Una salida ante “el derrumbe y la catástrofe”

“La industria del libro vive un momento de franca desesperación”, dice la nota en que Silvina Friera reúne la opinión de un calificado conjunto de editores (PáginaI12, 8 septiembre 2018).

Muy diferente fue la historia cuando la edición argentina, a mediados del siglo XX, fue capaz de apoyarse y apoyar la excepcional capacidad de creación que había –y sigue habiendo– en el país, de traducción, de oficio editorial y de vanguardia cultural. Por eso, logró que casi todas las grandes obras literarias y de pensamiento de la época (Freud, Proust, Joyce, Dante, Camus, Sartre, Kafka, Mann, Marx, Gramsci, Althusser, Levi-Strauss...) se tradujeran y publicaran, por primera vez en español, en la Argentina, igual que los grandes best sellers internacionales (Dale Carnegie, Lin Yutang, Saint Exupery, Wilbur Smith, Stephen King, Ira Levin, Tolkien, Bradbury, Charière...). Eso fue factible, entre 1950 y 1970, porque las editoriales publicaban para vender en todos los países de lengua española, no solo para el mercado local. Dos tercios de la facturación de Emecé, Sudamericana, Rueda, Siglo Veinte y Paidós eran por ventas al exterior.

Hoy, el principal problema es “el derrumbe” del mercado nacional, como dicen los editores, porque ningún país de mercado reducido puede sostener una industria editorial vendiendo solo en el mercado nacional. Al ser así, todo depende siempre de la coyuntura, y solo se conocen períodos excelentes o dramáticos, altibajos que no son desconocidos para las editoriales argentinas. Pero hay otro mundo posible, que está casi al alcance de la mano. Las posibilidades que ofrece una lengua común para 400 millones de personas es algo sin igual. No creo que se pueda decir que los editores tienen que ser comprensivos, porque “el país está sufriendo”; eso solo lo dice el FMI. Quien sufre no es el país, sino los pobres, los de antes y los nuevos. Este mismo plan económico, basado en “la épica del ajuste”, aplicado en España durante los recientes diez años de gobierno del Partido Popular, ellos lo consideran un éxito: aunque la mitad de los menores de 30 años no tienen trabajo, el número de millonarios (los que declaran más de 30 millones de euros al año) se disparó en un 76%, “y las grandes fortunas crecen sin parar” (ABC, 19.6.2018).

Seguir reclamando apoyos al Estado no funciona: no los ha dado ni los dará; no le interesa darlos, ni en momentos de desesperación ni de prosperidad. La industria editorial argentina tiene que conseguirlo por sus propios medios. Para poder crecer de manera sostenida, necesita un mercado internacional, lo que hoy en día no es difícil de lograr ni se necesita ser una gran editorial. No me refiero a las grandes multinacionales, a las que no se les puede pedir que exporten desde la Argentina, para lo que tendrían que trasladar lo que ahora son beneficios en países de moneda estable y sin inflación a uno de gran inestabilidad. Pienso en el resto de las editoriales, que representan un porcentaje nada despreciable, tanto a las que tienen un proyecto cultural como comercial. En la actividad editorial, no alcanza con sobrevivir, se necesita crecer, ya sea publicando cada vez más o haciéndolo cada vez mejor.

Para vender en otros mercados hay que ofrecer un catálogo atractivo, lo que requiere salir al mercado internacional de derechos de autor (de “contenidos”,  como dicen los productores de televisión) en el que Argentina tuvo, hasta los años ‘70, un excelente lugar. Luego, con un peso sobrevaluado, el negocio fue importar, y las editoriales argentinas desaparecieron del mercado internacional de los derechos de autor, dejándole todo a España. Exportar libros argentinos no quiere decir libros de autor argentino. Aunque si una editorial tiene una buena red de exportación, estará en mejores condiciones de incluir autores locales en su oferta. Exportar libros es un negocio, exportar autores argentinos es una acción cultural. Se requiere un esfuerzo para modificar el concepto de “exportación”, olvidarse del correo, de los paquetes y de los conteiners. La exportación física de libros es lenta, costosa, burocrática, y poco rentable. Es de un siglo que ya pasó.

Algunas editoriales están aprovechando las posibilidades de las nuevas tecnologías, enviando archivos digitales para que, en otros mercados, se haga la cantidad de ejemplares que se pueda vender, ya sea cincuenta o cinco mil. Es sencillo, las reimpresiones son rápidas, los costos son constantes, no hay problemas de papel ni de calidad. Además, no hay fletes, aduanas, controles burocráticos ni gastos de envío. Cada vez hay más empresas en España (un mercado más grande que el de todos los países latinoamericanos sumados) que dan este servicio a editoriales chicas y medianas de otros países. Esto es hoy la exportación, un negocio optimizado, sin stocks, sin requerimientos logísticos que ya no hay o son muy caros, donde la eliminación de gastos permite márgenes que aseguran concentrarse en la actividad esencial del editor: elegir qué publicar, contratar, encargar, desarrollar proyectos, traducir, diseñar, hacer todo el proceso previo a la impresión; lo que, en definitiva, es lo estratégico de la edición. Trabajos que no dependen de la localización, solo de una buena conexión a internet. Esto es lo mejor del aporte de las nuevas tecnologías: la digitalización de la edición, que no tiene nada que ver con el libro digital.

Cuando no existía internet ni se podía imaginar lo que llegaría años después, lo esencial se lo escuché decir a José Manuel Lara Bosch, entonces vicepresidente del grupo Planeta: “A América Latina hay que mirarla siempre en forma conjunta; si miras a un solo país, tienes un infarto cada cinco años”. Nunca tan válida como hoy esta concepción de la actividad editorial. Para exportar ya no hay que preocuparse por las tarifas de transporte ni por tener enormes depósitos donde guardar los libros, ni intentar sostener un precio estable en dólares. Hace dos semanas, un libro costaba 20 euros, y hoy cuesta 12. El gobierno, en lugar de intentar transformar el desastre en una alternativa, alentando la exportación de libros, les puso una retención.

Hace treinta años, España se quedó con todos los mercados del libro en español, que la Argentina y México no tuvieron posibilidades de sostener. Hoy España ya no parece una amenaza, mientras que su gran mercado interno (celosamente cuidado por quienes lo dominan) se convierte en una oportunidad. La amenaza está en otro lado, los libros vendrán cada vez más de China, el país que actúa más a largo plazo, por lo que no me llamaría la atención que comience a ofrecer facturar y cobrar en pesos argentinos.

Creo que hay que poner todos los esfuerzos en desarrollar una nueva forma de exportación y vender libros en todos los países. Publicar para el mercado local es como hacer malabarismo. El libro es un producto sin demasiadas ventajas diferenciales más allá de su contenido, pero tiene una: se puede producir y fabricar en cualquier lugar, algo que no podrían hacer los sojeros, por poner un ejemplo. La edición argentina tiene una oportunidad para volver a lograrlo.

Guillermo Schavelzon: Agente literario argentino establecido en Barcelona.

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