Gustavo Bou
“Vivo una realidad que mi familia no tiene”
Con los pies sobre la tierra, como cada vez que regresa a concordia, el delantero de la academia se sumerge en su infancia en nébel, su familia, el recuerdo de su vieja maría amelia y revela una receta culinaria: el mate en la azucarera, con pan duro o el huevo que compartían cada dos hermanos, si conseguían 10 centavos
Imagen: Carlos Sarraf

Tiene una sola exigencia. Para conversar largo y tendido pide mate. Clásico, “sin ningún secreto y con la yerba que uso todos los días”. Entonces se apropia del termo y del mate como si fuera una pelota de fútbol. Lo arropa, protegiéndolo entre su brazo izquierdo y el costado de su pecho. Pero lo comparte, convida esa espirituosa infusión verde mientras se zambulle en las profundidades de su vida e invita a Enganche en un buen rato a conocer quién es Gustavo Bou más allá de una pelota. “En Racing he cumplido muchos sueños. Desde chiquito soñaba con triunfar, salir campeón, ser goleador del equipo campeón, jugar la Libertadores, ser el goleador (de la Copa). Me han pasado muchas cosas, hacer tantos goles en tantos partidos y que me pase en un club grande es cumplir un sueño”, cuenta Bou al tiempo que se acomoda en una silla y silencia el celular después de avisarle a su esposa que empezaba la entrevista.

-Esos son los sueños de futbolista de un pibe, pero también ese nene tuvo otros sueños: salir de situaciones de ciertas carencias, porque vos no naciste en una cuna de oro.

-Seguro que no nací en una cuna de oro. Pero mi sueño siempre fue poder vivir del fútbol. Ese era mi verdadero sueño y sabía que si me iba bien todo lo otro podía llegar: estar bien económicamente, tener mis cosas. Sabía que si cumplía ese sueño de ser jugador profesional, manteniéndome, todo lo otro podía pasar.

-¿Todo te costó mucho más de lo esperado?

-Todo me costó mucho porque vengo de una familia humilde con nueve hermanos (seis varones y tres mujeres), mi vieja, que la perdí a los 15, y mi viejo, que era el que mantenía todo. En ese momento solo pensaba en la pelota. Era lo mejor que sabía hacer, jugaba bien al fútbol, al básquet, al vóley. Todo lo que era deporte, para mí era fácil. 

-¿Y para los libros?

-No, para nada. No me gustaba, iba todos los días a la escuela pero no hacía nada. Cumplía, dejaba contenta a mi mamá y a mi papá, pero yo sabía que el deporte iba a ser lo mío. Aprovechaba todas las oportunidades que tenía en ese momento en el club. Cuando se compraba una pelota, cuando se compraba una pechera yo lo disfrutaba, yo lo vivía. Después, cuando estaba en la selección de Concordia ver diez pelotas me motivaba, me gustaba, me daba más ganas. Para mí, una pelota más era un montón.

-¿Ese era tu combustible?

-Era lo que yo deseaba, lo que yo quería era con la pelota de por medio, no con otra cosa.

-Recién decías que eras bueno para los deportes. Fue el fútbol, ¿podrías haber triunfado en otro deporte?

-Tal vez sí. Tenía 10 u 11 años, yo sabía jugar al fútbol y al básquet. No es por agrandarme, pero sabía que jugaba bien (se ríe). En ese momento me había enojado con mi técnico que me sacó porque yo era de enojarme con mis compañeros porque la pasaban mal. Y llegó un momento en el que mi técnico me echó porque así no me quería más. Y me fui. Ellos entrenaban a la tarde y yo iba y me sentaba. De un lado estaba la cancha de fútbol y del otro la de básquet. Una tarde, cuando estaba mirando sentado en la baranda, entrenaba mi categoría y ellos estaban haciendo fútbol, justo llega el entrenador de básquet porque empezaba la temporada, abre el baúl y tenía 20 pelotas. Al verme se me acerca Coco (el DT de básquet) y me pregunta si quería jugar y le digo que sí. Estaba en patas y me pidió que vaya a buscar a mi casa unas zapatillas. Yo no tenía, tenía unas que eran solo para la escuela y agarré unas zapatillas de mi hermana. Me enseñó la técnica y enseguida estaba tirando al aro. Hoy tiro y tengo los movimientos. Empecé a jugar en Mini (11 y 12 años) e iba a los torneos. Una vuelta, después de entrenar, me quedo a ver a los chicos de fútbol y se me acerca mi técnico (el que lo echó), el Polaco Blanco, y me pidió hablar para saber qué quería hacer: si jugar al básquet o al fútbol porque ya me había visto. Y le dije: “Si vos me echaste”. Y me propuso volver y me explicó por qué me había echado. Así volví y seguí jugando a las dos cosas durante un tiempo.

