La ceremonia, escrita y protagonizada por Tomás Soko, en Espacio Sísmico
La lucha eterna del vendedor de ideas
Entre el circo y el drama, el unipersonal presenta a un hombre en crisis, obsesionado y en permanente interacción con el público.
La obra pone el lenguaje en crisis y da en la llaga de la sociedad contemporánea.La obra pone el lenguaje en crisis y da en la llaga de la sociedad contemporánea.La obra pone el lenguaje en crisis y da en la llaga de la sociedad contemporánea.La obra pone el lenguaje en crisis y da en la llaga de la sociedad contemporánea.La obra pone el lenguaje en crisis y da en la llaga de la sociedad contemporánea.
La obra pone el lenguaje en crisis y da en la llaga de la sociedad contemporánea. 

Los domingos de julio y agosto a las 21hs, en Espacio Sísmico, espacio teatral del circuito de teatro independiente que acostumbra ofrecer obras de alta calidad, se da sala a La ceremonia, un unipersonal dirigido por Gabriel Páez, elegido como mejor obra circense en el 2015 por la Revista sobreBUE. Producida con aportes de Mecenazgo CABA, se estrenó en el primer Festival Internacional de Circo Independiente en El Galpón de Guevara, y desde ese momento la obra realizó diversas giras y, a su vez, atravesó distintas modificaciones en varios aspectos, abandonando lo esencialmente relacionado al circo, para construir un unipersonal multidisciplinario.

El suicidio de una idea y la decadencia del poder acompañan una ceremonia tragicómica en donde Tomás Soko, artista Egresado del Centre des Arts du Cirque Le LIDO (Toulouse, Francia) y La Escuela de Circo La Arena (Bs. As. Argentina), interpreta a un vendedor de ideas que alcanzará su máximo logro y allí, su derrumbe. Un sujeto anacrónico que encarnará diferentes personajes con tal de cautivar a su audiencia: vendedor de ideas, político, religioso. 

La obra se encuentra entre el circo y el drama, enriqueciendo la construcción escénica con malabares, trucos circenses, una corporalidad  acrobática, con baile, canto, y raptos en los que se habla en inglés y portugués. El lenguaje se pone en crisis. Se dice sin decir, se habla sin expresar demasiado. El cuerpo cuenta por sí solo el universo en el que está inmerso el protagonista único de la obra. Las ideas lo tienen de rehén, lo pasean, lo obsesionan, lo llevan hasta el límite vital. Es una pelea de vida o muerte, en la que no puede adivinarse quién ganará. Incontables papeles y papelitos llenos de pensamientos del protagonista pueblan la escena. En un banderín, en una oferta al público (gratuita), en el escritorio, en el cuerpo, en la boca del intérprete, en toda su cabeza. Juega con ellos, les da vida, los agarra, los suelta, se pelea, los devora, se apoderan de él. 

El vendedor de ideas interpela realmente al público, al punto tal que introduce la duda de si hay que contestarle o no a sus preguntas. Los espectadores participan, responden sus preguntas, piden ideas, tiran besos. El diálogo entre Tomás Soko y el público se vuelve fundamental, y deja ver un actor presente en un aquí y ahora que se modifica cada función con cada grupo de espectadores de la fecha. Se genera una construcción colectiva del suceso teatral, sin la cual no sería posible el espectáculo. Quiere convencer a su audiencia y en este acto, pone en la mesa todas sus habilidades y artimañas, en un intento desesperado por vender sus papeles, sus “cuatro modelos coleccionables” de ideas. 

La ceremonia, inspirada en el film Brazil(1985) de Terry Gilliam y en la novela de John Kennedy Toole La conjura de los necios (1980), plantea el poder desmedido de ciertas ideas y estructuras, el límite del lenguaje hasta que se vuelve insignificante, hasta que toma por completo la vitalidad toda, el cuerpo entero producto de una idea inmensa, la cabeza hecha papeles y papeles con escrituras, la desesperación por el sinsentido y la búsqueda irrefrenable del éxito, el suicidio de ese cuerpo hecho cabeza que da lugar a un nuevo renacer. Así, Tomás Soko y Gabriel Páez proponen una invitación a una ceremonia que da en la llaga de la sociedad contemporánea, en donde las ideas proliferan queriendo imponer su poder, llevando al sujeto a la gloria tan rápido como a su decadencia, consumiéndolo por completo.

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