Luis Alberto Spinetta
El retorno del guerrero
Muchas horas compartidas juntos, y cinco años de cassettes con entrevistas para desgrabar y de cuadernos llenos de apuntes y preguntas. Ese fue el camino que llevó a Juan Carlos Diez hasta Martropía, el revelador volumen de conversaciones con Luis Alberto Spinetta que acaba de reeditar la editorial Aguilar. Publicado originalmente en 2006, hoy se instala –junto con Crónicas e iluminaciones (1988), de Eduardo Berti– como el libro fundamental para reconstruir la vida de un artista inimitable, del que en febrero se cumplirán ocho años de su muerte. Radar celebra su regreso compartiendo una íntima y emotiva evocación de aquellos largos años de visitas a la casa de su entrevistado, escrita por Diez especialmente para esta tercera reedición de su trabajo. Y, además, un pequeño ejemplo de las evocaciones que mejor representan Martropía: un extracto de entrevistas en el que Spinetta recuerda las amistades, las lecturas y la represión policial en la Buenos Aires de su adolescencia.

La sala más grande del estudio estaba vacía. Pero en un rincón del fondo había una joya: una nueva pedalera que Luis Alberto me mostró y era como una lámpara de Aladino de las guitarras. Este prototipo de ovni podía transformar una viola eléctrica en una acústica de seis cuerdas, en otra de doce, en un sonido con distorsión feroz o en un arpa. Por un instante Luis desapareció; estaba ocupado en la cocina controlando una olla. Al rato abrió la puerta giratoria y atravesó la sala con un jogging levantado hasta las costillas, ridículamente corto abajo, y con un gorro de lana tan calzado que apenas le dejaba lugar para los anteojos. Caminaba como un Chaplin mareado que hacía gestos grotescos mientras silbaba un tango. Se acercó, simulando que se había puesto serio, y con voz aguardentosa, de arrabal y fango, me dijo: “Dejá todo. ¡Está la comida!”.

II 

En la misma sala, Luis Alberto ensayaba con su banda; un lujo de músicos que hasta cuando, para relajarse, tocaban fragmentos de músicas horribles sonaban bien. Sergio Verdinelli, batería; Claudio Cardone, teclados y Javier Malosetti, bajo. A los que se les sumaba el Mono Fontana, en teclados. ¿Qué más? 

El Flaco cantaba sin micrófono y movía con el pie un pedal que no conectaba bien. Era evidente que tenía muy claro lo que quería en cada tema. Y los músicos lo tenían a él, pero además aportaban lo suyo de inmediato. Había fluidez y recursos como para probar arreglos, sonidos, detalles. Era fascinante ver cómo deconstruían determinados pasajes que volvían a armar hasta lograr lo buscado: el brillo de una piedra preciosa.

III

“Estábamos con Spinetta Jade, y Pappo cayó en el camarín antes de un show. Enseguida empezó con sus personajes tan divertidos. Tenía uno que se llamaba Sospechoso. Adelantaba el maxilar inferior, tomaba un vaso de cerveza y hacía como la cascada de una fuente que chorreaba el líquido por los costados de la boca. Era algo...

Lo invité a tocar en un tema instrumental, ‘Digital Ayatollah’. Después me acordé de que estaba en fa, un tono bravo para que un violero improvise y me preguntaba qué iba a hacer. Pappo subió muy tranquilo y ¡se tocó todo!

En la época de Almendra nos pasaba a buscar a Emilio (del Guercio) y a mí por la casa de mis viejos en Arribeños. Siempre con sus autos último modelo, pisteros. Nos llevaba al Rosedal, estacionaba y se sentaba atrás. Nosotros nos teníamos que sentar adelante y no podíamos mirarlo. Entonces se ponía en el medio y empezaba a imitar a todos los personajes de los dibujos animados. Además, les inventaba unos diálogos desopilantes. ¡Con Emilio nos doblábamos de risa!”.

IV

Nunca conocí a un violero que supiera tanto de guitarras como el Flaco. No se le escapaba ningún detalle y sabía explicarlo. Tenía guitarras tan hermosas que enamoraban de sólo verlas. Siempre lo rondaban varias cerca y cuando las tocaba, sus dedos en el diapasón trazaban formas pictóricas en el mango aromado de maple.

Un día me preguntó si quería que me mostrara todas las violas. Entonces, ayudado por “la vieja” (Aníbal Barrios) comenzó un despliegue fascinante junto a la clase magistral de un músico que amaba sus instrumentos. Los estuches se abrían como claraboyas por donde se filtraba una luz atrapante. Una Fender Stratocaster de los 60, varias Pensa, una Ovation, una Yamaha, una Steinberger negra de grafito sin clavijero, entre otras. (Años después, Aníbal me contó que cuando estaba tocando en vivo y se la pedía en el escenario, le decía: “Traeme el FAL”.)

