TEATRO
“No soy un ángel /  tampoco un demonio /  estoy sentado /  pero puedo ser tu novio.”
Franco Orcellet es activista trans, cantante, bailarín, actor y acaba de debutar como autor con la obra de teatro Amor infinito. Se inició en la escritura como un acto de rebeldía y se volvió un verdadero acto de autogestión. Se supone que personas en silla de ruedas no pueden actuar, ni bailar ni casi nada, mucho menos expresar su sexualidad. En esta obra se demuestra lo contrario.Y en conversación con SOY Franco y su madre, la guionista Ana Montes, cuentan cada unx desde su particular punto de vista, la experiencia de la discapacidad, la transexualidad, la familia y la militancia.
Imagen: Sebastián Freire

A pesar de que se pasó la vida jurando que nunca se iba a dedicar a la escritura, Franco Orcellet un buen día  puso manos a la obra y escribió Amor infinito, un texto teatral que da lugar entre otras cosas, a la actuación y a la danza de personas en silla de ruedas. Aquella promesa de no entrar en el universo de la escritura la había hecho en la infancia después de haber visto durante años a su mamá, la guionista de TV, docente y productora Ana Montes, renegar noches enteras para cumplir los deadlines. “Yo la veía escribir como loca, diez horas sin comer, sufrir y sufrir, y pensaba: ¿Quién puede querer dedicarse a esto?”, apunta Franco sobre su madre, que le puso letra a programas de la primavera alfonsinista, a Antonio Gasalla y a telenovelas de los noventa como Los ángeles no lloran.

Hace algo más de un año Franco llegó a la escitura de Amor infinito casi por default: quería actuar más allá de las muestras anuales de los espacios de teatro en los que participaba pero nunca quedaba en los castings. Le decían que no daba con ningún phisique du role, o directamente que la silla de ruedas no iba a entrar en el escenario. Y cuando empezó a presentarse fuera de su hogar como varón trans –además de la caída de mandíbulas que suelen generar las revelaciones en torno a la sexualidad de las personas con discapacidad- las excusas viraron a que era complicado asignarle un personaje que fuera “muy femenino o muy masculino”, y que su presencia confundiría al público. “La transexualidad para nosotros directamente no existe –explica Franco–. La idea de que una persona con discapacidad se pueda identificar con una identidad de género distinta de la que le asignaron al nacer no tiene lugar. Pero porque tampoco existe la sexualidad en sí. Somos criaturitas asexuales que no piensan en ‘eso’. Nada de la diversidad está contemplado tampoco porque por algún motivo se nos asocia con beatitud: ¡si sos un angelito!. 

Es increíble la cantidad de moldes a los que te someten”, dice Franco y recuerda que incluso han llegado a “invitarlo” a abandonar un taller de danza integradora –dirigido a personas con y sin discapacidad- con el argumento de que tenía las piernas demasiado torcidas y que no era estético. 

“Inclusive aquellas personas que supuestamente se prepararon para trabajar con cuerpos fuera de norma caen en lo mismo sin darse cuenta. Pasaron años y yo hoy me río de esas cosas y no culpo a quienes me han dicho ese tipo de cosas, sí creo que hay una responsabilidad social, más profunda, con este tema. Es que casi no existe verdadera formación para quienes trabajan con personas con discapacidad y tampoco se concibe que siendo una persona con discapacidad a vos te pueda interesar el arte no sólo para admirarlo, sino también para producirlo”.

Sebastián Freire
En el elenco de Amor infinito, escrita y coprotagonizada por Franco Orcellet, están Josefina Delgado, Florencia Porta, Joaquín G

AMOR CON BARERRAS

“Tuve una parálisis cerebral por una mala praxis en mi nacimiento. En mi infancia pude caminar con andador, hasta que por otra mala praxis perdí reflejos en la cadera y el movimiento en las piernas y tuve que bajar a la silla”, relata Franco. “Al contrario de lo que se creería, la silla para mí abrió una oportunidad. De la cintura para bajo tengo poca sensibilidad, pero esa sensibilidad se ha desplazado a muchas otras partes de mi cuerpo”. 

