A nivel global, las sociedades están atravesando un marcado fenómeno de prolongación de la esperanza de vida que, unida al consecuente aumento de la longevidad, viene provocando un importante crecimiento de la población de más edad.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que el porcentaje de personas mayores de 60 años en el mundo alcanza el 13% (aproximadamente 962 millones), con perspectivas de duplicarse en 2050. En nuestro país, uno de cada diez argentinos (10,2%) tienen 65 años o más, y en la Ciudad de Buenos Aires casi el 25% de la población es mayor de 60.

Las tendencias demográficas apuntan así a un protagonismo cada vez más importante de los adultos mayores. El horizonte temporal evidentemente se ha transformado prolongando la vida activa, realidad que no puede ser ignorada y que lleva a cuestionar la visión tradicional sobre los adultos mayores como actores pasivos de la sociedad para poder pensar políticas públicas adecuadas para este sector que adquiere cada vez más vitalidad y autonomía. 

En un contexto en el que el aprendizaje y la educación se consideran pilares de la calidad de vida humana, a la vez que un derecho social para todas las edades, la universidad viene abriendo sus puertas para los adultos mayores. 

Así, la gran mayoría de las casas de altos estudios nacionales han desarrollado programas específicos para ellos, sobre todo en el ámbito de las políticas de extensión. Sin embargo, más allá de esta valiosa y cada vez más variada oferta formativa de cursos y talleres, muchos de ellos hoy cursan carreras universitarias.

Las razones por las que los adultos mayores deciden ponerse a estudiar son muy variadas, pero siempre arraigan en cuestiones vitales. El perfil de estos estudiantes es, sin duda, diferente al resto, aunque siempre muy interesante. 

Muchos sueñan con la oportunidad que no tuvieron durante su juventud, buscando de alguna manera saldar una vieja deuda personal. Otros tuvieron una intensa actividad profesional, pero ante este horizonte temporal que se abre, buscan otra orientación para esta nueva etapa de sus vidas. No falta tampoco aquel que tiene enormes ganas de salir de su casa para mantenerse activo, o aquel motivado por incorporar nuevos conocimientos a aquellos que aprendió en la “universidad de la vida”.

 Cualquiera sea la motivación, el volver a estudiar es para ellos una oportunidad de potenciar su vinculación con la realidad social y, al mismo tiempo, desarrollar sus intereses, capacidades y habilidades mentales. La educación constituye así un factor esencial no sólo para su participación activa en la sociedad, sino también para garantizarles una mejor calidad de vida a medida que envejecen. 

El aprendizaje para las personas mayores tiene varias ventajas que trascienden la adquisición de conocimientos científico-técnicos, como ser: aumentar la confianza en sí mismos y en su autosuficiencia, el mantenimiento óptimo de las funciones mentales y la conservación de la memoria, el aporte al bienestar físico y la salud, el enriquecimiento intergeneracional, el incremento de la interacción social y, por qué no, el disfrute y la satisfacción personal.

Este crecimiento de los alumnos mayores plantea, sin dudas, nuevos retos a la educación superior, que debe ser capaz de abrirse a personas que ya no buscan una calificación profesional o una preparación para la vida, sino una educación más abierta, desvinculada de los imperativos de productividad y funcionalidad que demanda el mercado. Una educación que no necesariamente está exenta de las obligaciones de la vida académica y de la búsqueda del ansiado diploma, pero que está más enfocada a la realización personal.

Conocer las motivaciones, los anhelos y las expectativas de aquellas personas que vuelven a las aulas universitarias o las pisan por primera vez en el último tramo de sus vidas, es precondición no sólo para visibilizarlas, sino también para ajustar los programas y la oferta existente y futura a las necesidades concretas de este tipo de estudiantes. 

La Universidad del porvenir debe potenciar su pertinencia social, yendo mucho más allá de la clásica función de preparación para el ejercicio profesional, para dar respuestas a las necesidades de una sociedad que está en permanente cambio. En este marco, el aprendizaje permanente, entendido como la educación a lo largo de toda la vida, debe ser el norte estratégico que inspire políticas educativas cada vez más inclusivas. 

 


 

Liliana Oviedo (60 años). 
Carrera de Ciencia Política. UBA

El principal motivo por el que decidí estudiar una carrera universitaria fue, en ése momento, el haberme quedado sin empleo. Una vez más, sabiendo lo difícil que sería acceder a uno nuevo. De repente, tuve tiempo libre para mí, y decidí revisar en qué estado se encontraba una inscripción al CBC de unos años atrás. Sentí, por fin, la libertad de poder elegir qué carrera hacer, la única que me interesaba y que tenía en mente hacía tiempo. También tuvo que ver que siempre estuve esperando el momento propicio de volver a estudiar. Elegí Ciencias Políticas porque es una carrera que me encanta. Ya había averiguado acerca de sus contenidos y era todo lo que siempre me interesó: filosofía, política, historia, sociología. También me acercaron el plan de estudios y no lo dudé. Había encontrado lo que estaba buscando.

En cuanto a las expectativas, apunto a tener la posibilidad de participar en algún proyecto u organización y aplicar lo que aprendí. Lo que me mueve a estudiar es la satisfacción de reencontrarme con la estudiante que fui de joven o de de niña, que creí que se había ido definitivamente. 

Al principio, por mi edad, fue una sorpresa. Pero mis dos hijos me apoyaron desde que se los comenté. Siempre me acompañaron y estuvieron de acuerdo, y también se alegran con mis logros, a medida que voy avanzando.

 


 

Román Carballo (81 años). 
Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UNLAM

Habiéndome jubilado a los 69 años sentí que el camino no finalizaba allí, por lo que decidí continuar la marcha no autoexcluyéndome. Al obtener el título de Perito Mercantil inicié la carrera de Contador en la UBA, cursando la mitad de las materias.

Hubo profesores en la secundaria que despertaron mi interés por el Derecho, consolidándose mientras trabajé en compañías de seguros al tener contacto frecuente con los asesores legales. 

Sin duda, en la universidad el rendimiento fue distinto al de los años jóvenes, pero con perseverancia se superan las dificultades, perseverancia que también se requiere en la juventud para vencer escollos distintos. 

Cuando comenzaron los cursos, tenía algunos compañeros con 17 y 18 años, cuyo trato me rejuvenecía, siendo muchos de ellos ejemplos de esfuerzo, capacidad e inteligencia.

Mis familiares aceptaron de buen grado mi decisión de estudiar y me acompañaron durante ese tiempo adecuándose a mis limitaciones horarias.