-Decís que sabías que eras bueno, pero…

-Sí, porque no jugaba sólo en mi categoría sino también con los chicos de mi barrio y cuando tenían que elegir, me buscaban entre los primeros. Yo jugaba con los más grandes, con los amigos de mis hermanos que tenían 20 años y yo 11 o 12. Yo iba y me ponía a jugar descalzo. Me terminaban sacando porque decían que no me quería golpear.  Y yo quería jugar. Les pedía a mis hermanos que me  sacaran. Ahora, cuando vuelvo al barrio, si alguno de los que pedían que no juegue me pide una foto le digo que no y se ríen y dicen que era para cuidarme (entre risas).

-Hablás permanentemente de volver al barrio, a tus orígenes. ¿Ahí es donde la fama se vuelve puro cuento?

-Yo llegaba a Concordia y me sacaba la camiseta. Siempre fue igual. Llegaba allá y hacía lo mismo que mis amigos, por ahí me descontrolaba y mis hermanos me pedían que me cuidara. Llegaba al barrio y quería ser uno más. Si estaban tomando una cerveza en la esquina, yo me quedaba con ellos y tomaba cerveza. Tal vez pasaban diez personas que no me conocían y decían “el negro va a terminar mal” y pasaban otros que me conocían decían lo contrario: “Mirá qué humildad”. O si iba al bar Ideal, el más cheto del centro, y me veían ahí estaba desubicado. Yo soy feliz ahí, en la esquina de mi casa. Hoy puedo ir a ese bar pero mi lugar es mi barrio. Nunca me afectó el qué dirán. El sábado me junté con mi psicóloga, la misma que tuve en River (Cynthia Inger), a quien me aferré cuando pasó lo de mi mamá. Ella me decía que nunca pudo creer que a esa edad tuviera el pensamiento de una persona de 20. Conmigo hablaba de otras cosas. Creo que eso es porque me he criado siempre con gente más grande y que cuando me fui a River vivía en la pensión con chicos de la misma edad, pero ahí todo es distinto porque tenés que estar atento. En la pensión podés pasarla bien o mal si te joden o no, porque uno tiene más que el otro. 

-¿Te trataron mal alguna vez?

-No, gracias a Dios no. Sí me jodían, y yo también jodía. Yo me reía, pero no me afectaba.

-Claro, hoy se habla mucho de bullying.

-Es que siempre existió eso. Es normal, no lo naturalizo. Hay que ver cómo le cae a una persona. A mí no me afectaba pero tal vez a otro sí. Es difícil estar en una pensión. Si uno supera eso puede superar otras cosas. Si yo superé lo de mi vieja, cualquier cosa que me pase en la vida la voy a superar. No digo de un día para el otro, pero yo estoy tranquilo porque sé que la voy a superar. 

-¿De dónde sale semejante fuerza? Porque cuando llegaste a Racing no la pasaste bien.

-Racing me agarró en un momento firme de la cabeza. Caí acá y (Diego) Cocca me eligió porque me había seguido en Olimpo cuando él estaba en Defensa y Justicia, algo que me dijo tiempo después. Cuando llegué a Racing venía de Gimnasia, donde las cosas no me habían salido del todo bien; había hecho un solo gol. Pero en el equipo anduvo muy bien hasta las últimas tres fechas, que fue cuando River salió campeón y nosotros nos caímos. Yo llegaba muy bien de la cabeza, porque al sumarme se dijeron muchas cosas y no me afectaron. Si eso me hubiera ocurrido antes, tal vez, no lo superaba. Supe entender el momento, la situación, lo que se estaba jugando y tuve mucha tranquilidad. Por eso creo que pude salir adelante.