Fue en estos últimos años que pudo dedicarse tiempo completo a la danza, el rap y el teatro. En Amor infinito –la obra que dirige Ricardo Carranza, que tuvo ya unas cuantas funciones en Buenos Aires y que pronto comenzará su gira de verano por Mar del Plata y otras ciudades balnearias– se habla del fanatismo por Gustavo Cerati, de las redes sociales como catálogos de carne que aportan trabas específicas al encuentro y de que la silla de ruedas no tiene por qué ser, siempre y necesariamente, un signo que dé cuenta de una falta. Puede ser también una herramienta para explorar otras posibilidades de moverse y de habitar el mundo. Eso es lo que Franco canta en el rap con el que irrumpe en plena obra: “Te miro bailar y me inspiro, / entro en masturbación mental / aunque dicen que de sexo no debo hablar / que mis ruedas giran y no puedo fantasear / No soy un ángel / tampoco un demonio / Estoy sentado pero puedo ser tu novio”. (“Sexo giratorio”).

Poco antes de 2010, Franco empezó a transicionar. En 2011 empezó a ir al Durand para analizar las posibilidades de un tratamiento hormonal. En ese momento sus posibilidades de vestirse como él quería dependían de la buena voluntad de quienes lo asistieran. A partir de que su familia escuchó su pedido de un asistente varón algunas cosas empezaron a simplificarse. Ese primer asistente se llamó Rodrigo y fue “una señal de que en mi casa se empezaba a comprender lo que a mí me pasaba”. 

Invitada por SOY a participar de la conversación, luego de escuchar el relato que hace su hijo de aquellos  años, Ana Montes aporta algunas experiencias poco visitadas sobre los recorridos particulares de padres y madres que acompañan a sus hijos en una transición. Cuenta Ana: “Siempre es un proceso costoso. Ayuda el tiempo histórico sí, pero no es fácil, para nosotros no fue fácil. Hoy lo puedo contar de otra manera pero entonces yo no sabía cómo abordarlo. Y sentía una exigencia muy fuerte de que yo tenía que fingir que para mí esto era tan sencillo como un suspiro. Un día me llamaron del Hospital Durand y me preguntaron si yo era la mamá de Franco Orcellet. ¿Quién?, pregunté yo. Y así fue como me enteré”.

Pero habrá habido situaciones o señales previas que tal vez lo iban sugiriendo, ¿no?

Franco: Es que mi relación con el género fue siempre muy fluida. No era tan masculino, sino más bien no binario, por lo menos en un principio. Le decía a mi psicólogo que con algunas personas era de un modo y con otras personas puedo ser más completo. Cuando salió la Ley de Identidad de Género eso me dio una herramienta para encasillar lo que me pasaba. ¿Viste que todos necesitan etiquetas? Se ve que también yo las necesité. Entonces me acerqué al Durand y empecé un tratamiento hormonal, también con un psicólogo.

Ana: Puede ser que yo antes del llamado del hospital hubiera percibido algo pero no a esos niveles. En su infancia íbamos a la juguetería y me pedía un metegol o un juego de pirata, ¿y qué problema hay? Yo se lo compraba. Después en la adolescencia tenía esas relaciones superespeciales entre chicas, muy pegadas, pero no me parecía que fuera definitorio de nada sino propio de la exploración de la edad. Nada me parecía raro, ni esto tampoco, sólo digo que cuando te llaman de un hospital para hablarte de tus hijos, por supuesto que te asustás. Me citaban a hablar de su identidad de género.

¿Y qué contestaste?

A.: Dije que Ok, pero que me respetan los tiempos de articular este dato nuevo, de que tuve una hija y ya no es tal. Obviamente que acá el foco no soy yo ni mi historia, pero no me pidan que me levante mañana como si no hubiera pasado nada. Si no, es muy violento.

No se habla mucho de qué pasa con los familiares que acompañan...

A.: Yo siento que respeto pero quiero también ser respetada. Hay algo con los opinadores externos… Pueden ayudar o a veces no. Lo veo con el tema de la discapacidad. Como madre empezás a vivir cosas que te van exigiendo trascender lo que se supone que era “el camino” y eso siempre es rico. Pero por los tratamientos y diagnósticos de la discapacidad no quiere pasar nadie y, por el contrario, la crianza de la diversidad parece que fuera una fiesta loca. Yo lo veo como un momento en la vida de mi hijo en el que él fue gestionando algo con lo que yo ya no tengo nada que ver. Él tiene una experiencia absolutamente desconocida para mí. Aprender a nombrar a los hijos de otras formas es un groso proceso, no exactamente una fiesta. Y ni hablar cuando aparece la presión, yo tuve mucha presión. 

¿Por qué presión?

