Entrevista a Pablo Zubizarreta, director de No viajaré escondida
Una caja de Pandora
En el rodaje de No viajaré escondida, en Santiago de ChileEn el rodaje de No viajaré escondida, en Santiago de ChileEn el rodaje de No viajaré escondida, en Santiago de ChileEn el rodaje de No viajaré escondida, en Santiago de ChileEn el rodaje de No viajaré escondida, en Santiago de Chile
En el rodaje de No viajaré escondida, en Santiago de Chile 

“Blanca Luz Brum es una mierdita. No tiene ninguna importancia. Está usted perdiendo el tiempo haciendo una película sobre ese personaje”, afirma con vehemencia una voz femenina durante el minuto uno de No viajaré escondida, el nuevo largometraje del argentino Pablo Zubizarreta. Quien lo dice, sin ningún atisbo de duda, del otro lado de la línea telefónica, es la prestigiosa crítica de arte argentino-mexicana Raquel Tibol, fallecida poco tiempo después de esa comunicación, a la edad de 91 años. El director de Grete, la mirada oblicua y 4 de julio: la masacre de San Patricio (esta última codirigida junto a Juan Pablo Young, la primera en colaboración con Matilde Michanié) hizo caso omiso a esa admonición y se embarcó en el proyecto documental que en unas pocas semanas estará participando del Festival Internacional de Santiago de Chile, entre otros eventos internacionales, poco antes de su estreno comercial en Argentina en el mes de septiembre. Y es que, más allá de la rotunda definición de Tibol, la de Brum es una figura tan enigmática, tan contradictoria, tan imposiblemente ubicua en diversos acontecimientos artísticos y políticos de Latinoamérica durante gran parte del siglo XX, que pocos realizadores obsesionados con la realidad y su registro cinematográfico serían capaces de pasar por alto ese canto de sirena. “Desconocía totalmente la historia de Blanca Luz y la primera vez que oí hablar de ella fue a través de la actriz Valeria de Luque, quien estaba interesada en hacer algo con ese personaje”, comenta Zubizarreta, antes de aclarar que la atracción por la vida de quien terminaría ocupando su labor creativa durante varios años “tiene muchas aristas. Por un lado, el hecho de ser alguien prácticamente desconocido que, sin embargo, tuvo una existencia que puede ser definida como aventura vital. Y de quien lo único que suele escucharse al recordarla es que solía estar entregada a un hombre, luego a otro, y así. A tal punto que alguien llegó a apodarla ‘el colchón de América’. Un personaje, al parecer, poco interesante más allá de su figura de femme fatale. Pero de a poco fuimos descubriendo lo que había detrás de eso, que más allá de una libertad sexual en una época en la cual esa elección no estaba bien vista, había una poeta, una escritora, una militante política. Y una persona que estuvo en todos los lugares clave de Latinoamérica en los momentos oportunos. Mutando, además, como si fuera una especie de Zelig que se va transformando: de un pueblito uruguayo a la elite montevideana de los años 20; junto a José Carlos Mariátegui en Perú y luego al lado de Siqueiros en México, vestida a la manera de Frida Kahlo; como secretaria de prensa de Perón en los años 40, como una rubia platinada”.

