Vestida de diabla
Personajes. A los 23 años, Nathy Peluso, que nació en Argentina y vive desde hace bastante en España, se está convirtiendo en la artista del momento: ahora mismo, por ejemplo, todos sus shows en Buenos Aires están (casi) agotados. Un poco de música negra, una puesta en escena de “lo latino” llena de humor, letras frescas y atrevidas, una expresividad desarmante: su carisma excede a la música urbana y el trap, y la pone en el lugar de reina del soul en español.

Ahora que pasó un rato es evidente que Nathy Peluso excede el genérico “urbano”, sin desmerecer. Al principio –el año pasado, bueno– pudo parecer así, que en un salteado de actitud y buen gusto se iba a fundir en la escena global de personalidades soberbias que terminan languideciendo en la uniformidad musical. Pero de entrada hubo algo más en ella: una comicidad que es incapaz de proponer un artista que se toma demasiado en serio –y el ambiente está lleno de chicas y chicos que vivirán de fiesta pero son adustos–. Y una sensualidad, también, más rústica y hogareña que la construida por la media en base a cuerpos exhibidos y letras calentonas. Por último, el léxico, el acento mezclado, el sonido desconcertante que produce su voz y cautiva indefectiblemente. La diferencia final la hizo cuando publicó “Corashe”. Esa palabra recuperada y dicha así se habrá convertido en su marca personal, pero antes fue algo que hizo bien escuchar y dejó en claro que Nathy es hermana, es de las nuestras.

“¿Y vos por qué te asustaste? ¿Acaso no te comí a besos? ¿Acaso no te llené el vaso? ¿Acaso no deberías perder el miedo a vos mismo para evitar el fracaso? Te hace falta corashe”. Cae bien su naturalidad: que cante como habla y que hable como argentina con 14 años que lleva de sus 23 viviendo en España (nació en Luján y se crió en Capital en familia trabajadora: los padres decidieron emigrar para que tuviera más perspectivas de todo). Y es divertida la puesta en escena que hace de lo latino –por amigos boricuas y el amor por Celia Cruz, Gloria Stefan, la Thalia de los 90– y lo yanki, claro, a base de Hollywood y música negra. “Hay que hacer lo que te salga de la concha” es una de las frases de este valor repentino a punto de agotar todas las fechas de su gira latinoamericana, que empieza ahora.

Se sabe una afortunada por haber descubierto tempranamente para qué vino al mundo, que es a dar música. Ya se visualiza cantando en estadios con una gran orquesta a lo Luis Miguel. Por eso, y porque su descubirmiento musical es hacia atrás, con vinilos, ella tampoco se identifica con el mundo de las instrumentales programadas, aunque tiene que reconocer que gracias a la tecnología se dio a conocer. Pero si se buscan los videos de 2016 se encuentran sus covers de Nina y Ella, y allá en España la comparan con Amy. Por ahora su vida parece apacible en comparación con la de esas diosas. Y alegre, sobre todo: se ve en sus historias de Instagram que es un árbol en flor, agradecida y gozosa de lo inmediato y cotidiano como el sol, la comida o las alfombras de la casa.

Es autorreferencial y se pone en personaje en iguales proporciones. En su primer EP oficial, que salió a mitad de año, se presentó como La sandunguera, con un retrato fuera de lo obvio, donde está llorando. “Todos tenemos momentos tristes, son los que nos dejan detectar los momentos felices”, dice. Y en el single promoción grita y repite “estoy triste” como estribillo de un tema rapeado, finalmente afirmativo, lleno de fuerza y razón: “Yo me amo a morir. Si no lo hago yo, ¿quién lo va a decir?”. Mantiene ese discurso en las entrevistas, que circulan tanto como sus canciones porque son buenísimas. Dice en una: “Hay una equivocación muy grande y es que si vos te valorás sos un creído”. En otra, en un late show madrileño, buscó la cámara y dijo con gracia: “La gorda está triunfando”. Será su propio clásico televisivo.

Hablaba de cuando entrenaba gimnasia rítmica y le decían que por su contextura no tenía futuro. Era cierto porque es un deporte demasiado riguroso en todo sentido. Su formación principal fue en teatro físico, que ella define como “tirarte al suelo y hacer lo que te salga de la concha. No tener miedo al ridículo, cómo se ve de afuera tu posición física, cómo se escucha el sonido que emitas”. Hace unos días subió varias historias practicando danza improvisada. Para Nathy improvisar es un gesto de valentía porque nunca lo que salga va a ser perfecto. Y además la perfección le parece aburrida. La avalan los dientes torcidos que deja a la vista todo el tiempo por reír y reír.

Volvió a Argentina después de ocho años a cantar sus canciones para gente que las conocía. Imaginen su emoción esos días. Por nostalgia y porque piensa que la infancia es el momento más importante de la vida de un ser humano, no por nacionalismo porque dice ser del mundo, un fruto de la tierra. Pero hoy, acá, toda Nathy Peluso encaja con nuestra ola verde y la primera fecha que anunció en Buenos Aires se agotó en unas horas. Además, aún con toda esa carga de identidades, cantando un soul en inglés para la pizza de pepperoni, vestida de Adidas o de top y turbante, no puede ser más argenta. En ella es tan potente la expresividad que su talento parece un plus. Si fuera pintora, haría obras inmensas. Pensar que recién empieza a descubrirse produce un entusiasmo extraño: hace imaginar la música que vendrá cuando semejante apasionada viva sus primeras pérdidas y rencores, cuando la sangre se le haga más roja aún.

Nathy Peluso tiene fechas agotadas en Niceto, Groove y el Teatro Opera de La Plata. Quedan para el domingo 18 en el festival Nueva Generación, en el Hipódromo de Córdoba. Y también para el miércoles 28, en el Konex, Sarmiento 3131. A las 20. 

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