El 12 de diciembre de 1968, Locche ganaba el título mundial
El mito de Nicolino cumple 50 años
En cada una de las cinco defensas que hizo de su título del mundo, las mujeres enjoyadas iban a verlo porque con él sobre el ring no había sangre ni drama, había risas y show, y al final de cada round los hombres se abrazaban como si festejaran un gol.
Nicolino Locche en andas, después de su consagración en Japón, ante Paul Fujii.Nicolino Locche en andas, después de su consagración en Japón, ante Paul Fujii.Nicolino Locche en andas, después de su consagración en Japón, ante Paul Fujii.Nicolino Locche en andas, después de su consagración en Japón, ante Paul Fujii.Nicolino Locche en andas, después de su consagración en Japón, ante Paul Fujii.
Nicolino Locche en andas, después de su consagración en Japón, ante Paul Fujii. 

Era difícil Nicolino. Le gustaba hablar poco y nada, más en los últimos años de su vida. Respondía molesto, fastidiado, de compromiso. A veces, hasta daba la impresión de que su fama inmensa, el Luna Park repleto, la idolatría más grande que haya vivido el boxeo argentino, le resultaban ajenos. Como pertenecientes a otra persona de su mismo nombre y apellido pero que no era él. 

Ni siquiera lo emocionaba evocar su noche más gloriosa y una de las más imborrables de la historia de nuestro deporte. Esa del 12 de diciembre de 1968, hacen hoy exactos 50 años, cuando en el estadio Kuramae Sumo de Tokio, en la lejana Japón, dio un concierto con los guantes puestos. Una clase magistral de cómo se gana un título del mundo.

En puntas de pie, como si fuera un bailarín clásico y no un boxeador y con el repiqueteo incesante de su izquierda inspirada, Locche le tatuó el rostro al campeón hawaiano Paul Takeshi Fujii a lo largo de los 9 rounds que duró aquella pelea inolvidable. Y con la derecha, que la mayoría de las veces tenía de adorno, le sacudió la cabeza cuantas veces quiso.  Fue tal la paliza que Locche le dio a Fujii que el hawaiano terminó con los dos ojos cerrados y siguiéndolo sólo por el olor a transpiración que emanaba de su cuerpo.

Al final de la novena vuelta, estragado en lo físico, demolido en lo espiritual, Fujii no quiso más. Se quiso ir y se fue del combate. Cuando sonó la campana que ordenaba el comienzo del 10° round, el árbitro estadounidense Nicky Pope le alzó los brazos a Nicolino y lo consagró nuevo campeón de los welter juniors de la Asociación Mundial, por ese entonces, la entidad más importante. El tercero en la historia del boxeo argentino, luego de Pascual Pérez (1954) y Horacio Accavallo (1966). Los tres en Japón.

La previa de la célebre pelea tuvo una historia larga. Nadie quería darle la chance a Locche, un boxeador de 29 años, nacido el 2 de septiembre de 1939 en Tunuyán, Mendoza, que desde su debut como fondista en 1960, había cautivado al exigente público del Luna y a buena parte de la cátedra con su estilo irrepetible. Mucho más técnico que contundente. Una noche de 1963, enloqueció al brasileño Sebastiao do Nascimento con sus esquives y visteos. Y el periodista Piri García de la revista El Gráfico lo bautizó para siempre: desde entonces, Locche fue “el Intocable”.

Tito Lectoure le guió la carrera y lo probó contra dos ex campeones mundiales (Joe Brown en 1963 y Eddie Perkins en 1967) y tres campeones reinantes (Ismael Laguna en 1965, Carlos Ortiz y Sandro Lopópolo en 1966). Salvo a Laguna, con quien igualó en una noche para espíritus selectos, a los demás les ganó. Y en muchos casos con baile.

Lectoure fue a la convención de la Asociación Mundial de 1967 en Pittsburgh (Estados Unidos) decidido a conseguirle la chance a Locche. Y la consiguió luego de que el manager de Fujii se la firmara en la servilleta de un bar al cabo de una noche con mucho alcohol. Locche llegó a Japón con la mejor puesta a punto de su campaña (62,800 kg). Y con tanta tranquilidad que una hora antes de la pelea, se quedó dormido en la mesa de los masajes de su vestuario mientras a su hacedor, Francisco “Paco” Bermúdez y a Lectoure se los devoraban los nervios. Con ese desparpajo subió al ring. Con ese desparpajo y la maestría de su boxeo único, personal, sin antes ni después, hizo historia.

“Subí al ring con una fe inmensa y con una preparación física como nunca tuve” le dijo Locche a quien esto escribe en 1993, cuando se cumplieron 25 años de aquella obra maestra. “Fujii me venía justo a mi juego. Cierro los ojos y me acuerdo de su cara. ¡Pobrecito, como se la dejé! Creo que le pegué hasta debajo de la lengua”, agregó con esa picardía que con el tiempo le fue cediendo paso al hastío.

A partir de esa noche de Tokio, Locche se convirtió en un fenómeno popular único. Los periodistas exprimieron su ingenio para nombrarlo: “Poeta que llegó a Rey”, “Genio con guantes”, “Torero con pantalones cortos” “El que le puso pétalos de rosa a los callos del boxeo”. El periodista y escritor mendocino Rodolfo Braceli, quien alguna vez tuvo el atrevimiento de guantear con él, acaso lo definió mejor que nadie: “Lo tiraron a los leones y se puso a conversar con ellos”.

Y el público se entregó al duende travieso de su boxeo. Cada noche de Luna lleno, cada una de las cinco defensas que hizo Locche de su título del mundo entre 1969 y 1971 en el mítico estadio de Corrientes y Bouchard, fue una fiesta. Las mujeres enjoyadas iban a verlo porque con él sobre el ring, no había sangre ni drama, había risas y show. Los hombres celebraban su talento defensivo, su arte novedoso e inédito: el de no pegar sin dejarse pegar. Y al término de cada round, se abrazaban entre sí como si festejaran un gol.

A lo largo de su carrera de 136 peleas, con 117 victorias, 4 derrotas y 15 empates que se extendió entre 1958 y 1976, sólo noqueó 14 veces. Sin embargo, a nadie lo quisieron tanto como a Nicolino. No fue el mejor campeón mundial que tuvo la Argentina, pero si, el ídolo más grande que tuvo el boxeo y uno de los más amados del deporte nacional. Desde que un día como hoy, hace 50 años y en Tokio, el campeón se dio la mano con la leyenda.

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