Zubizarreta cree que el vuelco político en las últimas décadas de vida de Brum, ya instalada en la pequeña Isla de Robinson Crusoe, frente a la costa chilena, fue lo que marcó el olvido de su figura en tiempos recientes. ¿Qué es lo que hace que una persona que abrazó firmemente las ideas de izquierda durante una parte importante de su vida se abandone al extremo contrario, apoyando el régimen recién instalado, a pura bala y sangre, de Augusto Pinochet? “Eso puede ser algo frustrante, pero al mismo tiempo es muy interesante, todo ese recorrido que va del comunismo acérrimo al apoyo del golpe militar”, continúa el documentalista. Una fotografía de Brum muy joven, sonriendo a cámara, una niñera sosteniendo a su primer hijo algunos pasos por detrás, es presentada en No viajaré escondida por uno de sus biógrafos más empedernidos, el escritor uruguayo Hugo Achugar. La ambivalencia, la contradicción, es instalada desde muy temprano en la narración de la película. “La revolucionaria con nanny”. Así es definida a partir de esa imagen congelada. “Ella se decía socialista, por más que apoyara a Pinochet. Lo cierto es que, políticamente, se manifestó más temprano que tarde en contra del comunismo acérrimo, en particular luego del pacto de Stalin con Hitler, antes de la invasión de Finlandia. Y es por eso, creo, que se enamora de la figura de Perón, a quien ve como un líder latinoamericano más parecido a Mariátegui. Es por esa misma razón que pensaba que lo de Allende en Chile era una aventura loca que iba a terminar muy mal. Más allá de la clásica estructura narrativa ligada al camino del héroe, tendemos siempre a la idealización, al recorrido unívoco y coherente. Pero los seres humanos no somos así, nadie lo es. El mito es apenas un espejo donde uno se mira. Y el mito alrededor de Brum es tan fuerte que los puntos de vista son muy contradictorios y de un mismo hecho se cuentan versiones muy distintas. Ella tuvo bastante que ver con eso, porque a lo largo de su vida escribió varias autobiografías en las cuales las situaciones y ocurrencias iban cambiando. Es muy difícil llegar a la verdad y uno siempre se encuentra con múltiples puntos de vista, con historias muy distintas. Muchas de las cosas que se han escrito sobre Brum no parten de una investigación basada en registros, en datos de la realidad, y están envueltas con una o varias capas de invención. Una de las ideas subyacentes de la película es justamente esa: ¿cuánto de nosotros mismos les ponemos a esos personajes e historias para que sean como a uno les gustaría que fueran? Lo interesante era descubrir a la persona, la humanidad detrás de esa figura histórica escondida. Y la película, ahora me doy cuenta, tiene un poco esa estructura, la de partir de la chapa, de lo superficial, de los hechos como puntos en la historia, y llegar a la descripción de una persona. De una mujer”.

A tal punto la historia de Blanca Luz Brum –artística– está poblada de luces y sombras, por períodos diversos y por las más flagrantes contradicciones; son tantas las anécdotas corroborables y tantas aquellas otras que nunca podrán formar parte de la historiografía más rigurosa; son tantos los ribetes y rieles secundarios que atraviesan su camino a lo largo del siglo XX que los 110 minutos de No viajaré sola parecen escasos. “Con todo el material que quedó afuera podría hacer otra película”, bromea con un sesgo de seriedad Pablo Zubizarreta, quien trabajó junto a Benjamín Ávila y Lorena Muñoz en la producción del film. Casualmente, Muñoz dirigió hace doce años el documental Los próximos pasados, dedicado a una obra pictórica de David Alfaro Siqueiros realizada en el sótano de la quinta del empresario periodístico Natalio Botana en Don Torcuato y que permaneció oculta durante casi siete décadas, mural redescubierto que también forma parte de la película de Zubizarreta. “Hay muchas historias interesantes que quedaron afuera porque fue necesario filtrar, acomodar, para lograr el objetivo narrativo. Incluso intenté en el montaje romper la estructura cronológica, pero al hablar de tantas cosas, de tantos procesos políticos, de tantos personajes relevantes que estuvieron al lado de ella, se corría el riesgo de perder el equilibrio de la organización”. 

El último tercio de No viajaré escondida   –una frase que nunca se pronuncia; en realidad, inversión de una línea de uno de sus poemas tempranos– encuentra a la protagonista cómodamente instalada en su pequeño reino chileno, “aburguesada, quizás”, según la definición de Zubizarreta. Todo cambia cuando decide ayudar a Guillermo Patricio Kelly a escapar, vestido de mujer, de la prisión chilena en donde se encontraba detenido. Un nuevo capítulo de una novela nunca escrita, aunque sí vivida. “En ese momento ella rompe nuevamente con todo: tiene una situación estable, está casada con un millonario, pero, así y todo, se lanza a la aventura, como si tuviera algo dentro suyo que le impide quedarse inmóvil”. Movilidad, cambio, reinvención. Métodos, formas, antídotos contra el olvido. “El único registro de su participación en el 17 de octubre de 1945 es el que ella misma escribe. Es como si siempre tuviera que escribir su propia historia porque, de otra manera, hubiera sido tapada, olvidada. Ocultada, quizás no casualmente, por las mujeres que vinieron después de ella: en el caso de Siqueiros por Angélica Arenal, en el de Perón, por Evita. El hijo de Mariátegui me contó que su madre le tenía prohibido a su padre nombrar a Blanca Luz. Incluso su obra poética quedó en un segundo plano, a la sombra de la producción de artistas como Siqueiros. El título de la película viene de ahí, de esa rebeldía, de su negativa a dejarse imponer un ocultamiento en la Historia. Su vida está llena de circunstancias increíbles, como si fuera una caja de Pandora de la cual surgen constantemente nuevas aventuras. Y tragedias”.

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