Con optimismo cerró el congreso anual de conservadores británicos
May quedó rodeada y asfixiada
Con ataques a Corbyn, defensa de su plan de salida de la UE y el anuncio más sustancial, el congelamiento del precio de la nafta, la primera ministra habló durante una hora ante una nutrida audiencia que la aplaudió con respeto.
Theresa May subió al escenario en Birmingham al ritmo de “Dancing Queen”.Theresa May subió al escenario en Birmingham al ritmo de “Dancing Queen”.Theresa May subió al escenario en Birmingham al ritmo de “Dancing Queen”.Theresa May subió al escenario en Birmingham al ritmo de “Dancing Queen”.Theresa May subió al escenario en Birmingham al ritmo de “Dancing Queen”.
Theresa May subió al escenario en Birmingham al ritmo de “Dancing Queen”. 

Desde Londres 

Rodeada y asfixiada por la derecha de su propio partido, cuestionada como nunca antes por el Laborismo Corbynista y sin respuestas en la negociación por el Brexit con la Unión Europea (UE), Theresa May cerró el congreso anual de los conservadores en Birmingham con una apelación al optimismo nacional, el patriotismo y la moderación. “Con todo mi corazón creo que nuestros mejores días están a la vista y que el futuro está lleno de promesas. No dejemos que nos digan que no tenemos lo necesario para triunfar”, dijo May. Con frases de este estilo, ataques a Jeremy Corbyn, defensa de su plan de salida de la UE y el anuncio más sustancial, el congelamiento del precio de la nafta, la primer ministro llenó una hora de discurso ante una nutrida audiencia que la aplaudió con respeto y lealtad, pero sin fervor. A diferencia del congreso del año pasado, esta vez el problema no es May: el problema son los mismos conservadores. 

En 2010 los conservadores subieron al poder con el discurso de la “pesada herencia” (también en el Reino Unido:  13 años de gobierno laborista) y la herramienta de la austeridad como solución (ídem). En 2015 el entonces primer ministro Tory David Cameron fue reelecto sin apartarse de este doble discurso. En las elecciones anticipadas que convocó su reemplazante, Theresa May, en junio de 2017, la magia se había evaporado. La primer ministro perdió su mayoría parlamentaria y gobierna hoy con las muletas que le proporciona su alianza con el partido más reaccionario de la Cámara de los Comunes, los unionistas de Irlanda del Norte. En los cuatro días del congreso Tory comentaristas y militantes coincidieron que el gran desafío, además del Brexit, era contrarrestar la narrativa del partido Laborista frente a la historia ya gastada de la pesada herencia y la austeridad. “El partido no sabe cómo responder al desafío de Corbyn, a la sensación de que está llegando a los votantes con propuestas reales”, subrayó en el diario Evening Standard Anne Mc Elvoy, editora senior del semanario The Economist.     

Esa sensación se respiró en las más de 400 mesas de debate y discursos. En una de ella, una ex ministra, Priti Patel, señaló que los Conservadores suenan “defasados” y “regresivos”, aunque curiosamente propusiera una vuelta al Thatcherismo para recobrar la sintonía con el electorado. “Tenemos que volver a mirar todo con un lente conservador. Somos el partido de gobierno y si vamos a seguir con un lenguaje y una actitud ‘regresivas’ no vamos a conquistar al electorado. El gobierno tiene que escuchar, absorber lo que dicen nuestras bases, mirar las cosas de otra manera”, dijo Patel.     

¿Respondió May a los desafíos que plantea hoy el laborismo? En un intento de robarle al partido de Corbyn el sello de progresista, la primer ministro reivindicó que su ministro del interior fuera un hijo de la inmigración india, que el candidato Tory a la alcaldía de Londres sea de origen africano y que la actual representante partidaria en Escocia, sea lesbiana y esté a punto de convertirse en madre. May reivindicó también la inversión en el estatal Servicio Nacional de Salud, política asombrosa comparada con lo que sucede con un gobierno de similar inclinación política en Argentina. “Los Conservadores fuimos los que estuvimos a cargo del Servicio Nacional de Salud durante casi todos sus 70 años de vida. Y este año le dimos un regalo de cumpleaños, una inversión adicional de 394 millones de libras por semana”, dijo May.