-¿De esa situación negativa sacaste algo?

-Claro, eso es estar bien de la cabeza. Porque había periodistas que hablaban y decían cosas como que en vez de ser jugador yo era un albañil, porque mis hermanos laburan de albañiles. Me juzgaron antes de verme jugar. Yo era el que tranquilizaba a mis hermanos y no ellos a mí. Les decía que iba a dar vuelta eso y me iban a pedir disculpas. Era verdad el vínculo de mi representante (por Cristian Bragarnik) con Cocca, pero nadie sabía que a Cocca nunca me lo había cruzado y que lo conocí en Racing. Cuando fuimos campeones y fui reconocido no me dediqué a dedicárselo a nadie: sólo lo compartí con los míos. Mis hermanos no podían creer mi reacción porque ellos en mi lugar le hubieran refregado todo lo que dijeron, pero yo no. Es más sencillo todo: yo hago tres goles y no me creo Messi, me erro cinco goles y no me considero el peor del mundo. El fútbol es relativo.

-¿El fútbol tiene que ver con un estado de ánimo?

-Siento que el 90 por ciento es mental. Es lo que fui aprendiendo. El fútbol no es la pelotita, no es colgarla del ángulo o tirar caños. Es entrenar pero el jugador tiene muchas cosas que lo pueden poner arriba como abajo y pasa por cada uno cómo toma cada problemas dentro y fuera de la cancha. Por ahí te matás entrenando y el técnico no te pone. Está en vos cómo reaccionar y no bajonearte. El que llega a Primera es porque algo tiene. Después, uno mismo tiene que sentirse importante en el equipo. Si uno se siente importante en el equipo va a tener su oportunidad. Cuando perdés eso o cuando sentís que entrás para cumplir no sirve. Si te enchufás y te sentís importante es mucho más fácil lograr algo.

-¿Puede decirse que sos un delantero autogestivo? Sos capaz de crear peligro solo contra una defensa.

-Trato de estar y de aprovechar el momento. Busco que pase algo, que suceda. Yo jodo con mi apodo y digo que la Pantera no se va, la Pantera se esconde. Imaginate qué hace una pantera en la selva: espera, cuando la presa está débil ataca. Siempre fui así, trato de ver, capaz que el más débil es el 8 y me voy a jugar de volante por izquierda, o si el 3 está medio medio voy y le pido a mis compañeros que me dejen ahí.

-¿Qué te pasa con Ricardo Centurión?

-Es mi amigo, es mi hermano futbolístico. Lo escucho en la cancha y me motivo y a él le pasa lo mismo. Capaz que no puedo y me dice “dale Negro” y eso es un viento que me empuja. 

-¿Hasta cuándo vas a seguir jugando? Da toda la sensación que te movés por el deseo.

-Sí, vine porque es Racing. Me llamaron y no lo dudé. Volverme a encontrar con Centu fue muy bueno y nos cruzamos de nuevo en Racing. No es que lo buscamos, no nos pusimos de acuerdo. La vida es así, cuando menos lo esperás sucede.

-En River subiste a Primera como el goleador de inferiores y la cosa no fluyó…

-En River no tuve la oportunidad que un jugador necesita: tener 5, 10 partidos seguidos. Cuando debuté en el equipo campeón con el Cholo (Diego Simeone) estaban Falcao, Diego Buonanotte y sabía que debutaba en ese equipo porque tenía algo que el Cholo había visto. Pero se me hacía imposible, en ese momento, con Falcao. No tuve la suerte de que el técnico me dijera que iba a jugar 10 partidos y me iba a bancar. No jugué mucho pero aprendí mucho. Aprendí de ver. Hoy veo a los chicos de Reserva de acá y los veo más maduros que yo a esa edad. Cuando me fui a México paré un poco la pelota porque estaba más tranquilo y empecé a recordar todo lo que viví acá y me movilizó.

-¿La distancia te dio ese espacio?

-Sí, la tranquilidad más que nada por lo que es la Argentina y estar en un club grande. No es que yo me voy de acá de vacaciones a relajar. Yo me voy de acá y me voy a Concordia. No es relajación y allá (en México) podía caminar y nadie me conocía. Y si me conocían me saludan (hace el gesto con la mano), hay mucho respeto: por ahí se quieren sacar una foto y no te dicen nada. Después vas a la cancha y está llena. Tienen otra cultura, otra tranquilidad. Yo podía ir a buscar a mi hija al jardín.

