Ruleta rusa, con Enrique Liporace y Pompeyo Audivert
En el fracaso de vivir, ni el tiro del final

Segundo trabajo del realizador Eduardo Meneghelli (su ópera prima, Román, se estrenó unos meses atrás), Ruleta rusa parece construida a partir de desprendimientos cinematográficos. La trama, e incluso el ambiente, podrían ser los de un western, traspolado a la contemporaneidad. Un par de detalles vestimentarios, y la música que los acompaña, remiten de pronto a Kill Bill. El denso aire pesadillesco y alucinatorio del tercer acto, convenientemente bañado en bruma roja, lleva la marca de David Lynch. Supongamos que la historia de amor es la de Romeo y Julieta. Hasta podría decirse que la actuación del protagonista recuerda las que suelen enseñorearse en el cine de José Campusano, si no fuera porque seguramente no se tratará de una semejanza buscada. Aunque algún hallazgo al paso y algún pasaje le otorguen cierto interés circunstancial, el problema básico de Ruleta rusa es el de todas las películas construidas de este modo: funcionan como recordatorios de films pasados, no como organismos autónomos.

Rudy (Gabriel Peralta) vuelve al pueblo natal para vengar el crimen de sus padres, cometido por Parra, poderoso del lugar (Enrique Liporace, que también aparece en otro estreno de esta semana, El jardín de la clase media), un tipo que anda siempre acompañado de su hijo (Lautaro Delgado) y un guardaespaldas (el grandote Pablo Pinto). Lo primero que hace Rudy es enamorarse de Maru, hija de Parra (Abril Sánchez, con antecedentes en un par de programas televisivos), motivo dramático visto en aproximadamente un millón de películas. De allí en más ambos deberán andar escondidos, para evitar que Parra haga sentir su ira. Hasta que a Rudy le ofrecen un trabajo en la pizzería de Sayago (Pompeyo Audivert), boliche múltiple que al fondo esconde un puticlub y en el sótano, un sector dedicado a la práctica de ruleta rusa, la forma en que Sayago llena sus bolsillos. Allí irá a parar Rudy, tentado por fajos de billetes. Que es adonde Parra lo quería mandar, y la película también.

Hasta el momento en que aparece Pompeyo Audivert –un actor que trabaja todos sus personajes desde la misma clave, desbordadamente expresionista–, la película hace agua. Obra de sus limitaciones, Peralta compone (o descompone) a una suerte de forzudo blando, que habla mirando para abajo, dice haberse enamorado de la chica después del primer polvo y se dedica, inexplicablemente, a visitar a su tía y abuela, en lugar de elaborar algún plan para llegar a su objetivo. La película, muy bien fotografiada  (gentileza de Gustavo Biazzi) está planchada. Aparece Audivert, componiendo a un perverso entre amenazante y circense, y la película se dispara por obra y gracia del actor, que la arranca de la nadería y la lleva a un plano imprevisible. Amo de ese infierno subterráneo, Audivert tiene en Matías Marmorato, maestro de ceremonias de los duelos de ruleta rusa, el pequeño demonio que requería como ladero.

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