Horacio Molina murió ayer a los 83 años
Adiós al cantor de todos los géneros
Aunque transitó el bolero, el jazz, la bossa nova y la obra de Eduardo Mateo, Molina supo imprimirle al tango una marca de sobria elegancia, un fraseo tan único y distinguible que llegó a fundar todo un modo propio dentro del dos por cuatro.
“No sé si soy un cantor, soy más bien un músico que canta”, se definía Horacio Molina.“No sé si soy un cantor, soy más bien un músico que canta”, se definía Horacio Molina.“No sé si soy un cantor, soy más bien un músico que canta”, se definía Horacio Molina.“No sé si soy un cantor, soy más bien un músico que canta”, se definía Horacio Molina.“No sé si soy un cantor, soy más bien un músico que canta”, se definía Horacio Molina.
“No sé si soy un cantor, soy más bien un músico que canta”, se definía Horacio Molina. 
Imagen: Pablo Piovano

Ayer murió uno de los grandes cantantes argentinos: Horacio Molina. A los 83 años, falleció el hombre que transitó una gran variedad de géneros, pero que en particular supo imprimirle al tango una marca de sobria elegancia, un fraseo tan único y distinguible que llegó a fundar todo un modo propio dentro del género. Su hija, Juana Molina (fruto de su relación con Chunchuna Villafañe), fue la que dio la noticia por las redes: “Se murió mi papá. Justo en el día del maestro”. 

Molina comenzó a cantar profesionalmente en tiempos de Sábados circulares, y su primer disco, de los ‘60, tenía exclusivamente “canciones de amor”. También pianista y guitarrista, transitó el bolero, el jazz, la bossa nova, y fue uno de los primeros que de este lado del río interpretó y difundió a Eduardo Mateo. En su extensa discografía se destacan títulos como Hoy y Barrio reo, y entre las ediciones más recientes, Buenos amigos, un trabajo en el que recorrió clásicos de la música popular argentina de todos los géneros, con una gran variedad de invitados. Y también Horacio Molina canta a Alfredo Lepera, que como es lógico incluye clásicos de clásicos, pero que suenan como redescubiertos en su interpretación.

Como cantante de tango, fue admirado y resistido con intensidad por su particular estilo, de un preciosismo detallista hecho de sutilezas varias, de afinación y dicción justas, de fraseos inesperados. Algo que en el vivo podía fluir a lo obsesivo: quienes lo hayan visto recordarán que en sus conciertos podía, con total tranquilidad y como parte del asunto, empezar nuevamente un tema si lo consideraba necesario, porque según él había pifiado una nota o no había dado con el registro que quería lograr. Y así llegaba a la versión de “Flor de lino” que él tenía en mente, o mejor dicho en corazón, o a “El último café” tan valseado como buscaba, y dejaba sin aliento a su auditorio.

Sus conciertos estaban hechos también de mucho intercambio con el público, diálogos inteligentes, chicanas y contrapuntos varios, un ida y vuelta fecundo en el que el músico sabía hacer gala de su humor filoso, toda otra marca personal, y calzarse el traje de reo distinguido, personaje que era y le gustaba jugabar a ser. En su repertorio aparecía siempre Gardel, referencia ineludible a la que llamaba cariñosamente “la Bestia”, su primer contacto con el tango y su guía musical. “Siento que Gardel está dentro de mí y yo no me doy cuenta. Lo incorporé y no se nota”, decía. Y volvía sobre la anécdota de aquella radio de lámpara, grandota y marrón, que había marcado su infancia y su vida, porque de allí salieron las primeras formas de internalizar a Gardel. O a su padre, médico y escribano; a su madre, la que lo mandó a estudiar piano; o a su tío, que también tocaba el piano, era amigo de Bola de Nieve, le traía discos increíbles y lo llevaba a cantar con sus amigos, cantantes del Colón.

“Creo que debo saber, como mínimo, seiscientos temas de Gardel. Y debo saber cantar unos trescientos. A los 7 años cantaba de cabo a rabo ‘Golondrinas’, ‘Soledad’, ‘Cuesta abajo’ y ‘Melodía de arrabal’”, aseguraba. “Sin embargo, he oído mucha música en mi vida, no sólo Gardel, no sólo tango. Soy un gran escuchador de música, un curioso, un apasionado. Escucho todo, excepto lo que considero abominable. De Haendel a los contemporáneos, todo el jazz, toda la música brasileña, la que llaman étnica, todo. Si hay un indio tocando con un palito, quiero escucharlo, quiero saber de qué se trata. No puedo evitarlo”.

“No sé si soy un cantor, soy más bien un músico que canta”, se definió en una entrevista con este diario. “Me importa mucho cómo suena mi voz, qué sonido le saco a mi instrumento, no sólo cómo canto. Y, en ese sentido, aprendo todos los días y no paro de aprender. La voz es un misterio que transmite emociones. Ecualizo con mi cerebro cómo quiero que suene mi voz, ésa es la tarea. Lástima que el que maneja ese ecualizador es ese yo interior, que es un enfermo, un déspota implacable. No me deja pasar una. Es una exigencia tremenda a la que no tengo que enfrentarme, para no defraudarlo. Me pregunto cuándo me dejará en paz.”

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