos que se sucedían en los parajes vecinos.

Históricamente, Rwanda se dividió en dos grupos de personas: los hutus y los tutsis. No existe aún prueba concluyente de que las diferencias entre unos y otros sean genéticas, como sí sucede en otros países de África. En el caso de esta pequeña república, que antes fue reino, la división se relaciona con los roles: los hutus, aproximadamente el 84% de la nación, son agricultores; los tutsis, el porcentaje restante, son ganaderos (hay, además, una pequeña cantidad de pigmeos). Desde siempre, gobernaron los tutsis.

Cuando Bélgica ocupó el país, en 1916, se ocupó de exacerbar las divisiones y propagar el odio. La metrópoli administraba el país apoyándose en el rey tutsi y los hutus se veían completamente marginados. El resentimiento hutu que existió durante siglos, el de someterse a la minoría gobernante, adquirió en el siglo XX así un doble cariz: estar contra los invasores europeos era, al mismo tiempo, desear que se acabe el dominio tutsi.

En 1962, cuando Bélgica se marchó del país, los choques entre hutus y tutsis ya se habían salido de control. Encima, por primera vez en la historia rwandesa, hubo elecciones y, también por primera vez, los hutus llegaron al poder. Hasta 1994, las masacres fueron corrientes: matanzas, exilios, venganzas y retaliaciones por lo que había sucedido en el pasado. Sin embargo, nadie podía presagiar la magnitud de la tragedia que acaeció después, probablemente la más mortífera de la historia de la humanidad.

Para abril de 1994, la situación era que los hutus controlaban el gobierno central y Kigali, la capital, pero un ejército tutsi, el Frente Patriótico Rwandés (FPR), ocupaba territorialmente gran parte del país. Un salvaje grupo paramilitar hutu, los Interahamwe, se entrenaba desde hacía varios años para cuando llegase el momento del enfrentamiento abierto. Y entre el 84% de la población que odiaba al 15% restante empezó a tomar forma la idea más drástica, la más terrible: la solución final.

Cuando, en la noche del sexto día de aquel mes, hace más de 24 años, el avión en el que iba el presidente Juvenal Habyarimana recibió un impacto de fuego y cayó (nunca se conocieron los autores del atentado), los Interahamwe decidieron que era la hora de actuar y, mientras el mundo miraba hacia otro lado, comenzó la gran debacle rwandesa. Los hutus radicales salieron en escuadrones a terminar con el “problema tutsi” y se lanzaron a la cacería. En tres meses, se estima que hubo un millón de muertos.

A esta historia debe agregársele un paréntesis, que la vuelve todavía más terrible y que, en algún punto, abre el telón a la entrada del fútbol en el naufragio. En un país pequeño y de diez millones de habitantes, concentrados en el campo, en pequeños pueblos y en unas pocas ciudades, todo el mundo se conoce. Se conoce y también se quiere. El resentimiento, al cabo, y las circunstancias de la política que hacen crecer el odio son, en circunstancias normales, propiedad de unos pocos interesados: los hutus se cruzan todos los días con los tutsis, se saludan, se ayudan, se casan, hacen el amor, tienen hijos, beben juntos, construyen, van a las mismas escuelas. Viven.

Esa cotidianeidad, sin embargo, permaneció luego, cuando la revancha fue terreno fértil para el desastre, como lo más terrible del genocidio, lo más oscuro, un trágico misterio para quienes intentan comprender cómo funciona la mente humana. Determinados a la exterminación total, con machetes, palos, piedras y martillos, los hutus no vacilaron en asesinar a aquellos tutsi con quienes, días antes, habían compartido buenos momentos, amistad, relaciones románticas y afectivas.

Se conocen casos de médicos que mataron a sus pacientes, y viceversa. Maridos a sus esposas, y los hermanos de éstas a sus maridos. Estudiantes y profesores, curas y fieles. Matanzas entre vecinos, clientes, masacres de amigos. Y entre tanta locura destructiva, como si el país estuviera sedado -y cegado- por la euforia asesina, el fútbol, deporte nacional del pequeño país africano, no se iba a quedar afuera de la tragedia.