A.: Se había aprobado la ley de Identidad de Género, y Franco estaba en plena transición y militaba. Yo lo hablaba con mis amigas de toda la vida, brillantes, licenciadas, tipas que yo creía re piolas, me decían: “A tu hija la han agarrado por cuestiones políticas. Como es discapacitada la quieren con ellos, te la han secuestrado”. Hay un alboroto alrededor muy fuerte y tenés que poder decir “esto no es mío, yo acompaño y respeto, no puedo decidir, decide mi hijo”. Después está la idea de que los hijos son para el orgullo, para mostrarlos, sacarles fotos. De pronto, cuando las cosas no son como todos quieren, hay un gran costo y parece que lo tiene que pagar la madre. A mí en la escuela, que supuestamente era integradora, la portera que lo ayudaba a ir al baño me quería cobrar un extra. Un día me paré y le dije: yo no tengo nada que pagar, esto es una escuela integradora y yo pago la cuota. Te tenés que estar defendiendo porque en todo lo que está referido al hijo con discapacidad está la culpa. Mientras, vos tenés un nivel de gastos que te obliga a trabajar el triple de lo que trabajabas antes. Sin parar. Un libro por día, sin vacaciones.

¿Y cómo llega la escritura para vos, Franco?

F.: Cuando crecí le conté a mi mamá que alguna vez había pensado en escribir, en ser parte del “negocio familiar”, pero que haberla visto trabajar así, quemándose la cabeza, me desalentaba. Encontrar el teatro me pareció un término medio. Estudié danza en el IUNA, estudio canto hace muchos años. Empecé a ver que todos mis compañeros hacían audiciones y yo iba con la silla y los directores me miraban y preguntaban: “¿cómo me adapto a vos? ¿cómo hago para que encajes en algún personaje?”. Lo dicen por la silla y por la transexualidad. Ahí dije: listo, lo que me queda es escribir una obra y protagonizarla. Escribí un unipersonal primero y después fueron entrando otros personajes. Así que Amor infinito empezó como un acto de rebeldía y con las ganas de generar un proyecto dando vuelta los términos: ahora no necesito que alguien me contrate, ¡de mi obra soy inechable!

¿Cómo se formó el elenco?

F.: Empezó como un proyecto con amigos el año pasado. Siempre rondaba la pregunta: ¿cuánta gente podría llegar a estar interesada en ver un musical con actores en silla de ruedas? Ahora llenamos la sala. Para esta puesta de este año mi mamá me sugirió “Llamalo a Ricky (Ricardo Carranza), que vas a ver lo necesario que es un director, él te va a saber ayudar”. El director había tomado la primera clase de su vida con mi mamá. Así se empezó a formar el nuevo elenco, él empezó a convocar otros actores. El personaje que más nos costó encontrar fue el de Luna (Josefina Delgado), la coprotagonista. No hay formación actoral para gente con discapacidad. No encontrábamos a nadie. Hasta que un día nos hartamos y pensamos “Ya fue: ponemos a una actriz cualquiera que se siente en la silla”. Finalmente encontramos a Josefina, actriz profesional, que había tenido un accidente hace dos años y estaba en silla y esta obra la ayudó a poder volver al escenario. 

Pero existen varias escuelas de danza integradora en Buenos Aires...

F.: Insisto con que no están formados para trabajar con personas con discapacidad desde una perspectiva más o menos actual. Están formados para ver el error como si fuera danza clásica. Crean hasta donde pueden algo diferente pero no pueden escapar de idealizar al cuerpo típico de la danza, técnica pulcra, una estética donde no hay una búsqueda de disfrute en el movimiento sino mucho sometimiento. Si de grande tenés una lesión medular y pasás a estar en silla, tu cuerpo se mantiene totalmente erguido. Podés hacer una coreografía con la silla y hay algo de la elegancia que se mantiene. Entonces buscan a ese tipo de persona. Ya te digo que a mí no me elegían porque tengo un pie torcido. En ese contexto, conozco a Flor Regina, mi profe de canto, la única persona que no me preguntó nunca si estaba seguro cuando le dije quién era. Simplemente, me dijo que a la vida venimos a ser felices. Y con mi transición, tal vez es más complicado el tema de cantar, me cuesta aceptar mi voz,  porque trato de huirle a las hormonas, pero ella siempre me acompañó. 

A.: No es porque sea mi hijo pero… cuando fuimos al estreno de Amor infinito con mi grupo de amigos, yo empecé a llorar como loca en la butaca y pensaba “me conmueve porque es mi hijo”. Pero no. Me doy vuelta y lloraban todos. No por un sentimiento de piedad ni nada por el estilo sino porque hay algo de la obra que te toca en tus propias imposibilidades de relacionarte con los otros. Se producen identificaciones. Será un lugar común pero todos tenemos discapacidades graves, ni hablar de cómo se potencia eso en los tiempos fascistas que vivimos.