 “Tomá”, me dijo, mientras me daba una Gibson acústica color caoba y perfume a madera añeja. “Con esta viola grabé todo Artaud”.

V

Una tarde fuimos a la sala más chica del estudio, donde habitualmente grababa las voces. Allí por un tiempo tuvo una computadora y en ella me hizo ver un video que le encantaba: era un concierto al aire libre de la Mahavishnu Orchestra, el grupo de su admirado guitarrista y compositor John McLaughlin. La banda tenía un nivel de virtuosismo apabullante. “Hacen música cósmica”, me decía entusiasmado el Flaco.

VI

 La mesada de la cocina era muy amplia y terminaba en un horno contra la pared. Allí había una luz cenital y en ese momento era la única del lugar que estaba encendida. La luz del horno no andaba muy bien y el Flaco controlaba con una linterna que no se nos quemaran las empanadas. Tengo la imagen de los dos en cuclillas riéndonos frente al horno después de que Luis me dijera: “Mirá las empanadas. ¡Parecen aliens!”. Todavía les faltaba cocinarse más, y el Flaco en la oscuridad se va al baño que quedaba en forma de L, desde la cocina. Cuando enciende la luz del baño pega un grito de asustado, seguido de una catarata de puteadas. Yo también me asusto. Aníbal, “la vieja”, había terminado de trabajar en el estudio y se estaba lavando las manos en la oscuridad. No lo escuchamos llegar. Era tan discreto y cuidadoso que no nos quería interrumpir. Terminamos los tres comiendo las empanadas.

VII

Tenía un codo apoyado en mi hombro y con el otro brazo revolvía una olla. Yo, sentado en una silla alta, le leía un capítulo que había cerrado. Ante una respuesta suya, me paró, gastándose: “¡¿Qué dijo?!”. Como si a mi pregunta la hubiera respondido otro. Movía la cabeza y se mordía un labio quizás pensando: “Este tipo no tiene remedio”. Después se reía conmigo. Yo tampoco me la llevaba de arriba. Ante una pregunta mía, cucharón en mano, me dijo: “¡¡Vos sos un delirante!!”. Que justamente él me dijera eso lo viví como un premio.

VIII

A medida que avanzaba el libro, también lo hacía nuestra amistad. Compartir gustos, lecturas, audiciones de música, videos de conciertos o partidos de River, todo eso, a lo largo de los años, fue transformándose en un lindo hábito. Lo practicábamos principalmente en nuestros “recreos”. O bien antes o después de concentrarnos en las conversaciones.

Me elogiaba, medio gastándome, un cuaderno de tapas duras, espiralado y grande que llevaba. Durante un tiempo me anotaba las repreguntas en hojas amarillas y ahí sí me cargaba abiertamente. “¿Desgrabaste todo lo que hablamos la última vez? ¡Qué soledad!”. Cuando venían las repreguntas se quejaba: “¡Me hacés pensar!”, me reprochaba, irónico.

De tantas músicas que escuchábamos recuerdo varios discos de Bill Evans y uno de John Scofield, Quiet. En ese álbum, Scofield tocaba una guitarra de cuerdas de nylon y hacía los arreglos. Al Flaco le parecía un disco brillante. Cantaba al unísono nota por nota las improvisaciones del guitarrista. Lo que más escuchábamos eran cd de un grupo al que le profesábamos devoción: Los Shakers. Me contaba que con Rodolfo (García) los iban a ver a Radio Nacional. “Sonaban mejor que cualquiera. ¡Eran buenísimos!”, aseguraba. Recuerdo un comentario que me hizo del tema “El niño y yo”, del segundo y glorioso long play del grupo, Shakers for you. “¡Qué inocente! ¡Qué hermoso!”, decía.

Por puro entusiasmo y placer, Luis cantaba con el disco. Le agregaba su voz a las del grupo. Lo hacía adornando las melodías con otras notas y sumándose a las armonizaciones con otra voz. ¡Yo me quedaba callado para escucharlo porque me encantaba! Si ya los Shakers me liquidaban, con la incorporación de este “nuevo shaker” me sentía volar en un ala delta que ascendía más y más en cada tema.