El fútbol en el infierno

El testimonio del inicio de la nota es de Évergiste Habihirwe, ex jugador del Bugesera FC, un equipo de la región de Nyamata que por entonces competía en la segunda división. Se lo brindó a Jean Hatzfeld, periodista franco-malgache que ha publicado varios libros sobre el genocidio, con escalofriantes relatos tanto de las víctimas como de los asesinos. En “Una temporada de machetes” dedica incluso un capítulo al fútbol, llamado “La desaparición de las redes”.

Cuando la cacería comenzó, y los tutsis comenzaron a caer a machetazos, la milicia Interahamwe se convirtió en la vanguardia de los asesinos: los más salvajes, los más temidos. Durante días y noches interminables, grupos paramilitares de gente borracha y extasiada salía a matar de la forma más cruel posible a sus vecinos devenidos enemigos. En su trabajo “Fútbol, política y violencia miliciana en Rwanda: historia de un deporte bajo influencias”, publicado en 2012, Heléne Dumas, doctoranda en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, teoriza sobre la relación entre el fútbol y esa letal milicia hutu.

De entre todos los vínculos que la académica encuentra entre el deporte y la milicia, uno destaca por su potencia. El 6 de marzo de 1994, Rayon Sports, principal equipo rwandés, venció de visitante a un conjunto sudanés. Habimama Kantano, comentarista estrella de la radio extremista hutu RTLM, dio a entender que los jugadores serían recompensados por su victoria con bebida, mujeres y vacas. Un mes después, cuando el genocidio comenzó, los milicianos Interahamwe, muchos futbolistas, se emborrachaban para salir a matar (bebida), robaban y carneaban los animales de los tutsi (vacas) y violaban a sus esposas (mujeres): el mismo relator llamaba a la acción, por la misma radio, azuzando y pidiendo más brutalidad. 

“El ruido, los gritos, las canciones, el vestuario, la fiesta forman un conjunto de prácticas que pasaron con una sorprendente fluidez del mundo del fútbol al de las milicias”, explica Dumas en su ponencia. Vacas, mujeres y alcohol.

Muchísimos jugadores murieron en esos meses infernales, entre ellos Louis Kirenga, uno de los mejores arqueros del país, y Munyurangabo Lonjin, del Rayon Sports, considerado el futbolista más veloz del campeonato. Casi todo el plantel del Mukura, el club más antiguo del país, fue asesinado. A Olivier Karekiezi, capitán de la selección por más de 10 años y quien incluso llegó a jugar en Europa, le mataron a la madre y a los dos hermanos: “Los vi morir -dijo-, no me lo olvidaré jamás”.

Un caso muy particular, inédito y casi imposible en aquellos días de desolación, fue el de Eugene Murangwa. Los hutus le ejecutaron a 35 familiares, pero a él lo perdonaron porque quien iba a ser su asesino lo reconoció: era el popular “Toto”, arquero del Rayon Sports. “Uno de los Interahamwe, incluso, me pidió pruebas de que pertenecía al equipo y le mostré el pasaporte, con el que un mes antes había viajado a Sudán”, rememoró tiempo después.

La cacería terminó a los 100 días  (“Los 100 días que no conmovieron al mundo”, se titula un documental sobre Rwanda de la argentina Vanessa Ragone), cuando el FPR llegó a Kigali y tomó el poder. Si hubiera seguido un mes más, el objetivo hutu de la solución final probablemente se habría alcanzado.

Para Karekiezi, así como para muchos sobrevivientes, el fútbol jugó un rol clave en la reconciliación y el perdón. Paul Kagame, tutsi y actual presidente, es un fanático del deporte y lo considera un factor de cohesión. Pero, más allá de ellos, y de los esfuerzos de varias organizaciones internacionales por sanar las heridas, las cicatrices de la atroz cacería rwandesa permanecen abiertas. El rol del propio Kagame en la reconstrucción posterior del país, así como el papel que jugó en el momento de la cacería, es permanentemente puesto en discusión.

En todo caso, como siempre, la fe de de los que vivieron entre penumbras renace en la nueva generación. En 2011, una selección nacional se clasificó por primera vez para jugar un Mundial. Todos los jugadores de la histórica sub-17, que llevó el fútbol de Rwanda a la competición más importante del planeta, habían nacido después de la masacre del ‘94. Ellos, los que lograron que el país se enorgulleciese de su unión, no habían visto el desastre con sus propios ojos: no habían pasado una temporada en el infierno.

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