Marilú Marini, Alejandro Tantanian y su puesta de Sagrado bosque de monstruos
Retrato de una mujer santa pero libre
En una puesta con tono onírico que se presenta en el Cervantes, el director y la actriz ponen el foco en Santa Teresa de Jesús, que desafió las normas de la Iglesia Católica. “Fue una mujer apasionada, una mujer de acción, más allá de su camino espiritual”, argumentan.
La obra incluye canciones cantadas por Julieta Venegas, que estará en vivo en algunas funciones.La obra incluye canciones cantadas por Julieta Venegas, que estará en vivo en algunas funciones.La obra incluye canciones cantadas por Julieta Venegas, que estará en vivo en algunas funciones.La obra incluye canciones cantadas por Julieta Venegas, que estará en vivo en algunas funciones.La obra incluye canciones cantadas por Julieta Venegas, que estará en vivo en algunas funciones.
La obra incluye canciones cantadas por Julieta Venegas, que estará en vivo en algunas funciones. 
Imagen: Sandra Cartasso

En un año significativo para el movimiento de mujeres en todo el país a partir del debate histórico en torno a la legalización del aborto, el teatro se metió de lleno en esa agenda y jugó fuerte tanto abajo como arriba de los escenarios, nutriendo su programación con historias y temáticas en clave feminista. Es esa línea, precisamente, la que continúa la nueva puesta del Teatro Nacional Cervantes: Sagrado bosque de monstruos, que reconstruye de forma onírica parte de la vida y obra de Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada, más conocida como Santa Teresa de Jesús, o Santa Teresa de Avila, una mujer que desafió las normas de la Iglesia Católica y dejó huella.

Protagonizada por Marilú Marini, acompañada por un numeroso elenco masculino, escrita por Inés Garland y Santiago Loza y dirigida por Alejandro Tantanian, la pieza revela la pasión de la religiosa española, también escritora y autora de una vasta obra, quien fundó la Orden de Carmelitas Descalzos y construyó 17 conventos en toda España en el siglo XVI y fue canonizada en el siglo posterior.

Fue en 1969, mientras ensayaba Las bacantes, de Eurípides, en el Instituto Di Tella, que Marilú Marini se acercó a estudiar la vida de la santa, motivada por el director Roberto Villanueva. “Fue una mujer apasionada que buscaba un espacio de libertad dentro de una institución, pero rompiendo con esa institución. Ella resume, para mí, el contacto con lo mítico y lo espiritual, pero también con un trabajo de experiencia porque no fue solamente alguien que estuvo recluida sobre ella misma, sino alguien que se conectó con la realidad e hizo obras. Fue una mujer de acción, más allá de su camino espiritual. En ella el deseo se hacía obra, y eso me gusta mucho porque siento eso con mi oficio. Siempre estuvo presente en mí como inspiración y como motor”, confiesa la actriz. 

Muchos años después, entre los ensayos de Todas las canciones de amor, Marini le habló de Teresa al autor Santiago Loza y el deseo se hizo obra. “Mi debut teatral fue con Santa Teresa”, lanza por su parte Tantanian, y sorprende hasta a la misma Marilú Marini, quien no conocía esa historia. “Fue en el año 1981. Yo tenía 15 años, y lo primero que hice en teatro fue participar de un coro en un espectáculo que se hizo en el verano en los jardines del Museo Larreta, dirigido por Manuel González Gil, y que se llamaba Yo, Teresa de Jesús, basado en los escritos de Santa Teresa”, recuerda.

Con una extensa trayectoria como director, autor y actor, Tantanian desempeña desde enero de 2017 el cargo de Director General y Artístico del Teatro Cervantes, y en ese marco también asume la dirección de la obra que se destaca por una puesta en escena que aprovecha de manera original el espacio en refacción de la sala María Guerrero y combina un importante impacto visual y sonoro con intervenciones filosóficas, a cargo del sacerdote y escritor Hugo Mujica, y música hermosamente interpretada por la cantante mexicana Julieta Venegas. “Cuando me llegó el ofrecimiento para dirigir el Cervantes, pensé que este era un proyecto que podía cuadrar en la programación porque me parecía que era un espectáculo que podía hacerse en el teatro público. En el teatro independiente iba a ser complicado, y en el teatro comercial inviable, sobre todo en términos de contenido”, asegura.

