Panorama económico
Cuestión de tiempo
El promedio diario de pérdida de divisas que vive el país fue de 177 millones desde que llegó la primera remesa del FMI. Un hecho que confirma el escaso impacto que tuvo el entendimiento con el organismo multilateral para regenerar la confianza entre inversores y ciudadanos.
Imagen: Sandra Cartasso

Desde que el Fondo Monetario Internacional giró los primeros 15 mil millones de dólares del préstamo stand by, las reservas del Banco Central cayeron en más de 3500 millones. El ingreso de las divisas negociadas con el organismo de crédito se produjo el 22 de junio, en medio de una corrida vertiginosa. Ese día las reservas escalaron hasta 63.274 millones. En apenas 20 ruedas se esfumaron 3538 millones, para finalizar ayer en 59.736 millones. El promedio diario de pérdida de divisas fue de 177 millones. Este ritmo de fuga es otro dato que confirma el escaso impacto que tuvo el entendimiento con el FMI para regenerar la confianza entre inversores y ciudadanos. Las pérdidas se produjeron al mismo tiempo que el BCRA elevó la tasa de interés de las Lebac al 47 por ciento (en la última licitación la bajó a 46,5 por ciento, pero en las operaciones posteriores en el mercado secundario aceptó pagar 47,5) y ajustó duramente el torniquete monetario con subas de encajes bancarios, en tanto que el Ministerio de Hacienda emitió títulos de deuda con seguro de cambio -mejor imposible para el mercado- y convalidó una suba de la tasa de interés en colocaciones de Letes al 5,5 por ciento anual, contra el 3,1 de octubre del año pasado. Es decir que la batería de medidas defensivas que viene desplegando el equipo económico a un costo exorbitante en reconocimiento de intereses apenas pudo frenar la cotización de la divisa, pero no impidió que siga el drenaje de reservas a una velocidad que desbordará los diques de contención si no logra revertirse a corto plazo.

  El tiempo que compró el experimento neoliberal de los CEO hundiendo a los argentinos otra vez en el pantano de un acuerdo con el Fondo se consume de manera acelerada. La comprobación de esta dinámica, sin embargo, no ha motivado un cambio de rumbo por parte de las autoridades, que insisten de manera obstinada en mantener las medidas de política económica que condujeron a esta situación. Una de ellas, por ejemplo, es la libertad absoluta para la compra de divisas, sin siquiera establecer un límite como el que existía al comienzo del kirchnerismo de un máximo de 2 millones de dólares por mes. Como ya se ha mencionado en esta columna, aquellos que adquieren más de 5 millones embolsaron en promedio 216 millones de dólares mensuales en lo que va del año. Pasado mañana el Banco Central informará los datos de junio, que nuevamente exhibirán una dolarización exacerbada, en especial de los sectores más ricos del país. La desregulación cambiaria y el libre flujo de capitales especulativos constituyen dos pilares fundamentales del modelo macrista, afincado en la valorización financiera. Los supuestos de que esa libertad sería recompensada por el mundo con una lluvia de inversiones y por los empresarios argentinos con la generación de negocios y empleos, gracias al shock de confianza, no ocurrieron jamás. Nunca hubo segundo semestre ni brotes verdes que levantaran más de pocos centímetros del piso. El plan fracasó de medio a medio. Pese a ello, y ahora acorralado por los principales ganadores del modelo, el establishment financiero y el sector de los agronegocios que no acepta ni siquiera ante el riesgo de colapso del plan que los favorece ceder algo, aceptando un freno a la baja de retenciones a la soja, el Gobierno insiste en defender aquellos pilares que lo sumergen en las profundidades de una crisis a la que no se le ve salida. El problema a esta altura no es la suerte del Gobierno, si no la destrucción violenta de la calidad de vida de las mayorías populares, la verdadera pesada herencia que se deja a las generaciones futuras y a las posibilidades de desarrollo del país y el peligro de un estallido como el que el Presidente dice, sin un solo argumento, que no va a suceder.

  En lo que va del año la pérdida de reservas del Banco Central alcanzó una cifra impactante: 19.703 millones de dólares. El 2 de enero la autoridad monetaria disponía de 55.731 millones. Unos días más tarde, con la emisión de deuda en los mercados internacionales del entonces ministro Luis Caputo, elevó la cantidad a 63.906 millones. De allí en más la tendencia fue decreciente a pesar de la temporada alta de liquidación de divisas del sector agropecuario. El 21 junio, después de la corrida que empezó a fines de abril, las reservas habían caído a 48.478 millones, sumando incluso las líneas de crédito habilitadas con bancos internacionales y fondos de inversión. El 22 de junio ingresaron los 15 mil millones de dólares del préstamo del FMI, para recomponer las reservas hasta 63.274 millones. Ayer quedaron en 59.736 millones, 3538 millones menos en solo 20 jornadas.  La corrida desde el 19 de abril a la fecha ya costó 19.028 millones de dólares en pérdida de reservas, de los cuales 15.428 millones disminuyeron entre ese día y el 21 de junio (a un promedio de 341 millones diarios) y otros 3538 millones entre el 22 de junio y ayer (a un promedio de 177 millones diarios).

  Si se sostuviera la sangría de las reservas de 3500 millones de dólares por mes, a fin de año quedarían 17.500 millones menos, con el riesgo de que la continuidad de la tendencia agigante los temores de los mercados y agudice la dolarización de carteras. En ese caso en lugar de encontrar alguna posibilidad de bajar las tasas de interés, el Banco Central se verá obligado a mantenerlas o incluso a elevarlas. El presidente de Volkswagen, Hernán Vázquez, advirtió esta semana en una entrevista con Ambito Financiero que “con este nivel de tasas, no hay industria que se pueda sostener”. Es el mismo diagnóstico de los empresarios pymes y de la industria en general, pero lo novedoso de sus declaraciones es que ya no son solo los castigados del modelo quienes levantan la voz para señalar la inviabilidad de las políticas de Cambiemos,  si no que lo dice un referente de un sector mimado por el Gobierno, miembro de una multinacional. El ejecutivo también sostuvo que el sector está vendiendo autos a pérdida para achicar stocks por lo oneroso de sostenerlos con las tasas de interés vigentes.

  Sobre esa realidad económica, con una recesión galopante, el Gobierno pretende descargar un ajuste del gasto público de 300 mil millones de pesos el próximo año. Las partidas para construcción de viviendas, el rubro que más empleo genera en la obra pública, ya cayeron en el primer semestre de este año 48,9 por ciento en términos nominales, según informó anteayer Nicolás Dujovne. En 2001 se siguió el mismo camino de reforzar el ajuste fiscal en medio de una recesión y el resultado es conocido por todos. El Gobierno no parece haber aprendido de esa experiencia. Sigue apostando su suerte y la de todos los argentinos a recomponer el vínculo con los mercados de deuda para volver a obtener financiamiento externo. ¿Para qué? Para seguir con las mismas políticas de apertura de la economía a las importaciones, fuga de divisas, turistas yendo a comprar barato a Chile y pagos crecientes de intereses de esa misma deuda que llevaron al estrangulamiento actual. Por esa ruta, es solo cuestión de tiempo hasta toparse con un final estrepitoso.

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