El casete que le había regalado de Charles Mingus, Cumbia Jazz Fusión, se lo llevaba a la terraza y lo escuchaba en un pequeño grabador de periodista. “¡Qué buen disco! En cualquier momento me mando un disco de cumbia, ¿eh? ¡Les voy a volar la cabeza a todos!”, amenazaba.

IX

Nos quedamos hasta muy tarde. Me pidió un remise que siempre tardaba, pero el Flaco lo conocía del barrio y ya los choferes me conocían también a mí. Nos fuimos al sillón naranja del fondo, donde siempre había una guitarra. Allí me enseñó los tonos de ese tema hermosamente misterioso que es “Alcanfor”, con los dos acordes de la coda final que se “autocomen”. Las canciones no saben del tiempo y llegan en el momento menos esperado. Son flores silvestres atadas con un lazo invisible. Así fue cuando, como si nada, Luis empezó a tocar la introducción de “Cantata de puentes amarillos”. Se rió de mi cara de asombro. “La estoy sacando. Llegué hasta acá, me falta un poco”, me dijo. Hablaba en serio.

X

De las lecturas compartidas, me acuerdo de todo lo que sabía de la obra de Carlos Castaneda. Estuvimos meses buscando una historia que me contó y yo incluí en un capítulo, pero no nos acordábamos en qué libro estaba hasta que él la encontró. Un libro que en su momento comentamos mucho era la autobiografía de Miles Davis. Otro, complejo y atrapante: El secreto de la flor de oro, de Carl Jung y Richard Wilhelm. Teníamos la misma edición con letras minúsculas. Este fue el inspirador del disco Durazno sangrando, de Invisible.

Recuerdo haberle regalado para un cumpleaños un libro fascinante de Borges que le encantó. Era Arte poética, del que leíamos fragmentos. “Todo lo que escribe este hombre es maravilloso”, me dijo un día.

En mi mochila siempre llevaba algún libro para leerle algo. Nos gustaba compartir esos momentos, como cuando me mostraba algún texto que había escrito en un block o en un cuaderno, invariablemente acompañado de dibujos de autos. Uno de nuestros libros preferidos era Diario de un genio, de Salvador Dalí. Nos reíamos mucho de sus provocaciones, sus excentricidades y, ya en serio, comentábamos sus reflexiones. El Flaco lo admiraba mucho. No por nada, abajo del diseño de un Zero, el avión que usaban los kamikazes, tenía una foto blanco y negro enmarcada del pintor en su atelier, rodeado de sus cuadros.

XI

De tus discos, ¿con cuál te quedarías? ¿Cuál me recomendarías?

–Con uno que me regalaste vos, que no me atrevo a abrir porque es como mirar dentro de mi alma. Hace mil que no escucho A 18 minutos del sol. La forma en que fue grabado, los músicos que tocan, el swing que tiene el disco. Tiene fusión, está todo ahí. Es un disco muy valorable para mí. Si vos me pidieras que te dé un disco mío, te daría ese. Te diría que lo escuches tranquilo que no te va a perturbar.

XII

A un costado de la consola había un sillón. Allí me quedé en silencio escuchando tomas de lo que sería el disco Un mañana. Luis y Claudio Cardone buscaban un sonido para un tema. Eran dos alquimistas cibernéticos que desbordaban de ideas. En un momento, el Flaco me dijo que me acercara y me ofreció una silla frente al centro de la consola, entre él y Claudio. Con ellos escuchamos tema por tema. La voz de Luis en algunas canciones no era la definitiva e incluso estaba baja con respecto a los instrumentos. Trajo un block grande donde tenía las letras con tachaduras y correcciones, y cantaba bien al lado mío mostrándome la hoja para que la siguiéramos juntos y no se me escapara ninguna palabra. Yo sentí que en cualquier momento podía llegar a levitar. Pero, por si fuera poco, una vez terminado el disco, me dijo. “Escuchemos un tema más. Es una sorpresa”. Y puso una versión propia de un tema y un grupo que amábamos. Lo había grabado con Claudio en los teclados, Rodolfo García en la batería y Machi Rufino en el bajo. El tema era “El rey lloró”, de Los Gatos.

XIII

Era muy tarde. Hablábamos bajo una tenue luz y, movido por un impulso, agarró la guitarra que tenía a su lado. Concentrado, empezó a cantar bajito y su voz fue creciendo con la melodía. La canción era “Ni hables”. Intuí que sus acordes tan cambiantes lo comunicaban secretamente con las constelaciones. Nos separaba, apenas, una partitura etérea de distancia. Terminó de cantar y me miró. A veces el silencio puede ser una forma sutil de la amistad. Esa noche lo supe como nunca antes. El Flaco era la música en persona.

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