Sebastián Berenguer dirige y Marcelo Melingo coprotagoniza Paso de dos
Cuando el represor no parece un monstruo
Como en Potestad, también de Tato Pavlovsky, esta obra estrenada en el Centro Cultural de la Cooperación complejiza el vínculo entre torturador y víctima.
Sebastián Berenguer y Marcelo Melingo.Sebastián Berenguer y Marcelo Melingo.Sebastián Berenguer y Marcelo Melingo.Sebastián Berenguer y Marcelo Melingo.Sebastián Berenguer y Marcelo Melingo.
Sebastián Berenguer y Marcelo Melingo. 

El viernes pasado se estrenó en el Centro Cultural de la Cooperación (CCC) una obra que, según su director, tiene como objetivo concientizar sobre los efectos de la última dictadura cívico-militar. Curiosamente, se trata de una pieza en la que el represor, protagonista de la historia, está puesto en un lugar de “tipo común y corriente”: un hombre que ama y sufre como cualquier otro. Para los amantes y conocedores del teatro, esta descripción puede remitir a Potestad, uno de los textos más célebres del gran Eduardo Tato Pavlovsky. Y pega en el palo, porque el material que acaba de subir a escena es justamente otra obra del fallecido dramaturgo, en la que también se “invierte la carga del represor” y se lo “saca de la monstruosidad”.

 La obra es Paso de dos y el director que la lleva a escena Sebastián Berenguer, el mismo que el año pasado hizo –también en el CCC– Hombres, imágenes y muñecos, obra iné- dita de Pavlovsky que significó todo un acontecimiento teatral. En esta pieza que ahora se ve, la acción transcurre entre “él” y “ella”, torturador y víctima que intercalan momentos de pasión e intensidad, en un vínculo complejo y ambigüo. Esos personajes están encarnados por Marcelo Melingo y Paula Morales y María Fernanda Vocos, que desdoblan al personaje de la mujer. 

“Es una obra que resuena porque hoy nuestro país está en una situación similar de síndrome de Estocolmo, enamorado de su represor, de su torturador”, dice a PáginaI12 Berenguer, quien muy atinadamente define al protagonista de la obra como un “trabajador de la tortura”. “Son los mismos mecanismos que entonces, la misma represión. Lo que estamos viviendo ahora es un nuevo toque de un péndulo que oscila en un sólo sentido”, agrega Melingo, que también habló con este diario para analizar cómo resuena una obra así “en un contexto donde gobierna la nueva derecha”.

–Uno dirige y el otro protagoniza una obra en la que el propio Pavlovsky ocupaba esos dos roles. ¿Eso es una presión o logran relajarse frente a esa vara tan alta que dejó el dramaturgo?

Marcelo Melingo: –Las dos cosas. En mi caso, como actor, por un lado es una responsabilidad y un desafío caminar los pasos de Tato en el escenario. Además, al ser una resignificación que hace Sebastián de la obra, uno se libera de las presiones y juega en un mundo propio. Tato en sus textos no usa casi didascalias, de modo que no propone un mundo concreto. Eso permite que cada uno le ponga el cuerpo, lo hago propio. En esta obra el mundo lo creamos los actores de la mano del director.

Sebastián Berenguer: –Yo siempre digo que lo que me gusta es poder crear mundos dentro del mundo pavlovskiano. En Tato siempre hay una ética, una estética y un lenguaje que a mí me interesan para explorar, para hacer propio. Es un autor que permite eso, un autor muy experimental.

–¿Y qué hay de él en esta puesta, entonces?

S. B.: –Hay mucho, sin embargo. En esta puesta, como en la de Hombres, imágenes y muñecos, que hicimos antes, se ve un teatro fragmentado, un teatro donde cada escena presenta un mundo. Esa falta de linealidad que nosotros decidimos acentuar es algo muy de Tato, muy de su forma de contar tan particular.

–¿Por eso dicen que es una obra actual?

S. B: –Por eso y porque la represión siempre será un tema hasta encontrar al último nieto. La dictadura cívico militar nos expropió bebes, además de desaparecernos compañeros, y en esa acción nos robó el nombre, la identidad. Nosotros desde la batalla cultural, desde el teatro, la seguimos buscando. Esta es nuestra manera.

–Hay sectores, ni más ni menos que las Madres de Plaza de Mayo por ejemplo, que no gustan de Potestad, otra de las obras de Pavlovsky que invierten la carga sobre los torturadores. ¿Les han hecho alguna objeción a ustedes?

S. B.: –No ha pasado aun pero es una posibilidad porque esta es una obra que la completa el espectador. Hubo gente que nos preguntó si era a propósito que se termine de algún modo queriendo al opresor y otra que nos dijo que deberíamos haberlo hecho más cruel. Es parte de lo que buscaba Tato, y también de lo que queremos explorar nosotros.

 

* Paso de dos se ve los viernes a las 22.30 en el Centro Cultural de la Cooperación, Av. Corrientes 1543. Entrada: $250.

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