Franco, ¿de qué dirías que trata la obra?

F.: Es una historia de amor nacida y alimentada en las redes sociales, que cuestiona mucho cómo se gestan los vínculos allí. Son dos chiques que se conocen por las redes y se hacen una imagen del otro que mucho no coincide con lo que después encuentran. De pronto son una pareja en silla de ruedas y todos hacen sus preguntas: ¿bailan si van a la fiesta? Hay un trabajo medio humorístico sobre la histeria que a veces la tecnología puede incentivar. Creo que el público se identifica porque estamos hablando de toda la incapacidad que tenemos de conectarnos de modo más concreto, más allá de que los protagonistas estén en silla. También se habla de vínculos familiares, de cómo son los padres con sus hijos discapacitados. Pero no de manera lavada. Hay mucho prejuicio con que, por ejemplo, a una persona con discapacidad la tenés que tratar con algodones porque ¡pobrecito! 

A.: Hay mucha invalidación muy hipócrita de la persona con discapacidad. Me acuerdo de que en unas vacaciones en México en un restaurante tuve una discusión con Franco. Él estaba estudiando el Traductorado. Llevaba varios años. Teníamos toda una organización de horarios para poder llevarlo a las clases, toda una logística. En esa cena me comunica que había decidido dar por terminada esa carrera porque tenía otras ansias de conocimiento. Yo le dije: “¡No me jodas! Con todo el esfuerzo que hiciste y que hice, no vas a empezar ahora a rotar de una carrera a otra. ¡Pensá un poco porque también contás con mi tiempo!”. Se ve que yo gritaba. Cuando miro para atrás, había una pareja mirándome con cara de culo como diciendo “madre asesina, le gritás a un discapacitado”. ¿Qué querían de mí? Les dije: “No me miren así. Son dos nazis. ¡Miren si no voy a poder hablar normalmente con mi hijo!”.

F.: Y a esa idea de “pobre” en la obra la resolvemos con humor. Hay mucha presión social sobre lo que los otros esperan que seas. Una buena víctima, por ejemplo.

A.: Los tratamientos por lo menos cuando él era bebé eran muy nazis. Y ahí también entrás en conflicto. Le ponían unos aparatos tipo botas para enderezarle las piernas. Yo en las noches de verano me levantaba y se las sacaba. Y pensaba “qué mala madre que soy pero esto es una tortura”. Y los mejores padres son los que más los atan, los someten, los obligan a hacer tratamientos que implican sufrimiento. 

F.: Si de chiquito ya se obsesionan todos por enderezarte el cuerpo… imagínate si no te gustan las muñecas como al resto de las nenas. A un discapacitado sus padres le eligen la ropa, lo peinan, ¿qué espacio hay ahí para tomar decisiones corporales de las más básicas? Lo mismo para encontrarte con alguien: muchas veces dependés de que te lleven, a veces te ves obligado a mentir: “me encuentro con una amiguita”. Mi mamá porque siempre fue fuera de serie, pero es un caso raro.

A.: ¡Yo me soporté toda la época de Bandana! Toda una generación de nenas lesbianas que morían por las Bandana que se juntaban en casa. Era como un club de fans. Iban como murciélagos detrás de las Bandana, las seguían con rosas, las esperaban en los aeropuertos. 

F.: Íbamos a hacer guardia en las puertas de las casas. Podíamos pasar todo el día.

A.: Una noche el padre de una de las Bandana les pasó el dato de que llegaban en micro a San Justo de no sé dónde. Y estaban todas estas nenitas queriendo tomarse un remís para estar en San Justo a la madrugada. Ahí les dijimos con el padre: ¡basta, hasta acá! Ahora las Bandana volvieron pero son lamentables. Creo que son sólo tres. En ese momento proyectaban amores lésbicos, pasiones totales. No eran interesantes ellas en sí, sino todo lo que se generaba alrededor. Alguien tendría que ponerse analizar por qué provocaron ese furor de liberación de las expresiones sexuales en los adolescentes de esa época que las seguían. 

F.: Bandana fue un despertar. Cuando se apagó el fenómeno, salimos todas en closet en manada.

Para fechas de teatros de la costa e informes sobre funciones el año que viene  Facebook: amorinfinitoobra

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