-¿Es más complicado acá, entonces?

-No sé si es más complicado, lo que pasa acá es normal porque jugué casi siempre acá. Voy al shopping y si viene uno, vienen todos. Y no me molesta, para nada. Yo lo entiendo al que me pide una foto pero, a veces, es bueno ponerse en mi lugar. Si estoy comiendo tranquilo con mi familia y me pedís una foto y te digo que no, quedo como un forro. Es difícil. Cuando voy a Concordia, para los chicos de Concordia todo, los saludo y ellos ya me conocen. Y acá también, pero por ahí los nenes se quedan así (hace un gesto de quedarse quieto, atónito).

-México te devolvió cierto anonimato, ¿cuando estás acá no extrañás eso que tenías tiempo atrás?

-Uno ya está acostumbrado. Cuando me puse de novio con mi mujer, ella era la hija de Patita, mi suegro, presidente de un club y técnico. Y siempre le decía que el día del mañana iba a ser la mujer de Bou. Por eso no tenía que ponerse mal. Así le fui diciendo porque me tenía fe, yo sabía que me iba a ir bien.

-Mencionás mucho a Dios, ¿sos practicante? 

-Yo no voy a la iglesia pero rezo todas las noches un padre nuestro. Lo hacemos con mi señora. No recuerdo desde cuándo, hace mucho tiempo. No vamos a la iglesia. Empecé a agradecer, es algo nuestro. Tengo a mi hermano, Walter (el jugador de Boca), que sí va a la iglesia cristiana. Le cambió la vida 300% para bien. Para bien, con eso te digo todo. Él me quiso llevar muchas veces pero yo no quiero ir obligado. Respeto su creencia pero no. 

-Con nueve hermanos, ¿pasaste privaciones? 

-No, me ha pasado mucho no tener zapatillas. Hambre he pasado. Siempre recordamos con mis hermanos que llegábamos a casa y había pan duro o no teníamos azúcar. Hacíamos el mate cocido con un colador casero como con una media y, en vez de tirarlo en un vaso o una taza, lo tirábamos adentro de la azucarera que tenía restos duros de azúcar pegados en las paredes o en el fondo. Revolvíamos, raspábamos y comíamos pan duro. A veces, en la cena o el almuerzo, usábamos un huevo, que salía 10 centavos, y lo compartíamos entre dos. Poníamos la clara revuelta que hace espuma y a eso le agregábamos la yema y lo volvíamos a revolver y a eso le poníamos azúcar y pan y comíamos dos. Era un asado eso. Y a veces  no teníamos para comprar un huevo, no te digo para un guiso. Cuando íbamos a hacer mandados, si sobraba nos comprábamos un huevo y hacíamos eso. Y hoy, en cambio, no me falta nada para comer y tengo miles de zapatillas. Es algo que me quedó de chico y tener tantas zapatillas lo disfruto.

-Y con tu hija cómo manejás eso, porque a ella hoy no le falta nada.

-Le damos todo pero con mi señora, ante cualquier cosita, la ponemos en su lugar. Yo, por ahí, a mí me puede, ella está ahí. Por ahí está por romper algo y yo la dejo un poco. En cambio, mi mujer antes que rompa algo le pone límites. En mi caso se me hace difícil: no la quiero malacostumbrar. Que viva la vida que le tocó. A veces me duele que la gente que me quiere, que me conoce de chiquito, me entero que dicen “el Negro ya está, el Negro está salvado, la tiene fácil”. Me duele si me lo dicen personas que saben la vida que tuve, que me fui a los 14 años, que pasé hambre, que no podíamos pagar el pasaje para volver a Concordia. El que no me conoce puede decir muchas cosas, el que me conoce sabe de verdad por todo lo que pasé y el esfuerzo que hice. Nadie me regaló nada, todo me costó y mi familia estuvo cerca. Lo que yo sufrí, lo sufrieron ellos.

-¿No hay cierta mirada que indica que ahora vos sos o podrías ser un salvador?