–La obra revela que Teresa vivía lo sagrado como algo cotidiano. ¿De qué manera lo viven ustedes? 

Marilú Marini: –Vivo lo sagrado profanándolo. Lo sagrado no existe para hacer de él un acto de lo impuesto, sino un acto de lo creativo. Hay que tener el coraje de ir al vértigo de lo creativo, que no está pautado, y romper lo sagrado y hacerse presente, porque de otra manera uno se queda mirando la imagen que te ofrece una religión. Yo no soy religiosa, pero creo que estoy habitada por el deseo de hacer. 

Alejandro Tantanian: –Creo que lo sagrado tiene que ver con aquella cosa a la cual uno se consagra, y consagrarse a algo no significa respetarlo, sino dedicarse por entero a eso. Marilú, claramente, durante toda su vida se consagró al trabajo creativo y escénico, y yo hago eso también desde que tengo uso de razón. Lo sagrado es eso que te permite tener tu espacio de libertad. El espacio de Teresa eran sus conventos silenciosos para leer. El espacio sagrado de Virginia Woolf era su cuarto propio. Y el espacio de María Guerrero fue este teatro. Lo sagrado es el lugar propio que uno se construye para vivir.

–Precisamente un concepto fundamental en la puesta es el de la libertad, porque Teresa trabajó activamente por la libertad de las mujeres. Algunos incluso la definen como la primera mujer feminista de la Iglesia Católica, y esa convicción dialoga cinco siglos después con el contexto de lucha actual...

M. M.: –Sí. Teresa buscó su lugar dentro de su época y dentro de una estructura como la Iglesia, con la cual tuvo muchos conflictos. Ella no era aceptada, y tuvo que negociar para que la Inquisición no la juzgara. Ella, incluso, era de origen judío. Su lucha por tener un lugar propio, salvado del mandato moral y social, era enorme. Volvió a una cosa esencial de estar conectada con ella misma y con su deseo. Fue sincera con ella, y fue alguien que no era perfecto, sino alguien que se gestaba y se buscaba. 

–A propósito, este año concretó su segundo trabajo de dirección con otra obra teatral muy resonante respecto de la libertad de la mujer: Matate, amor, con protagónico de Erica Rivas y texto de Ariana Harwicz, que tuvo una notable repercusión en el público y en la crítica. ¿Imaginaba que iba a generar ese impacto? 

M. M.: –Esperaba que la obra fuese escuchada y, aunque no sabía que iba a tener la repercusión que tuvo había un convencimiento muy grande por parte mía, y también de Érica y Ariana, de poder hacer cuerpo ese material literario y que tuviera un contacto directo con el público. Había un deseo que ese discurso de libertad femenina, que puede sonar amoral para algunos, fuese encarnado. Tenía mucho deseo de hacer eso, porque admiro mucho a una escritora feminista francesa que se llama Elisabeth Badinter y que escribió un libro que hace una crítica hacia esta idea de que para que una mujer esté entera tiene que ser madre. Una mujer para estar entera tiene que ser libre, y eso es lo que queremos decir en Matate, amor y también a través de Santa Teresa.       

–Por su parte, transcurre su segundo año como director del Teatro Nacional Cervantes. ¿Qué evaluación hace de su gestión hasta el momento? 

A. T.: –Estoy muy conforme, en principio, porque pudimos hacer todo lo que pensábamos hacer hasta el momento y tenemos una maravillosa repercusión de público y una ocupación que está entre el 85% y el 92%, algo enorme teniendo en cuenta la cantidad de proyectos y espectáculos que hacemos tanto acá como en giras en el resto del país. Estamos muy contentos, pero en el medio de una situación de páramo que no está buena, defendiendo el espacio y haciendo lo imposible para que este sea el teatro de muchos y que la gente pueda seguir acercándose con precios módicos a ver uno de los mejores teatros que se están haciendo en la Argentina.

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