La primer ministro procuró dividir a los laboristas por su política internacional, talón de Aquiles de Corbyn para muchos votantes promedio británicos. May elogió a figuras moderadas de la historia del laborismo y señaló que ninguno de ellos tendría una política blanda y complaciente a nivel de defensa nacional o respecto a Rusia. “Esas figuras del laborismo, orgullosas de nuestras instituciones, de nuestras fuerzas armadas, todavía existen, pero no son las que dirigen la oposición”, indicó. Los aplausos que ganó atacando a Corbyn, no borraron la sombra de su ex canciller Boris Johnson. En un evento el martes, que contó con la presencia de más de 1500 activistas, el principal rival de May y adalid del “Hard Brexit” lanzó un feroz ataque contra el plan “Chequers” de May al que tildó de “escándalo constitucional”, que no era “ni pragmático ni un compromiso”. 

La respuesta de May fue curiosa porque no mencionó ni una vez el nombre por el que se conoce su plan: “Chequers”. La primer ministro se comprometió a llevar adelante el Brexit y rechazó la posibilidad de un nuevo referendo, palabras que generaron uno de los aplausos más fuertes del discurso, pero al mismo tiempo reivindicó la necesidad de negociación con la UE. “No descarto que se pueda dejar la Unión Europea sin llegar a un acuerdo, pero eso no va a ser positivo ni para el Reino Unido ni para la Unión Europea”, dijo May. ¿Tuvo éxito?, ¿consiguió unificar al partido? Un discurso jamás iba a resolver las profundas divisiones que desangran desde hace décadas a los conservadores cada vez que hablan de Europa. La política sobre el bloque europeo provocó la caída de la líder británica más carismática de la pos-guerra, Margaret Thatcher, dejó contra las cuerdas a su sucesor, John Major, y hasta puede decirse que facilitó la elección del Nuevo Laborismo de Tony Blair. 

Pero si se compara este congreso con el del año pasado, a poco más de tres meses de perder la mayoría parlamentaria, fue un éxito haber salido viva de las fauces de la guerra civil conservadora. El año pasado May se quedó sin voz, tuvo espasmos de tos y las letras de la consigna que había a sus espaldas se cayeron a poco de empezar a hablar. Ayer la primer ministra pudo bromear al respecto. Salió al escenario bailando la canción “Dancing Queen”, de Abba, irónica referencia a las críticas que sufrió en una reciente visita a Kenya por bailar con robótica torpeza al son de unos tambores locales. Y se burló de lo sucedido. “Les pido que me disculpen si toso un poco. Les cuento que por las dudas me pasé toda la noche pegando las letras de nuestra consigna con un super-pegamento”, bromeó. 

La tensión no había desaparecido del todo. En el discurso carraspéo, pero no se ahogó. Las contadas veces que pareció atragantarse, los miles de militantes que la escuchaban se estremecieron, pero no se repitió el papelón del año pasado. La primer ministra sobrevivió. Con el 29 de marzo, fecha de salida de la UE, cada vez más cerca, las semanas de negociación con el bloque europeo y el parlamento británico serán mucho más complicadas. El 18 de octubre se reúne la UE para considerar la marcha de la negociación. En noviembre o diciembre a más tardar las dos partes tendrán que dictaminar si hay acuerdo o no para la salida británica del bloque. Cualquier sea el resultado, el parlamento británico debatirá y votará, con toda seguridad antes de la navidad. Recién ahí se sabrá si el discurso de May contribuyó a resolver los abismos que dividen a su partido o si fue apenas la pausa que precede a la tormenta. 

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