-Puede pasar pero yo no me puedo meter en la cabeza de nadie. Trato que de este lado, con mi familia y mis allegados, hacerles entender que no se confundan, que no se pongan en mi lugar, que vivan su realidad. Yo vivo una realidad que mi familia no tiene. Lo tomo como buena suerte poder mirar al lado y ver otra realidad. A mí no me lo tienen que contar, lo sé, lo viví. Tengo cuatro hermanos que se levantan a las 7 de la mañana y terminan a las 15, llueva o no llueva, haya sol o no haya sol. Son albañiles y llega el fin de semana y a veces no les pagan. Mis hermanos agarran changas de vez en cuando y mis hermanas también, una de ellas vende ropas, la otra es ama de casa y cuida nenes.

-Hablás de la realidad y lo que te toca vivir a vos y a los tuyos, ¿cómo viste el país cuando llegaste de México?

-Estando allá nos decían que no volviéramos porque estaba todo muy jodido, que subía todo, que no hay trabajo. Nos costaba creerlo. Cuando llegamos a Concordia fuimos al supermercado a comprar para, al otro día, limpiar todo. No llenamos el carrito y cuando fuimos a la caja empezamos a pasar las cosas (hace el ruido pippippip de la caja) y cuando voy a pagar no me alcanzaba la plata, tuve que ir a la camioneta a buscar más plata. Ahí nos dimos cuenta y, en chiste, le pregunté a la cajera, que conocía, si las cosas eran de oro. Ella me dijo: “Imaginate nosotros”. Estuve varios días contando esa anécdota porque me quedé preocupado. No sólo mis hermanos, sino conocidos están sin trabajo. Vas al centro y hay muchos locales cerrados. Y eso nunca lo vi. Es un cambio. Antes no se conseguían locales y hoy tenés para elegir. 

-Entonces al ver esta realidad, ¿notás que los que menos tienen son los que peor la están pasando?

-Sí, seguro. No tengo dudas. Trato de que mi familia no se confunda porque si quieren vivir mi vida sería un error. Tengo la suerte de poder comprar un vino de 700 pesos y con eso mi hermano come una semana. Si lo compro es porque hoy puedo. Si él quisiera comprar un vino de 700 sería un error. Y si mañana me tengo que comprar un vino de 10 pesos no me cambia nada. 

-Concordia aparece como una ciudad para tomar el pulso de la realidad y es, a la vez, el termómetro de tu vida.

-Sí, cuando me retire nos vamos a ir a vivir a Concordia donde tenemos nuestra casa. La hice donde vivía mi señora. Compramos y nos vamos a quedar ahí. Hoy voy y están los chicos en la esquina, paro la camioneta, abro el auto, pongo música y me quedo con ellos. Con las inundaciones que tuvimos (en 2015) fui con mi hija. Ahí, en Nébel, pasa el arroyo Manzores que es para los desperdicios de los baños. Ando ahí, en las calles de tierra. Es mi lugar. 

-Hablás de realidad económica y social, en 2015 dejaste todo y fuiste a colaborar mucho después de las inundaciones. ¿Nunca pensaste en involucrarte en la política en Concordia? ¿No es posible pensar en un Bou intendente?

-No me gusta la política. No sé si es bronca o qué pero nunca me gustó la política. Pero con los años cuando empecé a ser más conocido, incluso con las inundaciones donde me robaron un camión (con las donaciones), no me vinculaba con ningún político. Siempre tengo ganas de hacer cosas. Pero, por ejemplo, cuando te piden de hacer un partido a beneficio y veo que lo quieren usar políticamente no me meto. Intendente no, pero sí poder hacer canchitas para enseñar a los más chicos. No para llevar a Racing, sino para sacar a los chicos de la calle. 

-¿Qué es la felicidad? ¿Nébel?

-Ver bien a mi familia, verlos bien, estar en Concordia. Voy a terminar en Nébel, con auto o sin auto, con plata o sin plata.

-¿No es gritar un gol a salir campeón?

-No, eso una alegría. En lo deportivo puedo conseguir muchas cosas. Es algo que disfruto mucho. Pero para disfrutar al 100 por ciento necesitaría que estuviese ella: mi vieja. Soy feliz, pero más feliz sería con ella.

 

Carlos Sarraf

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